Et voilà: El ébola

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Sólo cuando la muerte, la enfermedad o las epidemias están cerca de la puerta de nuestra casa es cuando empezamos a preocuparnos por sus causas y sus consecuencias. Guinea Conakry, Liberia o Sierra Leona, países antes casi desconocidos, ahora están más cerca que nunca de nosotros. La labor de ONGs de misioneros y personas dedicadas a sobrellevar vidas en el infierno en la Tierra, antes del ébola era, como mucho, carne de reportaje de la 2 con otro 2% de audiencia. Eran los problemas de siempre del África: la guerra, las pestes, la hambruna, las violaciones, los asesinatos y, en algunos casos, la religión con la metralleta en la mano. Las siete plagas del siglo XXI concentradas en lo que fue la cuna de la humanidad y que hoy es su cementerio. Pero ellos estaban lejos, sus males no salpicaban y nosotros tan a gustito.

Pero, “et voilà”, el ébola aparece en nuestros países, arriba a occidente y deja de ser un mero reportaje con una cuota del 2% en las noticias, pasando a ocupar cerca del 50% de los telediarios, las radios y los periódicos. Los cerca de 4.000 muertos que van desde que rebrotó este año la enfermedad no tuvieron tanta relevancia; los 38 años transcurridos desde que se tiene conocimiento de la enfermedad son historia; las decenas de miles de vidas afectadas por su propagación estaban muy lejos. Pero la primera persona que se ve afectada en nuestro país copa todas las noticias y genera la alarma social que en esos países es el pan suyo de cada día. Ojo, quien esto escribe es el primero que se enjuicia a sí mismo por lo que ahora acabo de relatar, no estoy libre de tirar ninguna piedra.

Pero en esta historia, de la que todos estamos perfectamente al tanto, hay algunos otros comportamientos latentes que sutilmente caen fuera de lo que las noticias nos transmiten: personas que piensan, y dicen, que por qué tuvimos que traer a los misioneros a España (si no se hubieran podido curar o morir allí); que el error de una profesional de la medicina nos acaba de poner en riesgo a todos los españoles; que mejor en unas semanas no vamos a Madrid no vaya a ser que…; que pobre perro sacrificado (y los 4.000 seres humanos muertos…); que ahora las acciones me han bajado y ha sido por culpa del ébola. Pensamientos todos ellos muy edificantes y congruentes con el egoísmo. Desprendimiento moral por lo que ni siquiera nos afecta.

Lo más esperpéntico de todo este asunto es la parte política y el juicio colectivo que hemos hecho de políticos, gestores de lo público, profesionales de la medicina, medios de comunicación y todo el que ha cometido errores por exceso o por defecto. Estamos en el país de la culpa y los culpables. Todos los primeros mensajes desde que el contagio se hizo efectivo en España han estado dedicados a destacar unos las imperfecciones en la gestión de los otros para culpabilizar al contrario político con poca o nada de información o con ésta completamente distorsionada. Algunas voces sensatas han dicho: resolvamos y luego juzguemos; pero los debates de los medios de comunicación con la misma rapidez que la que actúa el virus han inoculado sus propios virus interesados en contaminar la opinión pública adscrita a su visión de la realidad.

El virus y su propagación son un hecho biológico (natural o de laboratorio) pero la alarma social generada con el ébola puede responder a intereses políticos, farmacéuticos, de desprestigio del otro o simplemente de comunicar víricamente aquello que más y mejor vende: el miedo. 

lamadriddiario@gmail.com

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