Todos inocentes

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¿Qué pasaría si, a partir de mañana, todos fuéramos inocentes de todos los actos que lleváramos a cabo?

No voy a contar ahora la historia de Herodes, ni tampoco pretendo hablar de las bromas, esas sí inocentes, del día de mañana. (Esta es una tradición que, como tantas otras, se va perdiendo en honor de las más “modernas o actuales”, como Halloween, Papá Noel, Black Friday o el Thanksgiving que algún día, sin duda, llegaremos a celebrar, como ahora, sin tener ni idea de lo que celebramos.) Quisiera hablar de la inocencia natural, de aquélla que experimenta quien, sin comerlo ni beberlo, es inocente de todo lo que le obligan a hacer, a sufrir o a doler y también de la ausencia de malas intenciones en lo que hace y que, muchas veces, otros interpretan como hechos malintencionados o taimados. Frente a un inocente siempre hay alguien que engaña o trata de engañar, manipula, activa determinados resortes para que la marioneta, siempre inocente, se mueva en la dirección deseada. Seguro que en estos días habrá muchos inocentes, unos engañados por la opción política por la que apostaron, otros engañados por una Navidad que supuestamente es obligatoriamente blanca y feliz para todos o aquellos que viven estos días sin la cara amable de la vida, aunque sólo sea una “demo”.

Hoy hay demasiados inocentes en el mundo: los que fueron acribillados por las balas asesinas en París; los que son obligados a abandonar su tierra buscando cobijo en donde no lo encuentran; los que han sido juzgados en culpabilidad sin serlo; los que sufren cualquier tipo de injusticia sin opción a resarcirse ni a librarse de ella; los que mueren por los malditos efectos colaterales de vencedores y vencidos; todos los que ni siquiera han podido disfrutar de un poco de buena fortuna en algún momento de sus vidas y, por supuesto, todos los niños traídos a un mundo violento, hambriento de comida o de afecto y siempre sin su voluntad, siendo convidados de piedra de las vidas de otros.

También pienso en esos otros inocentes, más modestos, más del día a día, del trabajo, del ocio o de la familia que son acusados o castigados por actos cuyos resultados no eran los pretendidos y que nuestra desconfianza y recelo juzgan como maliciosos o tendenciosos. Siempre que hay un acto de inocencia, así lo entiendo al menos, no hay una intencionalidad explícita de beneficio o ventaja, ni material ni emocional. Tan sólo se ha hecho lo que se creía conveniente sin tampoco pretender perjudicar a nadie. Esos actos de inocencia no se pueden juzgar y quien los criminaliza es peor que el peor de los asesinos de intenciones. También hay criminales de la inocencia de baja estofa y calaña que incitan a actuar a los inocentes para causas que sólo les benefician a ellos.

Falta un espécimen, y es el de aquellos que piensan que están por encima del bien y del mal y se dirigen a nosotros denostándonos, no ya como inocentes, sino como completos ingenuos frente a las complejas tramoyas de las que ellos son expertos conocedores. Hablo de esas personas que por el simple hecho de tener más información que nosotros se sienten en el derecho de juzgar nuestra ignorancia con benevolencia y un cierto desprecio por nuestra incapacidad de no estar en la pomada que mueve los hilos del mundo político, económico, empresarial, el de los afectos o el de los más bajos instintos.

Confieso que me gustaría ser mucho más inocente de lo que soy. No por ignorancia, sino por desconocer todo lo que no me engrandece como ser humano. En el fondo la solidaridad es más inocente que el egoísmo. ¿Quién le pone el cascabel al gato?

lamadriddiario@gmail.com

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