Buena, bonita y barata

Nochebuena

Sí, así va a ser la noche que celebremos mañana. La Nochebuena, para quien esto escribe, es el auténtico comienzo de la Navidad; es una noche buena, buena de verdad. Para muchas personas en estos días de Navidad parece que se concentran las mejores intenciones, el mayor buenismo y los sentimientos más generosos del año, aunque soy de los que piensan que esa bondad tiene que presidir todo el año. Y como yo no soy quién para evaluarme en este sentido, espero que eso digan de mí los que me conocen.

Desde bien pequeño me identifico con la Navidad, y pienso que tanto desde el punto de vista del creyente como del agnóstico tiene un especial significado de tiempo de familia, de convivencia especialmente relajada valorando todo lo bueno que nos une y olvidando, en la medida de lo posible, lo que nos separa. Son tiempos en los que recordamos con especial añoranza y cariño a todos los que ya no se sientan a la mesa con nosotros y, a veces, a algunos que quizás no se vuelvan a sentar nunca; esta es la parte más negra de unas blancas Navidades.

También va a ser una noche bonita en la que todos los sacrificios y carencias de los últimos meses vamos a ser capaces de aislarlos, de sumergirlos entre cava, mazapanes y turrón. Toda la fealdad de unos tiempos que para muchos, demasiados, son difíciles, austeros y en algunos casos invivibles, vamos a tratar de superarla en torno a un mantel y a unos platos que, compartidos, van a parecernos mejores, desprovistos de los rigores que estamos sufriendo. En esta época en la que muchos no tienen recursos para el sustento (gracias a instituciones como Cáritas habrá más caras y caritas felices en esta Buena Noche; un recuerdo bien especial para todos ellos) y otros debemos trabajar el doble para ganarnos el nuestro, celebremos la belleza de familias y amigos reunidos en torno al común objetivo de sentirnos almas compartidas. Aunque tampoco podemos cerrar los ojos y no ver que la Navidad es la época con mayor número de accesos depresivos en nuestra sociedad a lo largo del año; son muchos los que no comparten este sentimiento navideño: bien porque les trae recuerdos de lo que pudo ser y no fue, bien por echar de menos a los que tanto querían o bien porque no pueden soportar tanta felicidad ajena cuando ellos carecen de ella. En cualquiera de los casos es triste reconocer que no todos miramos por el mismo cristal estos días de Navidad.

Y, por supuesto, va a ser barata; ya lo creo, muy barata esta Navidad. Los funcionarios sin su extraordinaria que era ordinaria, habitual; los desempleados mirando por la peseta (algunos literalmente hablando) y los que tenemos un empleo cuidando por lo que tenemos y, todos, en conjunto, haciéndonos eco de que la austeridad es el ejemplo a seguir e imitar (independientemente de consideraciones de tipo económico y de mercado que no vienen ahora al caso). Aún así nos seguiremos permitiendo pequeños caprichos, más pequeños que años atrás, pero caprichos al fin.

Sólo me queda una idea que compartir con usted: para todos los que tenemos hijos pequeños o sobrinos o nietos, sigamos transmitiendo la magia y la ilusión de la Navidad como tiempo de ensueño, de diversión, del disfrute en familia. Es preciso que haya, cuando menos, una Noche Buena en el año que transmita estos valores a quienes el día de mañana serán también transmisores de los mismos a otras generaciones. Que sea barata, que sea un oasis, que sea una ficción en estos tiempos ariscos, pero que sea Buena, que tenga una muy Feliz Noche Buena.

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