La fuente de La Aurora

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Cuando era niño, durante un par de años mi colegio de primaria estaba próximo a este manantial mañanero. Cuando me preguntaban cuál era mi colegio, siempre contestaba “el de la fuente de La Aurora”. Mi memoria viaja a los recreos en los que, portando un vaso desde casa, nos calentaba el duro invierno un vaso de leche, de la famosa en polvo americana.

La fuente, mi fuente de La Aurora siempre me evocará imágenes de infancia, de cuando la calle era mía… y de mis amigos; tiempos en los que, estando en medio de la calle, nos avisábamos “¡Coooche!” en plena carretera nacional.

Quizá la sensación más potente que está insertada en mis recuerdos es la de una fuente, con cuatro caños, de la que el agua manaba eternamente. Siempre me pareció mágico que el agua manara y manara, sin pausa, en invierno o en verano, con el hielo en las calles o con el calor de julio. Era la fuente de la eterna… agua y en mi caso también la de la eterna juventud de mi infancia añorada y querida. Como para Golum el anillo, la fuente es “mi tesoro”.

El estado de conservación de la fuente, en aquellos días de comienzos de los sesenta, era perfecto; daba igual que estuvieran desniveladas sus losas o que los caños no tuvieran un reluciente bruñido, eso era lo menos importante. Lo diferencial era su agua abundante y refrescante, siempre al servicio de los niños, de las mujeres y de los hombres que con cubos, botellas o botijos acudían a abastecerse. La fuente de La Aurora siempre era generosa y cuando, como niño, te elevabas al nivel de su caño, podías divisar ese pedazo de Reinosa desde otra perspectiva. Y si la mirabas a ella, a la fuente, seguías sin comprender de dónde podía salir tanta agua y, más aún, como se  podía desperdiciar toda la que se perdía por el desagüe.

Cantidad de recuerdos brotan, como el agua, con este mi rincón favorito. Además, para mi corazón de “loco bajito” y pequeñito, estaba enclavado en los confines de Reinosa; más allá de la fuente era terreno “por conquistar”. Desde La Aurora tenía a tiro de vista mi casa, el Teatro Principal y el Banco Santander, que eran mis elementos de referencia.

Para finalizar, le contaré una anécdota de infancia vinculada con La Aurora. Una mañana mi primo Luis dejó aparcado el Seat Seiscientos a las puertas de Casa Vejo. Con mi pasión por las cuatro ruedas y con tres años de edad, arranqué el coche, con mi hermana de pasajera y la primera marcha metida. Al ralentí fuimos avanzando hasta que mi primo con dos tartas en las manos vio, sorprendido, que el coche se estaba moviendo y ya había alcanzado la altura de la fuente. Qué pena de Fernando Alonso en potencia…

Querida Aurora: gracias por saciar mi sed infantil y por seguir manando eternamente en mi memoria.

 

lamadriddiario@gmail.com

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