Miedo al fracaso

Miedo al fracaso

Recientemente escuchaba en un programa de radio que uno de cada tres españoles había consumido algún tipo de ansiolítico en el último mes. Según la OMS, entre un 15 y un 20% de la población sufrirá ansiedad alguna vez a lo largo de su vida, con especial incidencia en las mujeres (dos tercios del total). Hay una frase que dice que la ansiedad prepara al organismo para atacar, esconderse o huir de un depredador, pero que el problema es cuando el tigre es la propia “vida”.

En 2010 la Fundación Pfizer publicó el estudio: “Los españoles y la enfermedad del miedo”, en donde se destacaba que el 45% de los españoles tenía miedo a perder su empleo y el 80% creía que las cosas no iban a mejorar en el futuro próximo. Han pasado tres años y seguimos igual o peor.

Hoy, más que nunca, vivimos con prisas, con la intensidad del tiempo que no da para más. Sentimos que formamos parte de un tremendo engranaje en el que no nos está permitido detenernos. Venimos de un tiempo en que el trabajo no era tan exigente, en el que casi todos lo teníamos y a plena satisfacción, en el que conseguimos poder atender a gran parte de nuestras devociones, hobbies y relaciones sociales. Y ahora estamos en un  tiempo en el que quien no tiene trabajo sufre, con razón, por su carencia. Y quien lo tiene sufre, también con razón, de los excesos del mismo. Quien trabaja y genera recursos no tiene tiempo para disfrutar de tantas devociones como antes tenía y además “guarda para cuando no haya” (pues piensa que puede no haber también para él) y quien no trabaja no se puede permitir el lujo de aquellos divertimentos.

En nuestra sociedad la mayor ansiedad (nuestra “soansiedad”) la proporciona el miedo al fracaso, miedo que se ha  instalado entre quienes tienen al tigre comiendo a las puertas de su casa, quienes lo ven pasar por casa del vecino y quienes no viéndolo lo imaginan rondando en sus propiedades. Hace unos años leí una excelente entrevista a Jeff Hoffman, colaborador de ESADE y profesor en la Universidad de Yale. Decía: “Carezco de miedo al fracaso, ese estúpido terror paralizante a meter la pata que nos disuade de hacer lo que de verdad queremos… De hecho, si no te equivocas es que estás haciendo algo mal y si no te equivocas nunca es que lo estás haciendo mal siempre.” Comparto plenamente esta visión de la vida personal, laboral y empresarial. En el ADN de nuestro país está impreso el miedo al fracaso, a sufrir el estigma de habernos equivocado, de ser señalados en la calle, en nuestro vecindario, de ser tachados como inútiles por fracasados. ¡Gran error! Decía un ministro francés: “Es mejor pedir perdón que pedir permiso”, y es cierto, es mejor equivocarse por haberlo intentado que no intentarlo nunca.

Este miedo nos está paralizando como sociedad. ¿No estaremos pagando el sueño de  habernos creído que éramos los más ricos del barrio? ¿No será que nos llegamos a construir un mundo de fantasía más cercano a la TV que a la vida real? Si la ansiedad, entre otras cosas, nos prepara para luchar, ¿por qué no dedicamos todas nuestras energías a pelear contra el tigre del paro y de la desigualdad? ¿Cómo lo hacemos? ¿Pegándonos unos con otros? No. El mejor camino es el del esfuerzo, el de intentar y probar nuevas soluciones, hacer lo que nunca habríamos pensado tener que llegar a hacer, aprendiendo nuevas destrezas e insuflando optimismo en todo lo que hagamos.

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