El desencanto de la política

desencanto política

El CIS, la calle, los amigos, la familia, los compañeros de trabajo… Todos constatamos que la política y sus ejercientes nos tienen un punto más allá de la desilusión y la desesperanza; estamos más cerca del cabreo y el pataleo que de la mera indiferencia.

¿Por qué estamos desencantados con la política y sus dirigentes? ¿Será porque prometen y prometen y luego no cumplen y no cumplen? ¿Quizá porque, tristemente, hemos sido conscientes de lo poco que pueden hacer cuando las cosas se tuercen y que cuando “España iba bien” creíamos que era gracias a ellos? ¿Tendrá que ver el hecho de que cuando traspasan la barrera de la política al ejercicio del gobierno las ideas no son capaces de moldear la realidad? O incluso peor, ¿la realidad se moldea al antojo de sus ideas? Dicho de otro modo, ¿el fin justifica los medios? ¿Es posible que algo de razón haya en el hecho de que cuando el político gobierna, con demasiada frecuencia y facilidad se corrompe? ¿Quizá también ayude el hecho de que mientras la ciudadanía vive pegada a la realidad más dura, ellos se endurecen viendo los toros desde la barrera de su trabajo garantizado y remunerado? ¿Es posible que sus inmunidades, que las desigualdades ante la ley entre el común de los mortales y ellos también puedan tener algo que ver?

Pero ¿cuántas veces nos hemos planteado qué es la política, la ideología política? ¿Para qué sirve la política? La política es el camino hacia el poder del gobierno. La ideología política es un ente opinable y probablemente ilusionante. Pero el gobierno peca de muchos frenos que la ideología era capaz de derribar, pero no la realidad. Y peca también de excesos en el abuso de poder, en el robo (finamente llamado corrupción) y en las zancadillas del poder.

¿Nos “hacemos” afines a un partido político igual que aficionados o hinchas de un equipo de fútbol? De modo que, sin saber muy bien por qué, ¿acabamos adscritos a un modo de pensar?

¿Y qué es lo que hace que una persona decida meterse en política? Desde la más tierna juventud muchos de los que hoy son nuestros líderes políticos tonteaban con ella, con la política. Simpatizaban o decididamente eran líderes en potencia manifestando públicamente sus intereses por cambiar el mundo y liderarlo. Es posible que el joven sueño del poder y del poder cambiar las cosas sea tan puro como el más puro sentimiento de amor, pero desde el momento en que el poder se materializa (en la realidad y en el dinero) las cosas se empiezan a complicar. Aparecen las ambiciones, las luchas intestinas por el poder, el manejo de los dineros públicos (que no son de nadie), los favores pagados y por pagar y el sillón, la poltrona del poder que cuando se tiene no se quiere dejar de perder, pues cuando hemos llegado a las “alturas” cuesta más descender de ellas que el hecho de haberlas subido. La subida, la llegada al poder, siempre es una tentativa, pero el “despoder” es mucho más duro de pelar y de asimilar. Lo mismo que del dicho al hecho hay un trecho, de la joven idea política al gobierno bien asentado hay otro aún mayor.

Dicho todo lo anterior, ¿qué concluimos? ¿Necesitamos a los políticos? Pues sí, claro que los necesitamos. Pero si quieren serlo, lo han de ser sin tacha, han de ser los mejores de nuestra sociedad (nunca mediocres) y han de rodearse, también, de los mejores gestores, pues la empresa más grande que existe en una Comunidad o en una Nación (en personas y en dineros) es la que es de todos y está gobernada por ellos.

 

lamadriddiario@gmail.com

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