La mala educación… física

plinto

Días atrás una amiga me remitía una carta con sus reflexiones acerca de la educación física de su infancia y adolescencia. En ella se quejaba de las inadecuadas enseñanzas que recibió. Quisiera transcribir aquí la esencia de su escrito:

“A mí nunca me dieron educación física; me mandaban correr, saltar, hacer el pino, hacer flexiones y cualquier otro tipo de tortura que mi cuerpo aceptaba con dificultad.

“La profesora llevaba siempre los chándales y el calzado deportivo más modernos y de buena marca. En realidad podía haber ido con ropa de calle, porque no les daba uso: en contadísimas ocasiones la vi hacer el pino o subirse a las espalderas. Jamás la vi saltando el potro o el plinto; tan sólo recuerdo que una vez se subió a la barra de equilibrios. Eso sí, el silbato para imponer su no ejemplificadora educación, ese sí que lo utilizaba.

“Yo era una niña torpe, grande, rellenita, y con un miedo atroz a abrirme la cabeza o romperme un brazo en una de esas aventuras de plinto. Si hacer aquello servía para mi evaluación, ¿por qué no me enseñaron? ¿Por qué me ponían mi nota en función del número de saltos al hilo o lo que tardara en correr los 1000 m? Mi cuerpo daba para lo que daba. No me interesaba la asignatura, desde luego. Otros compañeros no trabajaban las matemáticas, o la lengua… no les gustaba. Igual que a mí la gimnasia, que tampoco me gustaba. No me sentía atraída, ni estimulada, y no me enseñaban a hacer lo que luego en el examen me pedían. La diferencia está en que en otras asignaturas sí me enseñaban. En la supuesta educación física la “clase” consistía en: “Tenéis que hacer… ”. Muchos compañeros lo hacían, sin problema. ¡Me alegro por ellos, claro!

“Siempre he pensado: si tan necesario para mi educación era saltar el plinto con voltereta, ¿por qué la persona al frente de la clase no lo hacía delante de mí, una y otra vez? ¿por qué no me corregía postura de brazos, piernas, espalda, para conseguirlo? ¿por qué no hacía nada por sacarme el miedo que me atenazaba?

“Cuando se acabó la etapa escolar y la “educación” física, lo celebré. Fue la liberación. Acabé aborrecida de cualquier tipo de actividad física. Unos diez años pasaron antes de que volviera a pisar un gimnasio. ¿Cómo llegó ese momento? Pues por convicción personal. Madurez. Superación de viejas etapas y complejos.

“La actividad física, para ser “educación”, tendría que enseñar a cuidar el cuerpo, tratarlo bien para que nos dure mucho y en buen estado: transmitir la importancia de una actividad física adecuada a la edad, los gustos y las características físicas de cada uno. Y posibilidades diversas para ponerlo en práctica en el colegio: el que quiera plinto, estupendo. El que prefiera algo tipo aerobic, pues estupendo también. O un deporte de equipo. O un deporte individual. Y el que prefiera las caminatas, pues que pasee. Más valdría que a cada chico o chica que acaba la etapa escolar le quedaran ganas de continuar con un gusto por alguna actividad de este tipo y que no convirtiera su vida en sedentaria sólo por olvidar cuanto antes la pesadilla de las “pruebas físicas” o los trampolines.

“La educación física, además, debería incluir nociones de nutrición y hábitos tóxicos. Y sobre todo tendría que enseñarnos a querernos como somos y a aceptar el paso del tiempo. Desterrar complejos por razones físicas”.

Aprovecho esta columna para sumarme a todo lo dicho y para apostar, como mayoritariamente se hace hoy en día, por una enseñanza ejemplificadora y estimulante.      lamadriddiario@gmail.com

 

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