Celibato

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Meses atrás un grupo de 26 mujeres escribió una carta al Papa Francisco en la que solicitaban la revisión de la disciplina del celibato al haber vivido o estar viviendo una relación sentimental y de pareja con un sacerdote. Ellas se duelen de su silencio forzoso y ellos seguramente lo harán de su “pecado”.

A tenor de este escrito el Papa, entre otras cosas, ha dicho: que el celibato no es un “dogma de fe” en la Iglesia Católica y que “la puerta está siempre abierta“. Hay puertas que debieran haber estado abiertas, y de par en par, hace ya mucho tiempo. El celibato eclesiástico, es decir, la renuncia al matrimonio y la promesa de castidad, son obligatorios para los sacerdotes desde el II Concilio de Letrán, en 1139; hace ya casi 900 años. Aunque realmente no se impuso como obligatorio hasta el Concilio de Trento en el S. XVI.

Ni en la Biblia, ni en las palabras de Jesucristo, se habla en momento alguno de la renuncia al matrimonio de quienes desean dedicar su vida al cuidado espiritual y religioso de los demás. Nunca he entendido actos o normas, impuestos por los hombres, y que vayan en contra de la propia naturaleza humana. La genética de millones de años nos ha permitido disponer de una personalidad con unas necesidades físicas y emocionales (aparte del “creced y multiplicaos”) que si las encarcelamos acabarán produciendo determinadas fugas, algunas incluso ilícitas desde esa misma naturaleza humana (abusos y pederastia). ¿Se imagina que a algún iluminado conciliar se le hubiera ocurrido atar las manos, de por vida, a todos los servidores de Cristo pues con las manos, además de su utilidad prensil, se puede tocar y disfrutar con el acto táctil? Qué frágil es la mente humana cuando se trata de inventar limitaciones artificiales para que muchos hagan lo que a unos pocos se les ha ocurrido que es lo correcto.

En cierta ocasión, en la celebración de una boda, el sacerdote les dijo a los novios: “no soy precisamente la persona más adecuada para hablaros de la vida en pareja…” Al final de la ceremonia me acerqué a felicitarle por esta y otras expresiones cargadas de sentido común que allí nos transmitió.

Sólo quiero llamar la atención sobre dos datos: desde los años setenta 8.000 sacerdotes han contraído matrimonio en España. Y en muchas iglesias de nuestro país ya no se celebra misa por falta de párrocos suficientes para ello.

¿En algún otro orden de la Naturaleza existe el celibato? En cualquier caso y sin ceñirnos sólo a los reinos animal y vegetal, alguien puede fundamentar hoy en día que somos seres cargados de emociones, de necesidades de común unión con quienes son afines a nosotros y en la intimidad no hay nadie más afín que tu pareja, con la que compartes todo: amor, instintos, vida, proyectos, hijos y futuro. Fundamentalismo viene de fundamentos y estos son impuestos de unos hombres hacia otros. Phillip Kotler, el padre del marketing moderno, dijo que siempre ante cualquier tipo de comportamiento de las personas o de las organizaciones hay qué pensar ¿quién gana con esto? Todo acto tiene un fin que beneficia a alguien (personas, determinado colectivo, organizaciones, Estado, etc.) ¿A quién beneficia el celibato? A nadie si pensamos en valores humanos, a muchos si pensamos en valores económicos (herencias, patrimonio, etc.).

Tengo fe en que la casa común del cristianismo, con el que comulgo en sus genuinas ideas de modo de entender la vida, emprenda una nueva cruzada en este siglo XXI, en la más importante, en la de su necesaria renovación.

lamadriddiario@gmail.com

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