Refugio sagrado

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Cada uno de nosotros discurre por la vida con una sensación satisfactoria o insatisfactoria; luchamos con mayor o menor esfuerzo y fortuna tratando de vivir del mejor modo posible de acuerdo a nuestras limitaciones y potencialidades; enfocamos las situaciones con optimismo o con pesimismo según el color con el que a nuestro cerebro, heredado y generado, le hemos acostumbrado a ver las cosas y envejecemos, maduramos o crecemos de acuerdo a nuestras propias convicciones y al sentido que damos a cada paso de avance en nuestras vidas. Pero todos nuestros esfuerzos y denuedos, logros y ansiedades, conquistas y repliegues, los solemos reposar o madurar en un lugar especial en nuestra mente, en ese laboratorio de ideas, experiencias, sensaciones y reflexiones al que acudimos con el convencimiento de que en ese refugio somos dueños plenos de nuestras vidas. Es un refugio sagrado único, exclusivo y con la independencia de que, a diferencia de los ordenadores que tienen doble o cuádruple núcleo de pensamiento, sólo tiene cabida para nuestro pensamiento. Es un refugio porque cuando en él nos acogemos lo hacemos con la certeza de que nadie puede entrar y no por debilidad o inseguridad, sino porque cada uno de nosotros es dueño único y exclusivo de ese remanso, esencialmente, de paz y recogimiento, en el más humano de los sentidos.

El refugio puede ser un lugar querido de la infancia, puede ser el recuerdo perfecto o distorsionado de un momento-lugar en el que nos sentimos especialmente intensos y salvaguardados de pensamientos estridentes o agresivos, puede ser una casa, un paraje en el que sentimos resguardado nuestro más íntimo yo o aquél en especial en el que compartimos con otros momentos que dejaron una huella esencial en nuestra vida. En muchas circunstancias el refugio puede servir para protegernos de nosotros mismos, de lo malo o dañino que podamos tener contra nosotros, si es que lo tenemos. El refugio puede ser la casa de nuestra infancia, un parque, una playa de paz, el lugar en el que conocimos a la persona de nuestra vida, en donde dimos o nos dieron el primer beso, un lugar muy muy especial en el que experimentamos un sentimiento verdaderamente intenso, la habitación en la que tuvimos consciencia de ser una entidad independiente o ese lugar en el que, rodeado de personas queridas e inanimadas (vistas como en un fotograma), nos sentimos queridos, apreciados, amados.

¿Cuándo acudimos al refugio? Generalmente lo hacemos en momentos de “soledad”, pero de esa buscada, no de la no querida, en los que necesitamos tomar alguna herramienta vital, pensar o repensar acciones propias o ajenas, coger fuerzas, asentar los logros, disfrutar con las emociones experimentadas, llorar de alegría o de amargura, sentir que amamos a los que nos aman o cuando se convierte en el lugar estratégico desde donde vamos a iniciar unas acciones importantes en relación con otras personas.

El instante en el que acudimos a ese rincón o rincones sagrados es atemporal, con la relatividad que permite el pensamiento que navega por donde quiere, cuando quiere y en donde sólo existe la intensidad del alma que experimenta la sagrada sensación de paz, de sosiego reflexivo, de tranquilidad no interrumpida. ¿Cuánto dura? Desde lo que vive un pensamiento hasta un tiempo no medido en el que hemos transcurrido por la vida sin sentirla, tan sólo nos hemos dejado llevar a nuestro refugio, el que en ese momento era el más adecuado por necesidad o conveniencia. Como casi siempre el tiempo en el refugio deja de ser esencial, lo importante es cómo acudimos a él y como salimos de nuevo; eso sí conviene que los refugios en la mundanal vida (de relación con otros, trabajo, familia, amistad) sea, como cantara Bloque, “un instante no medido”. Cada vez que acudas a tu refugio acuérdate de que hay que volver, hay que salir de él y, a ser posible, en mejores condiciones con las que entramos. Salud.

 

lamadriddiario@gmail.com

 

 

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