La letra con sangre entra

Letra sangre

No es de la literalidad de esta frase de lo que pretendo hablar, pero sí del sentido que tiene, que tuvo y que siempre tendrá: que el conocimiento, el fortalecimiento del entendimiento, la cultura y, en algunos casos, la sabiduría, a todos ellos, se llega tras el esfuerzo, el aprendizaje y la necesidad, cada vez más apremiante, de aprender y de aprender a aprender.

Según el último informe de la OCDE España es el último país (dentro de un estudio sobre los 23 países más prósperos del mundo occidental) en comprensión matemática y el penúltimo, tras Italia, en comprensión lectora. El informe, en esta ocasión, no se refiere a nuestros escolares. Este dato está obtenido de entre adultos de 16 a 65 años. Pero no sólo eso; lo más sangrante es que en países como Japón, Holanda o Suecia los titulados en Bachillerato saben más que nuestros universitarios. Curiosamente estos tres países carecen (o carecían) de recursos naturales o de sol, pero sus ciudadanos se han ocupado de aprender, de tener una predisposición natural hacia el conocimiento. Japón apostó por la tecnología, Holanda por el comercio y Suecia por el conocimiento y la modernidad.

¿Qué estamos haciendo mal en nuestra sociedad? Estamos inmersos en la pobreza cultural, en el conformismo con respecto a nuestra necesidad de conocimientos y habilidades, en la cultura del no esfuerzo y el desinterés por el conocimiento (del que yo, como ciudadano de este país, también formo parte). Si lee este informe se le podrá caer el alma a los pies como me ha sucedido a mí. En los valores de conocimiento medidos, los adultos en España, en una escala de 1 a 5, nos situamos en el valor 2, pero es que un 30% de los españoles estamos en el valor 1 o menor que 1. De verdad: es vergonzoso.

En ocasiones cuando pronuncio en público la palabra “formación” parece como si estuviera hablando de un castigo divino, de una actividad “maldita” que debemos quitarnos de en medio lo antes posible. Varias veces he oído decir a personas del rango entre los 50 y los 65 años, “total, para qué necesito aprender más”, “a estas alturas qué es lo que me van a enseñar”. Tan alto sentido de la autosuficiencia nos impide reconocer con claridad todo lo que nos queda por aprender para seguir siendo útiles y valiosos en sociedad.

Lo fácil en este sentido es echar la culpa a las, siete ya, leyes educativas de nuestro país. Ése es el recurso más barato con el que podemos argumentar nuestra pésima situación. La razón es tan sencilla como que la enseñanza y los programas de educación están preñados de la más barata de las ideologías políticas: la de que se debe educar conforme a las creencias gobernantes de turno y no conforme a lo que se necesita aprender en un mundo global. La educación está preñada de ideología. De dar más importancia a los idiomas locales que a los globales o que a las matemáticas. De priorizar la historia con minúsculas de mi Comunidad Autónoma. Del perjudicial sentido que se da a las becas que confunden la igualdad de derechos con la potenciación de la singularidad de las capacidades. Y sobre todo, lo más perjudicial, el sentimiento de que hay que premiar el aprobado general en lugar de los esfuerzos individuales. La letra, el número y el inglés con sangre de esfuerzo deben entrar en nuestro intelecto. Pero lo fácil es juzgar la educación en clave política, no en clave de eficiencia: “Lo que usted ahora aprueba (dicho por todos) ya lo cambiaré yo después” para seguir igual de enmierdados que siempre.

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Una respuesta a “La letra con sangre entra

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