La bolsa o la vida

la bolsa o la vida

Cuando leí la noticia de Moritz Erhardt, el becario del Bank Of America que murió en Londres por sobredosis de trabajo, pensé en todos los riesgos que corremos las personas cuando forzamos a la naturaleza, cuando nuestros esfuerzos son sobrehumanos y rebasamos límites pensando en que nada malo puede ocurrir.

“Me sale humo por las orejas” decía en uno de sus mensajes el día que hizo crac. La fatalidad mostró que pagó con la vida la desmesura por hacer más grande su bolsa. En otro momento Moritz manifestaba “A veces soy demasiado ambicioso… y me causo lesiones…” Este becario, con muy pocas primaveras en su haber, perseguía el éxito, el reconocimiento, el triunfo sobre los demás, el beneficio de la competencia más dura para llegar al premio de un contrato millonario en euros. Sin riesgo no hay beneficio, pero casi siempre, en el intento, se nos olvida el riesgo.

Las personas tenemos unos límites, unas fronteras que sabemos o intuimos que no debemos traspasar. Este chico estuvo 72 horas trabajando sin descanso y el esfuerzo fue tan excesivo que el descanso se hizo eterno.

Viendo su fotografía en el periódico se adivinan su ambición, su firmeza para seguir el camino trazado, su mente preclara dispuesta al objetivo pero con toda la niñez en la inocencia de su rostro. Desprende autocontrol, autoexigencia y sed de triunfo. Quizá lo hubiera llegado a conseguir, es posible. Pero no fue así.

A veces nos exigimos a nosotros mismos o a nuestros hijos esfuerzos titánicos para poder destacar y estar entre los elegidos en este mundo tan tremendamente competido. La City de Londres es, según todos los entendidos, la selva más despiadada de cuantas existen en el mundo de los negocios, de la banca, de la ingeniería financiera. Muchos son los que regresan comidos por feroces pirañas, otros regresan tocados del ala de la cordura y otros, como este chaval, no viven para contarlo. ¡Qué pena! En esta exigencia de los cánones del éxito, real o ficticio, podemos llegar a ser excesivos y a no darnos cuenta de que nuestro cuerpo es una maquinaria casi perfecta; casi, porque necesita descanso, oxigenación, ruptura y cambio y vuelta a empezar. Algún kit-kat de vez en cuando y calor humano para darnos cuenta de que seguimos siendo imperfectos y de que si es a cambio de la vida, la bolsa no merece la pena.

Qué le voy a contar a usted que tiene una empresa y debe trabajar de sol a sol para sacarla adelante o a usted que vive estresado por no poder tener un trabajo que le dignifique como merece, o a usted que debe compaginar la idílica conciliación familiar con una sonrisa perfecta cada vez que tiene que dar el do de pecho, en casa y en el trabajo. El modelo de sociedad que nos hemos creado puede llegar a provocar situaciones como la de Moritz y otras igual de destructivas con el correr de los años. Los que tenemos la suerte de tener un trabajo tenemos que asumir responsabilidades que nos pueden llegar a desgastar y los que no lo tienen se ven maleados por perversas emociones que producen desenlaces muy similares.

La cuestión esencial es incorporar unas buenas dosis de sentido común. Definir lo que es excesivo para el común de los no queremos ser mortales de momento, y combinarlo con el más que recomendable espíritu de superación y mejora, para ser hoy mejores que ayer pero peores que mañana. En cualquier caso prefiero más vida con la bolsa justa que una vida ajustada con una bolsa llena para que la vivan otros por ti.

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