Memoria colectiva

memoria colectiva

Qué frágil es la memoria de los ciudadanos; qué limitada nuestra capacidad de recordar lo que se nos ha prometido, el donde dije digo y los desmanes que el pasado vieron brillar.

“Puedo prometer y prometo…” nos decía el Presidente Adolfo Suárez hace más de treinta años. A partir de ahí, empezamos a vivir el mundo de Yupi de las grandes promesas electorales, de los mentideros públicos, nunca mejor dicho. Qué fácil es prometer y luego no cumplir. Pero ¿cuál es el por qué de tanta promesa pública? Creo que la respuesta es que, sencillamente, nos gusta creer aquello que nos dicen que coincide con lo que nosotros esperamos oír, sin caer en la cuenta que las palabras se las llevan el viento, los impuestos, el paro o la mala gestión de lo público. Y la segunda razón es más sencilla aún: es tanto lo que se promete que es materialmente imposible que se pueda llegar a cumplir.

¿Cómo es permisible que un partido político gane unas elecciones en base a unas promesas y a un programa electoral y luego no se cumplan? Considero que en este desatino somos responsables todos, los que prometen y los que nos queremos creer las promesas de los que consideramos que son más afines a nosotros. Esto es como cuando escuchamos criticar las audiencias de programas del corazón, de debates imposibles sobre los famosos o los grandes hermanos de la patria; si hay esas audiencias es porque hay quienes ven los programas. No es ni bueno ni malo, simplemente es. En este caso es igual: en las últimas elecciones al Gobierno de la Nación ¿habríamos votado a un político que nos dijera “voy a hacer lo que pueda hacer y prefiero no prometer nada de lo que luego no pueda llegar a cumplir”? ¿Le habríamos votado? Muchos seguro que sí, pero la gran mayoría no. ¿A quién nos gusta votar? Al que promete soluciones para todos, mejoras en todo, al que habla del cambio, al que dice que va a arreglar todos los desmanes del pasado. Unos votan al que va a hacer lo contrario de lo que dice el opositor político; otros al que va a solucionar sus propios problemas (pensando que él es el ombligo del mundo y que su político sólo piensa en él). Otros, también, al que dice que va a corregir todos los errores sociales, políticos, en educación o en sanidad que se han venido produciendo hasta el momento. Cómo nos gusta oír y creernos esas promesas, ¿verdad? Y aún algunos piensan que son ley y no hay más ley que la propia realidad y la de que con estos mimbres sólo pueden hacer determinados cestos, pero no todos.

Pero lo más llamativo es que cuando se inicia el Gobierno, los que gobiernan tienen que desdecirse (no era posible de otro modo) de gran parte de sus promesas y los de la oposición critican que no lo cumplan y consiguen que sus votantes se olviden de lo que ellos mismos en su momento prometieron y no cumplieron. Ahí es donde nuestra memoria colectiva es frágil; ahí y cuando llegan nuevas elecciones en las que todos los contendientes volverán a prometer, a criticar lo no cumplido de los otros y a seducir nuestros votos en pro del modelo idílico de sociedad que nos prometen.

¿Cómo se solucionaría esto? Muy fácil, tipificando penalmente las promesas incumplidas, en tiempo y forma. Pero quizá esto, como sociedad, no nos gustaría, perdería glamur la contienda electoral y la vida política posterior. Es más, creo que una gran mayoría seguiría prefiriendo dejarse engañar para luego poder criticar y juzgar lo mal que lo hacen nuestros políticos. Qué triste, ¿verdad?

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