A papás y a mamás

A papás y a mamás

Semanas atrás hubo que llevar al pequeño de nuestros hijos a Urgencias por un súbito acceso de fiebre sin mayores consecuencias posteriores. Eran las siete y media de la tarde de un domingo; pasamos a la sala de espera y mientras estábamos pendientes de ser avisados para que le viera un médico, percibí algo anómalo en aquella sala en la que había unos diez niños esperando con sus respectivos padres. Pero, precisamente eso era lo extraño, no eran los padres los que estaban allí. Salvo otro hombre en la sala, el resto todo eran mamás, solitarias mamás acompañando a sus hijos en la espera médica que pudiera curarles. Eran mamás que sabían que estaban en donde debían estar, ni más ni menos.

También he de reconocer que si el acceso febril de mi hijo se hubiera puesto de manifiesto un día de labor en hora “comercial” me habría sido muy difícil (salvo circunstancia verdaderamente excepcional) haber estado en compañía del resto de las mamás de aquella sala de espera. Ahora bien, tengo claro que si el tiempo y la autoridad de mi empresa lo permiten estoy en igualdad de condiciones para responsabilizarme de lo que de común he asumido con la madre de mis hijos.

Seguimos siendo una sociedad machista; si quiere no en el término peyorativo del término, pero sí somos una sociedad construida en torno a que el macho sea el que esté siempre disponible para el trabajo, para la generación de riqueza para el conjunto familiar y la hembra la que cuida, preferentemente, de la prole y del nido que la acoge. Siendo esto cierto o aún bastante cierto, no lo es menos que el tiempo de ocio común también debe ser tiempo para la asunción de comunes obligaciones; lo de las duras y las maduras siempre fue un buen ejemplo de compartir lo grato y lo ingrato o menos grato.

Desde bien pequeños, ayer y hoy (con mayores o menores tecnologías) hemos jugado a papás y mamás, a médicos y enfermos, a policías y ladrones; parece que el juego, la asunción de un rol, desde la noche de los tiempos, siempre tiene que ser de modo que asumamos posiciones contrarias. Esa complementariedad, con el otro o con la otra, nos ve hacernos mayores y seguir desempeñando, en cierto modo, los mismos roles en todos los ámbitos de nuestras vidas. Hace poco tiempo una persona se sinceraba conmigo diciendo que esta situación de paro sería diferente si, al igual que hace cuarenta años, los hombres fueran los que llevaran un sueldo a casa y las mujeres las que cuidaran del hogar y los hijos. Vamos, lo de “a papás y mamás” de toda la vida. Independientemente de lo tremendo que es que se siga pensando, aunque de modo minoritario (¿?) de esta manera, lo cierto es que un domingo el papá se queda en casa viendo el partido en la tele o tomando una copa con unos amigos y la mamá debe ir con su hijo al hospital… Siendo así no me extraña lo que relata José Antonio Marina en “El laberinto sentimental” al destacar las conclusiones de Seligman: “Según las pruebas realizadas hay una coincidencia notable entre el estilo de la madre y el del niño, correlación que no existe con el padre; el nivel de optimismo o de pesimismo, tanto en hijos como en hijas, es aprendido de la madre”.

 

La madre naturaleza, por algo es madre, liga el comportamiento del hijo a la madre, con la ayuda y el empujoncito de los papás engendradores pero no cuidadores ni educadores.

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