13,7 grados

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Algunos vinos, un poco cargados, están en este grado de alcohol. Como siempre, cuando bebemos a su momento y junto a nuestra amiga moderación, es un placer disfrutar de un buen vino o de “una” copa (y recalco lo de una) cuando las circunstancias y el volante así lo permiten.

Pero esa cifra de 13,7 no es de graduación alcohólica. Lamentablemente, esa cifra es la edad media a la que se empieza a beber alcohol en nuestro país. ¿Sorprendido? Yo también.

Qué le voy a contar. Mis hijos nos ven beber una o dos copas de vino, de vez en cuando, sobre todo por la noche o en fin de semana. También ven a su padre beber un chupito, tras comer y en fin de semana. Y siempre lo ven como algo natural, sobre todo porque nunca han visto que las capacidades intelectuales (pocas o muchas) de quien ahora escribe, se hayan visto perjudicadas por el alcohol.

Como a los demás, no sé qué me deparará la vida propia o la de nuestros hijos, pero le aseguro que pelearé con uñas y dientes para que esos 13,7 grados sean unos cuantos más. Si es posible, que lo sean en mi presencia y que cuando lo hagan sea para disfrutar y no para ocultar miedos o inseguridades. ¿Usted que es padre no quiere lo mismo que yo?

En mi infancia a los niños se les reían las gracias relacionadas con beber un poco de vino o llevarse a la boca un trozo de pan bañado en él. Es más, uno de los rituales de los niños que dejaban de serlo era el de empezar a fumar y beber como “adultos” que empezaban a ser. Entonces, y en cierto sentido ahora, se confundía ser hombre con asumir excesos. Ser hombre no es ser ecuánime, valiente, independiente, seguro, valioso o inteligente, no. Ser hombre era, es, demostrar que se está por encima de lo que dictan las normas de la buena conducta, transgredir, rebasar limites, sentir el delirio temporal que nos permite “ser” lo que en estado normal ni siquiera imaginamos.

Después de estos años de ataques de hombría transgresora, la igualdad necesaria entre hombres y mujeres ha hecho que las chicas (las cuales fisiológicamente toleran peor el alcohol en sus venas y en su cerebro) también se hayan apuntado, en masa, a esta visión doble de la vida que desfigura lo que realmente son, en base a lo que socialmente creen que deben ser: beber para ser lo que normalmente no soy.

Además del alcohol de quemar (y del de quemar vidas) hay dos modos diferentes de beber. En el primero de ellos se bebe por el placer de disfrutar de una ingesta que produce placer por su sabor, textura, aroma y, sobre todo, si se toma en compañía de personas que enriquecen más aún la bebida. En esta versión la primera copa se disfruta plenamente, se paladea, la segunda probablemente también, la tercera y siguientes, muchas veces, dejan de tener el sentido inicial. En la segunda modalidad se bebe para relacionarse, para desinhibirse: la primera copa se deglute, la segunda va a renglón seguido, en la tercera ya se pierde la cuenta y de ahí en adelante la desinhibición deja de surtir efecto porque uno ni siquiera es consciente de cual fue el motivo que le llevó a beber.

No podemos bajar la guardia frente a esta graduación ni de aportar recursos psicológicos para que beber siempre sea un placer, a su momento y de modo que siempre el alcohol esté a nuestro servicio y no nosotros al suyo.

lamadriddiario@gmail.com

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