Éramos tan jóvenes

éramos tan jóvenes

Según el informe del Fondo de Población de Naciones Unidas, cada segundo dos personas cumplen 60 años en el mundo. Para 2020 habrá 1.000 millones de personas en el mundo mayores de esa edad, cuatro veces más que en 1950. En las tres últimas décadas en España hemos aumentado nuestra esperanza de vida al ritmo de dos años por década. Hoy hay 316.000 personas centenarias en el mundo; en 2050 serán cerca de tres millones y medio. Lo más sorprendente que señala este informe es que cada vez hay más países en el mundo en donde el consumo de los mayores supera al de los jóvenes.

Estos son algunos de los datos que me invitan a compartir con usted otro de los puntales más relevantes del nuevo cambio social que estamos experimentando, lo que hará que muchos cantemos la canción de Los Sírex, aludiendo a nuestra pasada juventud. Si juventud es divino tesoro, me parece que nos estamos empobreciendo a pasos agigantados.

En cualquier caso esto es una realidad y, por tanto, no es ni bueno ni malo. Simplemente es. Lo que debemos hacer como sociedad es adaptar nuestros mecanismos de evolución y de sostenibilidad para que nuestro envejecimiento sea adecuado al esquema social que nos sustenta. Si tiene a mano una antigua fotografía familiar en la que aparezcan familiares suyos de hace setenta u ochenta años podrá comprobar cómo personas con cincuenta o sesenta años aparentan tener los ochenta o noventa actuales.  De ellos se podía decir que eran jóvenes pero no lo parecían; la sanidad, la educación, los estilos de vida actuales permiten que nuestro envejecimiento sea mucho más gradual y que los años que dice el carnet de identidad que tenemos, aunque sean abultados no los representemos.

En Japón, la sociedad más envejecida del mundo actual, hasta en trabajos que implican esfuerzo y destreza física, la edad de jubilación más habitual se está acercando a los setenta años. En nuestro país, en la actualidad, dos personas activas mantienen a un pensionista. La tendencia es que se reduce el número de los primeros en beneficio de los segundos, sin contar los casi seis millones de desempleados que tenemos la obligación (y ellos el derecho) de que los asumamos. Es evidente que si seguimos en esta progresión, con los actuales esquemas la realidad, empecinada como siempre, hará que quien esto le escribe se jubile con setenta o setenta y cinco años. ¿De qué otro modo se puede hacer sostenible, si no, nuestro modelo de sociedad? De hecho, preferiré ser un activo de la cuarta edad útil y productivo, si es que lo puedo llegar a ser, que un mal mantenido de la tercera junto con otros también en precario, como yo, dependientes de una seguridad social que puede llegar a ser más insegura que lo que dice ser. Es más, en función de las profesiones (todas las que no comporten un especial esfuerzo físico, que por otro lado son las profesiones que tienden a extinguirse en nuestro modelo productivo) se debieran determinar diferentes edades de retiro. Es más que probable que en pocas décadas pasemos de las prejubilaciones a los 50 años a jubilarnos con 70 o más; la que será la sociedad más envejecida del planeta, la española, para el entorno de 2050 así nos lo va a exigir. Es mejor ir pensando en que este será el escenario de futuro en lugar de tratar de salvarnos de la “quema” y que apechuguen los que vengan detrás.

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