Cien años

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Son los que se han cumplido esta semana desde el comienzo de la Primera Guerra Mundial, la que se denominó la Gran Guerra. El asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria fue lo que desató las armas, pero el conflicto se gestaba desde tiempo atrás. No deja de ser curioso que, en muchas ocasiones, las guerras estallan por los motivos menos previsibles. La cuestión es que el desencadenante o el detonante es la excusa, pues la causa está más arraigada y viene de mucho más atrás.

Hace cien años sucedió que las naciones más poderosas de la Tierra se enfrentaron entre sí, resultando un coste inasumible de vidas humanas, de familias rotas, de desgracias insoportables y de pérdidas materiales que en concreto en los perdedores sentaron las bases de lo que 25 años más tarde sería la guerra más destructiva que ha padecido la humanidad. El poder, siempre el poder, el ansia de conquista, los deseos de aniquilación del enemigo, los complejos de país, las viejas rencillas, las fronteras, las envidias nacionales, los nacionalismos, los sentimientos de superioridad racial, las riquezas naturales o de otro tipo del país a conquistar, los personalismos de los dirigentes, la ignorancia y sumisión de los pueblos, de los dirigidos, todos han sido motivos por los que dar un paso al frente y en el frente. Pero en todos los casos los que las inician nunca batallan ellos mismos, siempre lo hacen otros en su lugar. Las guerras no debieran existir, pero de ser así, tendrían que ser a palos y entre los dirigentes, empezando por el primero y siguiendo por todos los demás, hasta llegar a los soldados rasos o a la inocente población civil en último lugar. La puñetera realidad es que siempre sucede al revés.

Lo más triste de todo es que esa colección de miserias a las que antes he aludido no mueren. Ellas no mueren, hacen que mueran los demás; viven presentes y constantes en todo tiempo y momento. He leído las declaraciones del presidente del laboratorio de ideas Brookings Institution, el Sr. Strobe Talbott, el cual ve similitudes “inquietantes y preocupantes” en el momento actual (Ucrania, Rusia, Israel y Palestina, Siria o Irak) con respecto a 1914. Y en este punto me pregunto: ¿seremos los humanos (inhumanos) capaces de repetir algo similar con consecuencias infinitamente más devastadoras? Parece que los norteamericanos, con una pequeña mayoría, no están por la labor de meterse, de nuevo, en camisas de once varas; no quieren que Obama meta mano más allá de sus fronteras. De otro lado, esta semana la Unión Europea ha sancionado con mayor determinación a Rusia que parece no disparar los misiles, pero sí los aguanta. ¿Y hasta dónde va a aguantar sin revolverse militarmente Putin? Su sicología no es la de darse por vencido, más bien está cerca de la de morir matando y eso, con armas como las de hoy en día, puede ser bastante preocupante. En cualquier caso, con mi optimismo enfermizo, estoy convencido de que se sabrán encontrar los modos de tirarse los trastos a la cabeza y dejar los otros, los nucleares, para peor momento.

Finalmente, como siempre que pienso en guerras y en fronteras, me acuerdo de las muchas declaraciones de astronautas que han visto la Tierra desde el espacio exterior y manifiestan no entender cómo en una unidad tan global como es nuestro planeta se puedan distinguir fronteras, visiones talibanes, guerras y miserias en función del lugar de nacimiento de cada cual.

Insisto, los dirigentes de países que quieran guerrear que también tengan los arrestos, la valentía, de ser ellos mismos los que luchen y que nos dejen, nunca mejor dicho, a los demás en paz. Unamuno habría dicho: “que peleen ellos”.

lamadriddiario@gmail.com

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