Las carga el diablo

Las carga 2

Hace unos días pude ver en televisión un reportaje que destacaba que desde 2001 en Estados Unidos se habían producido 407.000 muertes por armas de fuego; a este ritmo en un par de años estarán cerca del medio millón de personas “percutadas”. La cifra me pareció tan salvaje que no puedo entender cómo la primera economía del mundo, el país de Google, Apple y Microsoft, de Harvard, el MIT y Stanford, puede ser a la vez el reino de la señora del dalle que va segando vidas con tanta normalidad a los ojos de un americano medio defensor del derecho constitucional a portar armas.

Ante esta barbaridad me he tomado la molestia de analizar cuatro datos sobre este fenómeno de proporciones increíbles en nuestros lares. De acuerdo con el FBI, en EE UU cada 25,3 segundos se produce un crimen violento; la principal causa de muerte en EEUU es por armas de fuego; la tasa de homicidios con armas en Estados Unidos es 20 veces mayor que la de los siguientes 22 países desarrollados juntos; cada hora se registra una media de tres muertes relacionadas con armas de fuego y siete reciben un impacto de bala; ¡cada hora! Cada día, 53 personas se valen de un arma para quitarse la vida en un país, casi un continente, con 300 millones de armas en manos de particulares, una por persona. Un dato más: en 2011, como consecuencia de delitos relacionados con armas, 32.163 personas murieron en EEUU a causa de ellas, según fuentes de Gun Policy, más del doble de las muertes que se registraron en todo el mundo como consecuencia de atentados terroristas.

En este bosque de cifras terribles sólo me surge una pregunta: ¿Por qué se permiten con tanta permisividad? En España nos fríen a multas por velocidad y supuestamente gracias a ello (no a los miles de kilómetros de autovías y autopistas y a los millones de desplazamientos en AVE y avión) hemos reducido las cifras de fallecidos en las carreteras. (Cifras que no dejan de ser nuestra propia lacra, sin duda). Aquí la ley es implacable para evitar la pérdida de vidas que perjudica al Estado, por las prestaciones añadidas y a la sociedad en su conjunto. Por eso no deja de sorprenderme que en el país más avanzado del mundo se siga permitiendo el uso indiscriminado de unas armas que siempre, siempre, las carga el diablo. El diablo, por ejemplo, del historial delictivo y de enfermedades mentales de potenciales propietarios de armas; el de los adolescentes hormonados que disparan contra todo el que les ha puesto límites en su educación; el de los amigos de lo ajeno que no tienen piedad alguna en quitarle todo al otro, hasta la misma vida; el de los pandilleros que ejecutan sus venganzas de hombres hechos y derechos dejando tumbados, en el sitio, a todos los que se oponen a su voluntad; y el de los supuestos defensores de la ley que la suelen utilizar más con unos que con otros.

Ni siquiera Obama, Nobel de la Paz por la gloria de Dios, a quien siempre invoca en sus manifestaciones públicas, ha sido capaz de romper con unos derechos que lo fueron cuando el mundo era otro mundo, derechos que conquistaron con las armas y que con ellas los están empezando a perder.

Nunca he necesitado de un arma para defender mis derechos. La Policía, el Ejército, la Guardia Civil y los vigilantes privados autorizados son los que deben defenderlos. Imagínese por un momento nuestro país cargado de pasiones con un arma por bandera en el bolsillo de cada uno de nosotros. El Caso tendrían que volver a imprimirlo con cuatro o cinco ediciones cada día para teñir de rojo nuestra piel de toro. ¡Que las cargue quien tiene que cargarlas! Que son los que están preparados para usarlas sin tener que dispararlas.

lamadriddiario@gmail.com

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