La solidaridad como refugio

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Me cuesta escribir sobre el drama que estamos viviendo, y más que vamos a experimentar, en estas últimas semanas. Me cuesta porque sé que soy poco objetivo, que la emocionalidad me arrastra a pensamientos muchas veces encontrados, sin saber muy bien qué hacer o cómo actuar.

Las tierras del Próximo Oriente son ambiguas; normalmente están lejanas, a pesar de su proximidad. Nos importa poco lo que allí pase, no va con nosotros. Pero ahora están muy cerca, ahora sentimos el aliento en nuestro cogote de toda la gente masacrada por la guerra, por las guerras. El pobre Aylan ha sido la gota que ha colmado el vaso de nuestra distancia insolidaria. La cuna de la civilización nos ha abandonado a su hijo en las playas fronterizas entre oriente y occidente. Somos descendientes cultural y antropológicamente de Siria e Irak; ellos nos colonizaron, nos cultivaron y nos enseñaron los métodos para aprender, parte del lenguaje y la escritura y su avanzada visión de la vida en sociedad. Pero las tornas son impredecibles y hoy vienen a llamar a miles a nuestras puertas pidiendo asilo, acogimiento, refugio.

¿Pero de quién se refugian? Lo hacen de la cobardía de los fuertes que es la fortaleza de los débiles y que les obliga a desplazarse “sólo” para poder sobrevivir, para superar la angustia de querer vivir por ellos y por sus seres más queridos. Qué injusto cuando el que tiene la pistola en la mano te obliga a someterte, viola tu cuerpo y tus pensamientos, determina tus pasos y lo que puedes o no hacer. Y si otros se rebelan a ti te pueden salpicar las balas por el mero hecho de vivir en tu casa, en donde siempre has vivido. A quien tiene la pistola le dan igual tu sufrimiento, aislamiento o desesperación. Él, simplemente, consigue lo que quiere y justifica todos sus desmanes y tropelías en base a sus creencias. Siempre igual, las creencias machacan las ciencias y las conciencias. Quienes se oponen activamente a la pistola, con ella mueren; y el resto tornan su oposición pasiva en desesperación que los hace buscar nuevas tierras de promisión.

Ante esta barbarie humana caben dos reacciones: la de poner una pistola más grande encima de la mesa o la de acoger activamente a todos los que escapan de la tierra que no les acoge. Nosotros, la Unión Europea, debemos ser tierra de acogida; no podemos abandonar a los que buscan una casa común que les reciba. La cuestión de las armas es de más alto predicamento y no soy quién para determinar su idoneidad; doctores tiene la iglesia.

Quizá lo mejor de todo esto, que es de lo peor que le puede pasar a un ser humano, es que podemos percibir el grado de humanidad, la pasta de la que estamos hechos unos y otros y ahí no hay nacionalismos que valgan. Podemos ver a ciudadanos europeos dando pan y ánimo, calor y vida, apoyo y dedicación. También hemos visto a otros sacando el palo a relucir o tirando el pan a la cara como a las bestias. Unos han dispuesto trenes para que puedan llegar al destino que creen mejor para ellos y otros les han colocado en vías muertas para frenar a otros muchos que quieran sacar el mismo billete. También hay, entre los oprimidos y los acogedores, los que aprovechan la feria para el terrorismo unos y para el nacionalismo más rancio otros. Les da igual que haya cientos de miles de vidas y de casas destruidas, de hogares rotos, y otros miles que están siendo pasto de los tiburones. Cada uno en esta feria viene a hablar de su libro sin importar los muchos que ya no podrán volver a leer.

Refugiados 2

En cualquier caso hoy, y siempre, nos quedará París.

lamadriddiario@gmail.com

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