India

India

Hace 27 años tuve la suerte de poder viajar a India con la excusa de un congreso mundial de economía, pero lo que realmente me impulsó fue el interés por conocer un país que siempre consideré mágico, enigmático y seductor. Entonces conocí el viejo y el nuevo Delhi; Jaipur, la ciudad roja; Agra, la que acoge el Taj Mahal; Khajuraho, la ciudad de los templos del Kama Sutra y Benarés, la de las cremaciones en el Ganges. Fue un viaje de descubrimiento en descubrimiento.

Nunca pensé que fuera fácil volver a un país que está a algo más de ocho mil kilómetros de distancia, pero la fortuna ha hecho que recientemente haya vuelto a viajar a India, en esta ocasión para tratar de llevar a cabo un proyecto empresarial con un cliente. Y de nuevo el viaje ha resultado sorprendente. La primera vez lo fue por lo diferente de unos lugares totalmente desconocidos y ahora, la segunda, lo que más me ha llamado la atención han sido sus gentes, su vitalidad, su frenesí por trabajar, por mejorar, y la vitalidad de ciudades que parecen no descansar nunca.

He vuelto a ver un Delhi que en la esencia de su urbanismo me sigue recordando al que conocí hace casi treinta años. Entonces el país estaba cerca de la idea que teníamos en los años sesenta de los indios y los pobres chinitos, para los que había que recolectar dinero y así ayudarles. Pero ahora, al paso cómodo que vamos, no sería nada de extrañar que sean ellos los que nos tengan que ayudar dentro de cincuenta o sesenta años, si es que antes no espabilamos.

He tenido la suerte de conocer a una familia de empresarios en la que el padre, después de trabajar diez años para otros, decidió asumir el riesgo de ser emprendedor e invirtió sus ahorros en un pequeño taller. De ese pequeño taller, que aún conservan, pasaron a una fábrica, de las más equipadas que he visto, y en breve construirán la tercera. Se ayuda de sus dos hijos, ambos con formación técnica universitaria, y vive prósperamente. Eso sí, la prosperidad para algunos de nosotros puede tener trampa (si se le puede llamar así en nuestro sistema “hiper-protegido-por-el-estado-del-bienestar”). Y es que, como en la época de mis padres, se trabaja de lunes a sábado y, como en el caso de los hijos, de 8.30 de la mañana a 11.00 de la noche, día tras día y viviendo el tiempo libre para sus familias y el de trabajo para sus clientes.

Es cierto que las desigualdades siguen siendo grandes, pero ya hay cerca de 450 millones de ciudadanos indios que pertenecen a la clase media. Clase medía no acomodada, pues todos trabajan para seguir siéndolo o mejorar, si les es posible.

Las calles, los comercios, bullen de actividad. El frenesí se apodera de unos ciudadanos que quieren ser de primera y que han descubierto que el camino para ello es trabajar y si es posible hacerlo más y mejor que otros. Esta es la ley de la realidad del mundo globalizado. Nos guste o no nos guste, es así y quien se resista a ello pensando además que debe ser el Estado quien le proteja, se equivoca. India hoy fabrica tecnología, es el país de los desarrolladores de software a nivel mundial y creo, sin lugar a dudas, que tras el boom chino, vendrá el indio.

En el siglo XVII India llegó a ser responsable de un 25% del comercio mundial; con los ingleses en el poder se redujo hasta el 1%. Hoy, pujante y desarrollada, vuelve por sus fueros. ¿Qué vamos a hacer nosotros?

lamadriddiario@gmail.com

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2 Respuestas a “India

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