Con toda independencia

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Las elecciones autonómicas -de momento- catalanas siempre han tenido una repercusión más allá de sus “fronteras” ideológicas, territoriales y políticas. Pero las actuales, con aires del pp (“pretendido plebiscito”), parecen más nacionales, además de nacionalistas, que otra cosa.

Estamos en campaña electoral y dentro de una semana sabremos cuál será su resultado con la particularidad de que sea el que sea no va a ser bueno. Todos querrán convencernos de que han ganado cuando, en realidad, habremos perdido todos: unos por la bolsa y otros por la vida que les iba en ello.

En cualquier caso le propongo un ejercicio de imaginación: ¿Cuál podría ser la visión de la situación desde cada persona, colectivo y personaje? Dicho sea con toda independencia, imagino que si yo fuera… (lo vería así):

Presidente de España: defendería a capa y espada la unidad territorial, el statu quo actual que nos ha traído hasta aquí desde hace unos cuantos cientos de años.

Juez del Tribunal Constitucional: aplicaría la ley con la contundencia del Derecho, con el límite puesto en la contundencia de la calle (la calle suele saber muy bien de esto).

Independentista de toda la vida: no podría renunciar a mis pretensiones; de hecho gran parte de lo que soy, de lo que digo y de lo que espero se debe a la independencia. Sólo si la consigo seré fuerte, valioso y respetado.

Hijo o nieto de castellanos, extremeños o andaluces y que vive en Cataluña: tendría que demostrar que soy más que Mas en las lides independentistas para ganarme el reconocimiento de los lugareños.

Hijo o nieto de los que perdieron la guerra “incivil”: despreciaré todo lo que huela a tiempos en los que masacraron a los míos, olvidándome de que los míos también pudieron masacrar a otros, pero eso es harina de otro costal.

Político con poder en Cataluña y con trapos no muy limpios: defendería la independencia como único modo de no tener que rendir cuentas a la Nación; que me juzguen “los míos”: si soy culpable a muchos no les importará, otros cuantos lo justificarán y el resto entenderán que fue el precio de la independencia.

Político catalán españolista: sería defensor a ultranza de la ley, de la unión, de la dirección de mi partido nacional y siempre estaré en contra de cualquier argumento que implique la pérdida de poder de los millones de votos que quiero tener en mi haber.

Economista catalán o españolista: no entendería nada de nada, pues toda desunión empobrece, genera expectativas políticas positivas que nunca se cumplen y una riada de las del mercado o los mercados que suelen ser muy negativas; los cambios aquí nunca suelen estar bien vistos.

Ciudadano catalán normal –sin partidismos–: querría lo mejor para la república independiente de mi casa y que no me engañen ni los unos ni los otros.

Ciudadano español normal: quisiera que siguiésemos siendo fuertes, grandes y aliados en la causa y casa común europea. Siendo más, no Mas, seremos mejores.

Catalán y español; español y catalán (tanto monta, monta tanto): lo que querría es que me dejen, que nos dejen en paz, que el entorno de convivencia después de 40 años de los 40 años de dictadura es perfectamente posible y no necesitamos poner muros a nuestro territorio para sentirnos mejores.

Político que se crió al albur del independentismo: tendría que ir “a muerte” con la independencia, de otro modo no tendría sentido; es como estudiar seis años para sacar las oposiciones de notario o registrador: eso es lo que uno quiere ser y siempre pensará que ya está a punto para conseguirlo.

Presidente de Cataluña: Mas que nada lo que desearía es justificarme a mí mismo y que todo el camino que en su momento inicié tenga sentido; es una huida hacia delante, con garantías más o menos democráticas (Mas bien menos), con posibles delitos pendientes de juicio y con toda una hemeroteca pendiente de mi éxito o de la desgracia de unos cuantos que por mí apostaron.

Asociaciones y grupos catalanistas: “a muerte” con la independencia del Estado que nos roba, el del Madrid de Don Santiago Bernabéu. Tenemos que ser los amos del patio y no tener la sensación de seguir viviendo de alquiler. Nuestra educación de cerca de 40 años nos han convencido de que somos diferentes, hablamos diferente, somos mejores. Quizá no seamos conscientes de que si algún día conseguimos la ansiada independencia, surgirán –como setas en otoño– decenas de nuevas asociaciones que querrán la independencia de los poderes catalanistas y así hasta el infinito microscópico.

Empresarios catalanes: estaríamos temiendo las repercusiones del revanchismo de los clientes y consumidores españolistas, a quienes hoy vendemos, de que se surtan de otras fuentes.

Empresarios españoles: muchos nos estaríamos frotando las manos pensando en todo el terreno que podemos recuperar, algunos desde la mediocridad, frente al buen empresario catalán que se tiene que ir a otras tierras con sus mercaderías.

Experto en Derecho Comunitario: tendría que dejar patente que si se abre la puerta de la independencia dentro de un Estado Comunitario, las leyes, tozudas siempre, le despojarán a ese nuevo Estado de cualquier vinculación con el club al que había pertenecido. Es la ley, son las reglas del juego; se pueden romper, pero estas son las que hay hoy por hoy.

Dirigente político francés, inglés, italiano o alemán: si el virus independentista prospera nos encargaríamos muy bien de aislarlo para que no contamine nuestras tierras por lo que las represalias activas o pasivas contra el pueblo recién independizado serían fuertes; la vacuna habría de ser resistente.

Menor de edad, catalanista o españolista (sin rebeldía paterno-filial): simplemente repetiría (el aprendizaje se produce por imitación) los valores que haya visto defender en mi casa o en la escuela y de mayor los tendría tan hechos míos que ni siquiera me atrevería a cuestionarlos.

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¿Y mi opinión personal? (que muy poco importa) Este es un tema tan enquistado que a estas alturas ya tiene difícil solución, pues en este carro el buey que empuja hacia dentro se justifica en lo que dicen el amo, la ley y el dueño del carro y el que empuja hacia fuera lo hace por su sentida y educada independencia de que el buey solo bien se lame. Lo que no sé es si ambos son conscientes de que los que peor lo vamos a pasar, como siempre, somos los que vamos en el carro. De uno u otro modo, nos quedaremos cojos porque ha habido otros que se han empecinado en romper la baraja, la que hay, la que había.

Personalmente no soy ningún “ista”, ni nacionalista, ni independentista, ni catalanista, ni españolista; me considero una persona bastante normal. Quiero que la buena economía (que significa “la administración de la casa -de la común, de la de todos-“) sea la base de la acción de la política, de los políticos que son los que pretenden el Gobierno y su Administración. Lo que nunca he estado dispuesto a admitir es que me engañe ninguno de los dos bueyes y que a todos los que vamos en el carro nos dejen en la paz del día a día, nos faciliten oportunidades de trabajo, de empleo, de solidaridad y de buena educación. Y todas las demás tarambanas que las jueguen en una partida de ajedrez en la que siempre hay quien gana y quien pierde, pero sin romper el tablero. No he pretendido ofender a nadie, pero si ese ha sido el resultado vayan por delante mis disculpas y el máximo de los respetos a la pluralidad de todos. También y con independencia de todo, me siento ciudadano europeo e independiente del criterio que los demás me quieran imponer.

lamadriddiario@gmail.com

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