Víctima o líder

víctima o líder

Esto casi es como lo del chiste: ¿qué prefieres, susto o muerte? Pues algo así es lo que nos obliga a reflexionar uno de los mejores pensadores y comunicadores sobre el desarrollo personal que ahora mismo existen en el mundo: Robin Sharma.

Quizá haya leído uno de sus muchos libros publicados: “El monje que vendió su Ferrari…”, presente en las estanterías de millones de casas y oficinas. Robin Sharma pasó por nuestro país impartiendo una charla en IESE Business School en Barcelona en su “Gira del Optimismo”. Es asesor de las compañías más rentables del mundo y aplaudido en los foros más exclusivos. De su mensaje me quedo con dos reflexiones. La primera: “Elijan: víctimas asustadas por las dificultades o líderes de su propia vida. ¿Qué escogen?” La segunda: “La diferencia entre un líder y una víctima, y esto sirve para todo un país, es que a las víctimas les asusta el cambio, mientras a los líderes les inspira.”

Imagínese que está cruzando la bahía de Santander con un grupo de amigos en una pequeña motora y en mitad del trayecto se abre una vía de agua. ¿Cree que todos reaccionarían del mismo modo? ¿Es posible que hubiera una persona que asumiera un liderazgo natural del grupo para resolver la situación? Incluso ¿cabría la posibilidad de que alguien reaccionara con una presteza y dinamismo que a usted le sorprendiera? Pero también ¿habría alguna persona que, con el pesimismo más victimista, empezara a decir “¡nos vamos a hundir, nos vamos a pique!”?

Lo que el Señor Sharma nos dice es que el victimismo propicia la inacción, está más cerca de la protesta, la queja y la reivindicación de “lo que el barco fue” que de las acciones por recobrar el control de la situación. Víctima o líder, esa es la verdadera cuestión frente a una situación de dificultad, de cambio más o menos repentino, de necesidad de golpe de timón para recuperar el rumbo y el control de nuestras vidas, nuestra economía o nuestra propia existencia. La víctima siempre se queda en el pasado, en lo que fue y ya no es, en lo que debiera ser. El líder asume el cambio, coge el toro por los cuernos y trata de dominar la situación sin dejarse dominar por ella. La víctima dedica sus energías a la queja, a la desazón, al dolor. El líder se pone a trabajar de inmediato para resolver la situación sobrevenida y el líder no dice lo que hace o lo que va a hacer, simplemente se pone manos a la obra e inspira en otros ese mismo comportamiento. Y tanto uno como otro sufren lo mismo, sienten lo mismo y necesitan recobrar de nuevo el control con la misma intensidad.

Tengo la triste sensación de que en nuestro país “las cosas” tienen que ponerse muy mal, el “enemigo” tiene que ser claro y patente para que nos pongamos en marcha. Siguiendo con el ejemplo náutico, si dependemos del viento para navegar y éste se detiene, habrá quienes piensen que ya volverá, no hay que preocuparse, no hay que remar. Si se para el motor, ya lo arreglaremos, no hay tanta urgencia. Si las existencias de víveres se ven mermadas, ya vendrán tiempos mejores… así hasta que hay verdadero peligro de hundimiento o los tiburones (entiéndase cualquier tipo de tiburón) nos amenazan, entonces reaccionamos y sacamos lo mejor de nosotros mismos, nos sorprendemos unos a otros, remamos, velamos y hacemos todo lo posible por sacar el barco a flote. ¿Esa es nuestra condición en lo universal? ¡Qué pena! Cuántos sufrimientos podríamos habernos ahorrado si, colectivamente, actuáramos con más presteza.

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