Navidad, Navidad, sin blanca, Navidad.

Blanca Navidad

Ante todo: Feliz Navidad.

Quería compartir contigo la inmensa fortuna que  considero tengo por tener lo suficiente, ni más ni menos, para poder disfrutar de unos días de Navidad sin la penuria que tantos están pasando, con razones o sin ellas, en estos mismos días.

La blanca era una moneda de vellón castellana del S. XV; comenzó valiendo medio maravedí y seis blancas componían un real de plata y llegó a  terminar con un valor de 68 blancas por real. Era tan poco su valor que se llegó a considerar que no tener ni siquiera una blanca era como no tener nada. Nada es lo que tiene demasiada gente hoy en día para afrontar unos días que, desde hace más de cincuenta años en mi memoria, siempre fueron generosos. Duele mucho saber que este año que termina también ha terminado con más de un millón de hogares en los que ni la “luz” puede entrar; no hay blancas ni para pagarla. Duelen los dos millones de niños que en nuestro país de primer mundo (o deprimido mundo) viven en hogares que se considera que están en el límite de la pobreza. Duele que en muchas casas los Reyes no puedan ser todo lo magos que debieran ser y que por otro lado haya príncipes y coristas que se han embolsado, gracias a los “reales”, cientos de miles de euros a costa, en muchos casos, de los dineros de todos. Duele la parte más débil de nuestra sociedad, la que, desde los extremos, más sufre las consecuencias de las malas gestiones de políticos con una cortedad de miras que se lo han de hacer ver. Duelen las manos, cada vez más extendidas (en todos los sentidos), en las calles de nuestras ciudades. Duele el alma cuando por la culpa, negligencia o el dejarse llevar de unos pocos muchos hace sufrir a otros pocos muchos, que siempre son demasiados.

Estas Navidades “blancas” me entristecen las otras, las que me vinculan con mi familia, con los buenos amigos (los de siempre), con los aún mejores recuerdos de todas las cosas grandes y pequeñas que me sucedieron en tiempos como estos. Se me blanquean las imágenes de una infancia feliz en lo esencial en la que la magia acudía en forma de reuniones familiares, sonrisas, felicitaciones y pequeños momentos de sintonía de todos a pesar de las dificultades; esa niñez navideña es la que quiero para los que quiero, para mis hijos, para mis amigos, para mis lectores.

También soy de los que cree que la Navidad es esperanza, que además de añorar los tiempos pasados y de lamentar los presentes, también podemos y debemos esperar un futuro mejor para todos y a ello me aferro con ternura y fiereza. Unido a ello está mi optimismo constante que refuerza el hecho de que los buenos tiempos están a la vuelta de la esquina y que la Blanca Navidad, la de verdad, la de los copos de nieve, perfectos en su imperfección, volverá a ser Feliz Navidad para todos los que nos gusta disfrutar de ella en el disfrute de los demás. La Navidad más solidaria es aquella en la que todos podemos disfrutar de casi todo y con todos los que queremos.

Felices Fiestas.

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