Promesas de papel

 

Imagino que alguna vez habrá tenido en sus manos un folleto publicitario para comprar una casa, un coche o una cámara de fotos. En todos ellos subyace la promesa del cumplimiento de todo lo que se ofrece; de hecho si alguna de las características ofrecidas fuese incumplida, usted tendría derecho a la correspondiente indemnización y a la reclamación del dinero que satisfizo en su compra.

Pues ahora, como cada cuatro años, los líderes políticos de nuevo y de viejo cuño comenzarán a ofrecer sus ensaladas electorales repletas de ingredientes y de aliños destinados a satisfacer el gusto de sus potenciales estómagos o votantes. Nos van a prometer la Luna y todos los planetas del Sistema Solar. Gracias a cada uno de los líderes en liza seremos mejores, más ricos, más solidarios, más justos y más felices como ciudadanos de la primera división de su partido. Como si fuera la lectura de un horóscopo a la vieja usanza, leído en periódicos y revistas en donde el lector, tras leer todos ellos, se queda con el que mejores profecías hace sobre su incierto destino. Así nos comportamos los votantes: compramos aquello que más deseamos creernos, sea o no cumplido después.

Todas estas promesas son de papel, de papel mojado por la aplastante realidad de después. Son promesas que no puedo creer que sean creídas en toda su magnitud cuando salen por la boca de nuestros futuros representantes. Claro que, con todo respeto, el problema no está en quien promete algo que no va a cumplir, sino en los que nos lo creemos, lo compramos, y vendemos nuestro voto a cambio de promesas incumplidas. Si además, como ciudadanos reivindicativos, nos diluimos y no hacemos frente común denunciando o castigando esas mentiras, poco podremos reclamar luego, como no sea al maestro armero. Hagamos sólo este ejercicio: probablemente necesitaríamos los presupuestos de varios países de la UE para cumplir todas las promesas de un solo partido político: pagar prestaciones, reducir impuestos, aumentar el número de funcionarios públicos, realizar nuevas obras, e implantar exenciones y subvenciones. ¿Cómo podemos creernos, además, que todo eso se va a hacer, cuando en muchas ocasiones es inconsistente con el entorno que nos aglutina y que es la propia Unión Europea, condicionante de más de los dos tercios de nuestra actividad socioeconómica?

 

Solemos creernos todas las promesas de aquellos que son afines a nuestras ideas y renegamos, por falsedad, de las que prometen los de enfrente. Si este circo de promesas y veleidades sigue prosperando en nuestra joven democracia es porque los candidatos conocen muy bien el paño; saben lo que nos gusta oír, conocen bien el menú que nos tienen que recitar para conseguir nuestro voto, lo recitan y declaman con profesionalidad y con ello ya tienen nuestra intención en la talega.

Desde el “puedo prometer y prometo” hasta el “si ganamos suprimiremos la ley” ya tenemos una docena de campañas para las generales. Ya no somos tan nuevos en estas lides, pero seguimos teniendo los mismos “ideales” con respecto a lo que nos queremos creer de ellas. Si a todo ello le sumamos los improperios, descalificaciones, amenazas veladas a los nuevos por su inexperiencia y desprecios por el contrario podemos llegar, incluso, a votar al que más agresivamente defienda nuestros intereses. Esos intereses, tras las elecciones, serán los suyos, no los nuestros. Más aún, es posible que nuestro voto sea usado para que gobierne quien no queríamos que gobernara. O peor aún, como en las elecciones catalanas, que nuestro voto juicioso y desprovisto de ideales sirva para que gobierne una de las dos Españas, siempre enfrentadas y dispuestas a helarnos el corazón. Nuestra naturaleza bipolar siempre gana.

 

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