Envidia

Envidia 1

Creo no ser envidioso, no disfruto con el perjuicio que puedan sentir aquellos con los que me comparo en derechos; de hecho creo que tampoco me comparo con nadie; tengo muchos pecados pero no este.

Considero que es uno de los pecados más dañinos. El envidiado es el que menos entiende su manifestación en el otro, pues no considera que haya nada en su vida que sea envidiable o deseable por otros, más allá de la normalidad en la que todos nos desenvolvemos.

Según todos los expertos, la envidia nace en los primeros años de vida, en la más tierna infancia. Lamentablemente, nunca se elimina del todo y quien la padece se ve acompañado de ella a lo largo de su vida. La envidia tiene algo que la diferencia del resto de los pecados y es que además de sufrir sus consecuencias el envidiado, también las sufre el envidioso que es, en esencia, una persona eternamente infeliz. La envidia es comparativa: siempre nace por la percepción de que la persona envidiada tiene más cosas, más fortuna o todo le favorece, mientras que el envidioso siente que él es injustamente desfavorecido. Ese sentimiento le impele a actuar tratando siempre de conseguir las mejores tajadas del plato en primer lugar, a disfrutar de que no las pueda coger el envidiado, y a consolarse con el hecho de que ninguno de los dos, envidioso y envidiado, hayan podido coger tajada alguna. Esa que es la esencia de la envidia viene aliñada por un sentimiento infinito de insatisfacción que hace que por mucho que el envidioso consiga de la vida, cualquier pequeño logro del envidiado le empuja a actuar en contra de él y por mucho que esté desequilibrada la balanza a su favor, él siempre la va a ver inclinada hacia el lado envidiado.

Como otros pecados, la envidia es un sentimiento de inseguridad y sobre todo en el ámbito de los afectos: “por qué él sí y yo no”; “qué tiene ella que no tenga yo”; “por qué a mí nunca me lo dicen”. Todas ellas son reflexiones muy bien interiorizadas por el envidioso que le hacen sufrir y le animan a actuar como Gollum cuando reclama su anillo: nadie tiene derecho a tenerlo, salvo él mismo.

Hoy, en nuestra sociedad, somos grandes pecadores de envidia; la pareja, la casa, los hijos, el coche, la vida del vecino no pueden ser mejores que los nuestros y hacemos todo lo posible por imitar aquello que hace o tiene el otro. Cosa distinta es la admiración, reconocer los logros o las capacidades de otro y aspirar en buena lid a conseguir superar o mejorar las nuestras, pero sin compararnos ni tratar de destruir los méritos ajenos. El trepa es uno de los peores compañeros de trabajo que podemos tener; el trepa es envidioso, quiere nuestra posición, nuestros beneficios, nuestro coche de empresa, nuestro despacho, quiere los aplausos del jefe o de los compañeros y si nada lo detiene pasará por encima de todos hasta conseguirlo. En el ámbito de las organizaciones tendría que ser admisible el poder denunciar a un compañero por trepa y juzgar sus comportamientos. De hecho, la envidia es el mejor ingrediente en una empresa para que el trabajo en equipo se vaya al carajo; se lo aseguro. El compañero envidioso siempre encontrará el modo de que el jefe reconozca más sus virtudes que las de los envidiados y aún cuando las tenga reconocidas siempre le parecerán pocas. Y si puede suprimir al envidiado, aunque se cargue el equipo, el fin habrá justificado los medios. Y da igual si usted o yo hacemos todo lo posible por no ser envidiados. Si ha entrado en el ángulo de tiro del envidioso, espérese cualquier cosa menos su inactividad frente a usted, contra usted.

 

lamadriddiario@gmail.com

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