Éramos tan jóvenes

éramos tan jóvenes

Si algún día llegara a ver en el calendario la cifra 2050 eso significaría que estaría a punto de cumplir 89 años. Dios mío, casi nonagenario (qué palabra tan moderna). Pues bien, si así fuera y según la ONU, formaría parte del tercer país más envejecido del mundo, el nuestro. En este ranking de largo recorrido sólo nos superan Japón y Corea del Sur. Y por cierto es una pena que no vayamos también a la par en educación y ciudadanía; debe ser que la esperanza de vida es bastante diferente de la esperanza del modo de vivirla. Y no digo que debamos perder nuestra alegría y nuestro espíritu jovial y divertido, pero un poco más de aceite en la ensalada no nos vendría mal.

No deja de ser curioso que España siempre sea de los primeros países en algo: en tasa de desempleo, en viviendas en propiedad, en bares por habitante, en consumo de cocaína, en economía sumergida; aspectos internacionalmente “valiosos y destacables”. Y en breve (el tiempo corre que vuela) seremos de los primeros en envejecimiento. En los Juegos Olímpicos lo vamos a tener difícil, pero en el Campeonato del Mundo de petanca seguro que lo vamos a bordar.

También podemos decir que somos campeones en cambio de tendencia en la sociedad. En poco más de cuarenta años hemos pasado de ser la reserva espiritual y natalicia de Europa a una tasa de fertilidad, sólo superada por Polonia y Portugal, de 1,32 hijos por mujer. ¿Dónde están los premios a la natalidad? ¿Dónde las familias numerosas, las de verdad, de siete u ocho hijos? Recuerdo en mi infancia que “sólo” éramos tres hermanos y sentía cierto complejo frente a la mayoría de mis amigos que eran cuatro o cinco hermanos. La verdad es que lo del hijo que viene con un pan bajo el brazo ya no funciona. Hemos generado (o degenerado) una sociedad que ha cambiado el culto religioso por el de la imagen social, el éxito reconocible y la vida desprendida de obligaciones familiares. ¿Es bueno, es malo? No; es lo que es.

Lo cierto es que vamos envejeciendo a pasos agigantados. La inmigración de la década pasada, en buena parte, se ha esfumado, ya no somos la “vivienda” prometida. El paro, el coste de la vida y la desconfianza en el progreso también nos envejecen y dentro de nuestro carácter latino, nos importa más el hoy que el mañana que podamos estar construyendo.

Ahora, imagínese por un momento su ciudad o su barrio dentro de 35 años, donde cerca del 40% de la población (o el 50% dependiendo de la zona en donde viva) sean / seamos mayores de 65 años. ¡Menudo frente de juventudes! En los parques habrá más ancianos que niños. El segmento de la población activa, incluidos muchos mayores de 65, estará trabajando para mantener una parte tan grande de la sociedad improductiva. Los abuelos haremos horas extras para cuidar de nuestros nietos o biznietos. Tendremos más, muchos más impuestos para que el Estado pueda seguir prestando servicios y recursos para los que no podamos generarlos. Habrá más centros de día que bares y cafeterías y el ocio será tranquilo. Incluso, no descarte que algunos tengamos que estar en la reserva, pero no en la militar, sino en la de tener que volver a trabajar para poder generar valor a la sociedad. Quizá prospere de nuevo el teletrabajo, desde casa y a una determinada edad; entonces en el curriculum será mejor tener más que menos años. En 2050 ser invitado a un bautizo será todo un acontecimiento. Quién le iba a decir a Adolfo Domínguez que su eslogan ochentero iba a tener vigencia, en la piel, setenta años después.

lamadriddiario@gmail.com

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