España

La verdad es que no soy nacionalista, si es que esa palabra implica menospreciar lo del próximo para destacar lo propio; prefiero pensar en lo que me une con los demás que en lo que me separa. Eso sí, si alguien pretende afear o minusvalorar mi entorno de vida sabré defenderlo, pero yo no tengo por qué iniciar ningún tipo de hostilidad con otras personas por pertenecer a regiones o a naciones distintas de la mía. Creo que el nacionalismo es exclusivismo, es ver la paja en ojo ajeno (por el simple hecho de ser ajeno) y no ver la viga en el propio. Es una sensación de suficiencia que no tengo, pues siento que necesito de otros, sean de donde sean, para poder ser más completo, más rico en mí mismo. Tampoco pongo la bandera por delante de las personas, por muy distintas que sean. No tengo el sentimiento tribal de tener que estar unido a un grupo con el que quizá no me sienta identificado. La verdad es que mi única bandera es la que se compone de mi familia, mis amigos y mi trabajo (clientes, proveedores y también amigos); mi bandera son las personas que quiero y aprecio.

Decía el maestro de un primo mío que era el mejor de la clase en historia inventada. Inventada como la que tantos políticos, historiadores (pagados de sí mismos o de otros), hombres de Estado o pretendientes a ello, han tratado de inventar para llevar el ascua a su sardina (aunque fuera un arenque) para remover la Historia y hacerla a su imagen y semejanza, a la que ellos querían que quedara indeleble en los libros. Libros de Historia, de texto o cualquier panfleto o documento que atestiguara que las cosas siempre fueron así, aunque fueran verdades a medias que, por otro lado, son las peores de las mentiras. Hago este comentario porque en muchos lugares del planeta se han escrito y reescrito historias de la Historia (como dijera Fisas) que no responden a la realidad y, en muchos casos, se han construido  falsos marcos para encuadrar un paisaje que nunca fue tal pero que, en su momento, fue conveniente para los intereses de tal o cual tribu. Claro, si seguimos por este camino no habría naciones ni nacionalismos en el mundo (lo que a buen seguro nos habría ahorrado más de una guerra por el camino) que se sustentaran en lo que en un principio fueron realmente, en su génesis, en el germen real que les vio nacer.

Y ahora me sitúo en nuestro país que, geopolíticamente hablando, es España. Por esta tierra que delimitamos en la piel de toro han pasado todas las tribus habidas y por haber y todas han dejado su sello. Se fue forjando una nación en base al puzzle de unir lo que antes ya lo estaba y otras nuevas piezas, que la delimitación geográfica de unas tierras (separadas del resto por agua y por los Pirineos) permitían casar con buena lógica y así se casaron príncipes y princesas hasta conformar lo que hoy es nuestro país.

La reflexión que quiero compartir con usted es que si tenemos un país, un idioma (supuestamente común), una Historia (la de verdad) y unos genes que nos aportan valores diferenciales (imaginación, valentía, creatividad y sol), por qué no sentirnos orgullosos de lo que somos, sin menospreciar a nadie y haciendo causa común para luchar, ahí sí, con la prima de riesgo y con el interés especulador que ha apostado porque nos desnacionalicemos del euro para ganar ellos un buen dinerito.

Si en este barco llamado España vamos todos a una, difícil será que se hunda, pero si lo agujereamos por dentro, nos hundiremos todos. De eso no cabe duda.

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