Síndrome de “esto es el colmo”

Síndrome_de_Estocolmo

Seguro que usted, en alguna ocasión, habrá oído hablar del síndrome de Estocolmo. Una persona en poder de sus secuestradores, en un momento de su larga captura, puede llegar a comprender al agresor o incluso llegar a enamorarse, como le ocurrió a la famosa Patricia Hearst, por cierto. En una situación normal es muy difícil de entender (yo confieso no conseguirlo) que se pueda llegar a producir semejante adhesión hacia la persona que te está maltratando o vejando en lo que de humanos derechos todos tenemos.

Pero el síndrome del que ahora quiero hablarles hace referencia a un estudio de reciente publicación elaborado por psicólogos de tres universidades españolas (Sevilla, Oviedo y Granada) y que concluye que el 27% de las jóvenes españolas de entre 13 y 25 años se sienten atrapadas en su relación de pareja. Destacan que son muy altas las cotas hacia la violencia de género o el maltrato. El estudio cifra que el 57% de las chicas que se perciben como maltratadas no son capaces de romper el lazo y mantienen la relación con su agresor durante más de un año. UN AÑO.

Este estudio incluye muchos otros datos relacionados con este sorprendente síndrome que es un colmo del no entendimiento. Verá, no entiendo que, a día de hoy, puedan seguir existiendo estas situaciones de dependencia emocional hacia quien te está maltratando. No entiendo cómo, con los actuales niveles de información de nuestra sociedad, siguen existiendo hombres tan acomplejados de sí mismos que tengan que recurrir a la violencia para “secuestrar” la voluntad de quienes son más débiles (físicamente) que ellos. No entiendo cómo puede haber tantas mujeres atrapadas en la voluntad de seres mucho más débiles (en lo emocional, en lo intelectual y en las capacidades de subsistencia) que ellas. No entiendo cómo muchos hombres no son capaces de entender que la fuerza bruta embrutece y que el someter a alguien por la fuerza es el mayor síntoma de debilidad que puede tener una persona; debilidad por no ser capaz de enfrentarse ni con él mismo, ni con su realidad, ni con su propia incapacidad para gobernar su vida o los sentimientos de la persona que, teóricamente quiere. No entiendo cómo puede haber seres inhumanos que no sean capaces de ponerse en el lugar de sus víctimas y, sinceramente, no entiendo cómo es posible que quien llega a matar a su pareja y luego se suicida no tenga la capacidad intelectual para planificar un proyecto con el orden inverso (ahí sí que el orden de los factores podría alterar el fatal resultado).

Siempre me resultó risible la estulticia de la falsa superioridad del macho dominante que se pavonea en el “dominio” de su presa, perdón, de su hembra, por el simple hecho de que al segundo mes de gestación la testosterona le hizo tener dos protuberancias de las que muchos de ellos presumen. Esto es risible, es evidente, pero lo que es “llorable” es la dependencia, por temporadas más largas de lo que es admisible y perdonable, de una mujer hacia la pareja, novio o marido que la subyuga y la rompe en pedazos físicos y emocionales.

Uno puede ser un desperdicio como persona, yo mismo puedo serlo, pero si uno se deja guiar por la norma humana fundamental de: “No hagas a otro lo que no quieras para ti”, si encima ese otro, otra, mejor dicho, es la persona a la que teóricamente amas (el amor no da cuchilladas), cómo es posible que no pienses en el daño que estás infringiendo a esa persona. Las excepciones son pocas y salvando los trastornos psicológicos, lo único que resta tiene tan poco valor que ni siquiera merece la pena que se escriba una sola palabra más de él. Por favor, mujeres, romped ataduras ante el primer síntoma de maltrato; el que hace un cesto hace ciento.

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