La libertad

Libertad

Ludwig Börne decía: “No existe ningún hombre que no ame la libertad; pero el justo la pide para todos y el injusto únicamente para sí”. Cuando se atenta contra la libertad como acaba de suceder en París y se hace con indefensión del atacado, con la fuerza demoledora de la brutalidad que priva de la vida, despiertan en todos nosotros los fantasmas de la guerra por la defensa de un modo de vida en libertad por el que se ha venido luchando durante largos y dolorosos siglos. Si a ello unimos el hecho de que las nuevas tecnologías permiten una retransmisión en vivo de la inhumanidad, todavía aún más nos sentimos heridos y vilipendiados. Vivimos en una sociedad que no es más justa que otras, ni mucho menos, pero convivimos con el convencimiento de que nadie puede ni debe tomarse la justicia por su mano, sino que debe ser la JUSTICIA con mayúsculas la que juzgue los hechos que pueden agraviar o perjudicar a los que demandan esa justicia. Soy firme defensor de que quien la hace la pague pero con unas reglas de juego sin salirse del tablero. No aplaudo la libertad que se basa en hacer risible lo que para otros es sagrado. No creo que sea elegante, pero la respeto. Lo que no es respetable es el uso de la violencia sancionadora para reprimir con vidas el daño moral, ético o religioso. Si la libertad de unos daña la de otros han de servir todos los argumentos, cualesquiera que sean, salvo el de la violencia extrema y definitiva. Más aún cuando, civilizadamente, pretendemos que unos pueblos podamos convivir con otros estemos en nuestro pueblo o en el del otro.

En cualquier caso, más con lo que acaba de suceder, no creo en la gratuidad de los actos humanos; si la inteligencia no está dañada el acto tiene un fin, un cometido último más allá del puro romanticismo. Cuando desde Europa nos dedicábamos a conquistar e imponer al resto del mundo nuestro criterio ocupando los territorios de otros lo hicimos en base al “romanticismo” religioso; esa era la excusa, pero en el fondo el más puro mercantilismo latía en las mentes de quienes inspiraron aquellos movimientos. Poníamos a Dios por razón para justificar cualquier tipo de tropelía, sometiendo al débil y tratando de llevarlo a nuestro terreno cultural y de comportamiento. Del mismo modo también creo que las aberraciones que hoy se cometen con el mismo Dios por testigo (si Dios existe no puede tener mil caras, las mil caras las tenemos los humanos que pretendemos hacer a Dios a nuestra imagen y semejanza) tienen un trasfondo material en quien las inspira. Ese trasfondo muchas veces es ofensivo y otras supuestamente defensivo para justificar cualquier tipo de ataque en nombre del Dios de unos o de otros, cuando Dios es de todos.

El terrorismo hace débil a todo el género humano; somete a los inocentes que lo sufren porque “pasaban por allí” y somete también a los otros inocentes, a los de las represalias del Estado que primero sufrió el ataque. El terror empuja a las naciones a cometer actos que van más allá de los que inicialmente pensaban que eran capaces de justificar en un ejercicio de empatía máxima, pues todos pensamos que podríamos haber sido nosotros mismos los implicados en esa ruleta del destino.

El terror surge de grupos, Estados o colectivos en donde la única ley que impera es la del dedo en el gatillo; no existe otra ley, ni jueces que puedan poner orden asestando su peso en beneficio del injustamente masacrado. El peso de la justicia es sustituido por el del Kalashnikov. Mientras, en los Estados de derecho, en donde éste impera, todos nos sometemos a su mandato. No es inmediato como la bala en la recámara, ni es (en la mayor parte de los Estados) privativo de vida, aunque sí de libertad que es lo que, en justicia, todos valoramos. El martillo del juez decide en base a reglas establecidas para todos, distribuyendo justicia en ese imperio de la ley. La pax romana nació en base al Derecho, pero cuando los renglones son torcidos por Dios o por los hombres, la injusticia y la ruptura de las libertades a todos nos debilitan, nos empobrecen espiritualmente y limitan con fuerza la generación de riqueza al cerrarse los pueblos sobre sí mismos.

Debemos seguir siendo libres de expresar o hacer lo que consideremos oportuno sabiendo que si hacemos daño al otro, éste se puede defender con las armas de la JUSTICIA. Las otras siempre fueron malditas y siempre lo serán. Si con papeles se agrede, con papeles debemos defendernos; los papeles no sangran.

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