Soledad

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Un buen amigo, buen profesional, y lector de estas mis opiniones, ante el fallecimiento de lo más querido, hace días, nos decía: “Me encuentro muy solo”.

Quiero decirle a él, a usted y a mí, que todos somos más queridos de lo que muchas veces pensamos, que estamos en los buenos pensamientos de muchas personas más tiempo del que imaginamos y que no estamos solos. Lo que verdaderamente duele es la ausencia de quienes hemos querido y ya no están o están en órbitas distintas de la nuestra; eso sí que duele.

La ausencia de las personas que nos dan soporte, que son nuestra vida, es dura, muy dura; más aún cuando una sola persona concentra la esencia de lo que somos. Pero de esa soledad se puede salir a flote (sin perder el recuerdo – eso nunca – de quien nos falta) agarrándonos a todos los que sentimos que somos importantes para ellos. Hay un pensamiento único en este sentido y es que no podemos ser cadena de transmisión en la soledad: si nosotros también nos aislamos del mundo generaremos una gran soledad para muchas otras personas. Sabiendo el punto en el que estamos, ni debemos ni queremos provocar ese mismo sentimiento en otros.

Hay tantos sentimientos que nos afligen que debemos luchar contra ellos antes de que se conviertan en tumores físicos o emocionales en nuestras vidas, o virus de contagio a otros que son menos fuertes que nosotros. Me refiero por supuesto a la soledad, y también a sus amigos del alma: la frustración, el desánimo, la depresión, la melancolía y la tristeza. Desde luego nadie estamos libres de sufrir estas inclemencias en nuestras vidas, pero quizá lo más importante es cortarlas de raíz nada más sentimos que asoman por la puerta de nuestros pensamientos.

Pero ¿hay solución para esta soledad por la ausencia? Creo que sí. La primera y más radical es que de quien nos dolemos nunca querría vernos encaminados hacia el precipicio de nuestra conmiseración. Las restantes son comparsas que nos pueden estimular a agarrarnos con fuerza a todo lo bueno que sigue estando a nuestro lado. Estas comparsas son el optimismo, el renacer del sentido del humor, el ingenio, la capacidad de amar a otras personas y el estar dispuestos a llenar el exiguo depósito de nuestra felicidad abriendo las puertas a otras gasolinas que nos emocionen y que, de nuevo, pongan en marcha el motor de nuestras ganas por vivir. Creo que una razonable felicidad, conformada a lo largo de los años, pero con un saldo siempre positivo, es el mejor plan de pensiones para que cuando necesitemos de los demás más de lo que ellos necesitan de nosotros, los demás sigan ahí para sentirnos queridos y oportunos en el vivir.

Creo que uno de los grandes sentidos de la vida es el de vivir con otros y para otros; el “con otros” implica empatía y emociones positivas y el “para otros” sólo tiene sentido cuando estamos plenos y en disposición de poder dar y recibir. Y para dar amor, cariño o respeto hay que tenerlos y sentirlos hacia uno mismo, pues de donde no hay no se puede sacar.

A él lo único que puedo decirle es que, además de los hijos y familia que de él dependen, además de todas las personas a las que profesionalmente ha tratado, hay, somos, muchas que queremos y creemos que juntos en el pensamiento y en el sentimiento también podemos curar un trocito de su soledad con afecto y mucha humanidad; ahí estamos.

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