Mala colonia

gibraltar

Y además huele mal. Lleva oliendo mal muchos años, demasiados. Trescientos años ya de un torpe tratado que nos cogió en desventaja y ayudó a extender las alas del glorioso imperio de su majestad. De aquellas alas nacieron aviones y un aeropuerto construido en tierras de agua, de aguas territoriales de nuestro país. Tantas alas se le han dado a esa Bretaña grande que ya es llegado el momento de cortarlas o, cuando menos, recortarlas antes de que las viejas concesiones de ayer se conviertan en los derechos de mañana.

En nuestra vida en democracia pocos temas han sido tan recurrentes como el de la reclamación de titularidad del terrero o de la continencia de su expansión como lo ha sido Gibraltar. El monte de Tariq (de ahí deriva su nombre actual) anteriormente fue conocido como Mons Calpe, una de las famosas columnas de Hércules. Desde 1713 se considera terreno ocupado por Gran Bretaña, única colonia foránea que existe en nuestra península. Es una conquista de los ingleses y, no sé muy bien cómo, se ha conseguido que en la película los españoles seamos el bueno, los llanitos el feo y la corona británica la mala que sólo quiere que esta situación se perpetúe en recuerdo de su imperial historia. Es un modo, como otro cualquiera, de seguir restregándonos su poder omnímodo sine die. Y, mientras tanto, la Unión Europea – más económica que europea– como mamá osa, dejando que los oseznos se enseñen los dientes y se arañen un poco, hasta la siguiente pelea.

Gran Bretaña permite que el Peñón – o peñazo – sea uno de los mayores focos de contrabando de Europa; permite la venta de combustibles goteando en aguas territoriales españolas y permite que sea también un paraíso fiscal de empresas de fantasmagórica actividad. La misma Gran Bretaña que, dentro de la Unión Europea que ella promovió, está permitiendo los bloques de hormigón, la ocupación de nuestras aguas y la pérdida de impuestos en nuestra economía. A la vista de lo que hay nuestra obligación es protestar activa y reiteradamente de todos los abusos tal y como se está haciendo, bien documentado y a la vista de todos nuestros vecinos de Europa: imponiendo un estado de opinión que desvele los espurios intereses que subyacente en toda esta historia.

¿Puede alguien llegar a creer que un criuco de “na” sea tan valiente de enfrentarse con todo un Estado sin que el matón del patio le proteja? El malo de esta película está perfectamente identificado y convencido de que si cede a las pretensiones soberanistas de España se le pondrán a la cola todas las otras colonias montándoles una perfumería completa en dos días.

Gibraltar no tiene derecho a aeropuerto y lo tiene; tampoco a aguas territoriales y de facto, las tiene; no puede ser un territorio con unidad independiente de las obligaciones de un país miembro de la UE y lo es. ¿Cuántas más reglas se deben romper para que los gobiernos británicos sigan permitiendo los desmanes que ladrillo a ladrillo y bloque a bloque van haciendo que la roca se convierta en cemento y hormigón? Y ofendidos cada vez que abrimos la boca y cerramos la verja para protestar.

Escribo en Google la palabra y ya en “Gib” me aparece como primera palabra Gibraltar y en cuarto lugar “Gibraltar español”, eterna reclamación explícita de muchos españoles y latente en todos los gobiernos y desgobiernos que hemos tenido. Cerremos de una vez por todas, no la verja, sino la situación anacrónica que Gibraltar supone en un mundo trescientos años diferente del que permitió su existencia. 

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