Si tiene un amigo, tiene un tesoro

amigos

Más o menos, así ha rezado siempre el dicho popular: “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”. Y resulta que va a ser verdad, si como tesoro consideramos lo más valioso que tenemos: nuestra propia vida.

Sin hacer ninguna averiguación especial, todos valoramos el ejercicio de la amistad, de esa relación en la que no hay ningún tipo de interés –ninguno– salvo el de la satisfacción de la relación personal con determinadas personas. Bueno, he de decir que sí, si que hay un interés y es el de que a esas personas todo, absolutamente todo, les vaya bien en su vida porque cuanto mejor están ellos mejor te sientes tú.

Un reciente estudio de un equipo de sociólogos de Carolina del Norte y Brigham Young ha concluido que el efecto en el organismo de mantener una red de personas queridas es el mismo que se consigue cuando un fumador deja el tabaco. De hecho, destacan que las posibilidades de sobrevivir de quienes poseen una buena vida social son, aproximadamente, un 50% superiores a los que tienen relaciones poco satisfactorias. Concluyen que las personas con más amigos se mueven más y cuentan con un mejor estado de ánimo. 

En nuestras vidas hay diferentes tipos de relaciones. La primera relación es la parental; nacemos con la bola detenida en un número concreto de la ruleta y si hemos sido queridos, deseados, lo más normal es que ese número haya sido afortunado. Esa relación familiar determina en buena parte nuestra vida, pero no es elegida, viene dada. La segunda relación en orden cronológico suele ser la de los amigos, en muchos casos vinculados con el colegio, con el vecindario. Esta es una relación más libre: uno mismo, desde bien chiquitín, va eligiendo ese grupo afín de personas con las que se siente más a gusto, con las que más uno mismo se llega sentir tal cual es. La siguiente suele ser la del trabajo y es, en el fondo, la que más problemas nos suele suscitar: relaciones de dependencia, mediando el “vil” metal, relaciones de poder, ambición, sumisión, sensación o no de intromisión, acoso laboral y también compañerismo, cómo no. De todas las posibilidades, la amistad es la más noble. Finalmente está la relación de pareja que puede ser efímera, durar hasta el fin, traumática o sublime, y que da origen a nuevas vidas y nuevos ciclos humanos.

Tengo la suerte de contar con tres grupos de amigos que trato desde hace 20 años en un caso, 30 en otro y más de 40 en otro. Todos son personas con las que no hay ninguna necesidad, obligación o dependencia en la relación; es una relación voluntaria, libre y que surge espontáneamente, en unos casos, y cuando las distancias y el tiempo lo permiten, en otros. Pero lo mejor de todo es que cuando nos vemos, haya pasado cualquier cantidad de tiempo con respecto a la última vez, en unos pocos minutos ya nos hemos puesto al día; sabemos lo que “debemos” esperar unos de otros y, en muchos casos, tan sólo es preciso saber que todos siguen bien, que están ahí y que tú también sigues estando “ahí”. Esa es la magia de la amistad, la magia que no requiere trucos, ni contemplaciones, ni obligaciones, es la magia de la gratuidad de emociones y sentimientos y que, en la mayor parte de los casos, como los buenos vinos, se va enriqueciendo con el tiempo a pesar de otras obligaciones y devociones que impiden que esa relación pudiera ser más estrecha o más intensa en el tiempo de lo que suele ser.

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