Casa Vejo

Casa Vejo

Hoy quiero hablar del mundo de mi infancia, de los años que viví en la que fue la casa de aquellos años. Mi infancia en Campoo, Reinosa, en Casa Vejo, en la casa en la que nací. Desde que yo tengo consciencia, hace un poco más de 50 años, imagínese la vida en un pueblo; grande, pero pueblo al fin y al cabo (me considero muy afortunado al haber nacido en un pueblo hace más de 50 años). Piense, por un momento, en el Reinosa de principios de los 60 con sus copiosas nevadas (de las que hemos tenido un pequeño recordatorio este invierno). Verdugos, katiuskas y trencas para ir al colegio. Un mundo bien hermoso, se lo aseguro. Y todo ello, en mi caso particular, viviendo en un microentorno privilegiado como el de la confitería de Casa Vejo. Aquello era como un parque temático para un niño…

Casa Vejo se componía, al igual que hoy, de un entramado de personas trabajando de sol a sol en un obrador de confitería, una cafetería y el despacho de la propia confitería. Para un niño de muy pocos años era un espacio maravilloso de rincones, personas diversas, oportunidades para el juego y tentaciones para el paladar. Desde bien niño aprendí a reconocer el valor de la venta, la importancia del cliente, el esfuerzo por el trabajo muy bien hecho y las dificultades del trabajo en equipo de varias familias en torno a un negocio común. Con el paso de los años uno entiende lo difícil que es que prosiga un negocio familiar de más de 80 años, pues los liderazgos se transforman, las fuerzas menguan en unos y crecen en otros, algunos se quedan por el camino o no se ven destinados a continuar en esa trayectoria del negocio familiar.

Atesoro muchos recuerdos singulares de aquellos años, como el patio de luces (un lucernario que estaba encima de la cafetería) que en algunas ocasiones llenábamos con agua y se veían al trasluz las bogas, truchas, ranas o cangrejos de río que allí dejábamos pulular. Recuerdo cuando el gran maestro de pasteleros, Abundio, hacía enormes pantortillas o tortos para mi cumpleaños. Recuerdo cuando el horno era de leña y tengo grabada la imagen de mi padre cortando la leña con una sierra eléctrica que hacía un ruido infernal. Recuerdo a mi tío Ricardo metiendo las latas de pantortillas en el horno y enfadándose, de vez en cuando, cuando alguna se le trababa en su tarea de cocción. Recuerdo el erizo que teníamos en el patio trasero y a la Chata, una perra maravillosa que era fiel compañera de juegos. Recuerdo el árbol de Navidad, que me parecía un inmenso escaparate de ilusión y fantasía. Recuerdo las peleas con sifones de mis primos y hermanas. Recuerdo las bromas del día de los inocentes en las que todos, grandes y pequeños, alguna vez caímos. Recuerdo las comidas y cenas de todas las familias juntas en los grandes acontecimientos. Créame, podría estar así horas y días narrándole una vida que fue y sigue siendo excepcional.

Uno de los aspectos más importantes de una empresa familiar como Casa Vejo durante todos estos años son las personas, las decenas de personas que han trabajado con la familia para prestar el servicio: camareros, pasteleros, dependientas y administrativos. Todos los que yo he conocido han sido y son inmensos profesionales, sin duda.

Hace muchos años el negocio pasó a ser propiedad sólo de una parte de la familia. Allí siguen al frente y son los garantes de que todo lo bueno, doy fe de ello, se sigue haciendo como hace 50 años: con el mismo mimo, celo, cuidado, ingredientes y sabor. La tercera generación, que ahora lo gestiona, tiene el difícil reto de continuar con los mismos valores otros 50 más.

 

lamadriddiario@gmail.com

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