Estamos bien acompañados

Nasa

Es otro modo de decir aquella expresión de mediados del siglo pasado, “no estamos solos”, cuando los medios de comunicación se referían a la posibilidad de que hubiera vida en otros planetas. Desde hace muchos años la ciencia está tratando de encontrar posibles compañeros de viaje en nuestra navegación por el universo. La intención, fuera de aspectos novelescos o peliculeros, ha sido detectar posibles configuraciones planetarias que permitan entender que puede existir una vida similar a la nuestra, basada en el agua y el carbono. Se puede decir que hay miles de personas en el mundo y cientos de emplazamientos que llevan años tratando de conseguir algún resultado que dé pistas a la ciencia sobre esas posibles ubicaciones.

Hay personas que sienten la necesidad de saber que hay vida inteligente fuera del ámbito de nuestro pequeño planeta y otras, como yo, que piensan que el universo es demasiado grande, tanto, lo suficiente como para que otros seres, entes o cualquier otra forma de vida, imaginable o no, estén, sean o tengan entidad propia y definida. Hace tan sólo mil años los moradores de esta tierra nuestra pensaban que en Finisterre se acababa el mundo en su planicie, se creía que sólo existía lo que era observable y distinguible desde nuestro propio y limitado entorno. No era así, ¿verdad?

Recientemente la NASA, a través de la misión Kepler, ha emitido un informe según el cual alrededor de las estrellas que conforman la Vía Láctea existen 17.000 millones de planetas extrasolares de tamaño similar al nuestro. De todos ellos la NASA ha determinado que hay 461 planetas candidatos a orbitar en un área “habitable”, es decir con temperaturas ni muy frías, ni muy calientes y con agua en su superficie. El director de la Misión Kepler, Christopher Burke, destaca que “es especialmente interesante el hallazgo de cuatro nuevos planetas de menos del doble del tamaño de la Tierra, que se encuentran en la zona potencialmente habitable, donde podrían tener agua líquida para mantener vida”.

Creo que el cerco a poder desentrañar la posibilidad de que estemos bien acompañados en nuestro tránsito por el universo cada vez se cierra más. Según nuestra limitada tecnología (como la de los marinos de hace mil años con sus pequeños cascarones) vaya avanzando, del mismo modo lo hará nuestro acercamiento a otros mundos que el sentido común dice que tienen que existir.

Cuando pensamos en vida extraterrestre el imaginario colectivo se nos va desde la Guerra de los Mundos de H.G. Wells a los marcianos con trompetilla, pasando por los lagartos de V, los Aliens o los personajes de la Guerra de las Galaxias. Estoy convencido de que, como suele suceder, la realidad siempre superará a la ficción y si en algún momento de los próximos mil años descubrimos, o nos descubren, otras civilizaciones, otros modos de vida, serán tan sorprendentes (seguramente por la simpleza de sus formas, composición o comportamiento) que nunca habríamos sido capaces de imaginarlos.

Nuestro “inmenso” planeta Tierra, dentro del conjunto del universo, tiene menos tamaño que un átomo dentro de nuestro propio cuerpo. Ahora imagínese que ese átomo que nos da vida pudiera pensar: ¿qué diría? “Estoy solo en medio de este infinito universo”.  Una de las cegueras más grandes del ser humano es que sólo cree en lo que ve; con la tecnología de los últimos cien años hemos descubierto que lo pequeño puede ser atómico y que lo grande puede ser inmenso; cuando veamos todo lo que aún no hemos visto, creeremos en ello y así hasta el fin de los tiempos.

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