El paraíso

Paraíso 1

Según su primera acepción, “paraíso” es aquel lugar en donde Dios ubicó a Adán y Eva (siendo Eva la mala y Adán el ingenuo; ¿hasta dónde nos ha llevado eso en la Historia reciente de la humanidad?) para disfrutar de todo menos de la manzana del bien y del mal. (Sobre esto Steve Jobs y The Beatles algo tendrían que haber dicho). De aquellas manzanas, de las del mal, han venido estos lodos de los paraísos fiscales. Y con todo el fariseísmo que socialmente somos capaces de mostrar en público, hemos condenado a todos los que han comido de esa manzana “podrida” que es la elusión fiscal.

Es deleznable y execrable todo lo que beneficie ilícitamente a los más beneficiados de la sociedad. Pero no deja de ser cierto que viviendo tantas “alicias” en el país de las envidias, señalamos con el dedo acusador a todos los que Panamá les ha hecho pasar por el estrecho embudo del cadalso público. Y destilamos sólo malos deseos para todos los que han triunfado, se han lucrado y han querido proteger sus dineros del ansia de unas arcas públicas que tampoco están para ser modelos de honestidad, precisamente.

El paraíso fiscal es tal porque en él no entra el Montoro de turno a hurgar en las obligaciones de solidaridad con los que menos ganan; no es otro el juego. De los dos millones y medio de empresas y por tanto particulares que han salido a la luz en los empapelados de Panamá lo que aparece en los titulares (y lo que te rondaré morena) son los nombres de todos aquellos personajes públicos y conocidos (actores, deportistas, políticos, estadistas, cineastas, etc.). Los que no tienen renombre son los miles y miles de ciudadanos de a pie, con nombres y apellidos corrientes y molientes: esos no son tan relevantes y de sus casos sólo la pública Hacienda se encargará de oficio de ellos. Pero todos esos ciudadanos son representantes de lo que un alto porcentaje de la población habría hecho si hubiera tenido capitales que proteger de la voracidad fiscal. Quiero decir que está muy bien criticar a los que se salen de la vía legal y me sumo a ello, pero no olvidemos que siempre, siempre, los que más criticamos somos los que nunca tendremos oportunidad de ir al paraíso y no queremos ver si haríamos o no ese viaje si tuviéramos alforjas que llevar.

Lo peor y más reprochable de este escenario edénico es el otro fariseísmo, el de los gobiernos democráticos, modernos y poderosos que siguen perpetuando con su inoperancia en los veintitantos paraísos fiscales existentes y plenamente conocidos. Estos poderosos responden a intereses de grandes fortunas, de grandes corporaciones que con su poder, más potente que el de los mismos gobernantes, favorecen la existencia de esos trasteros privilegiados y corruptos en la casa común de ciudadanos honrados, avanzados y “solidarios”. Dicho de otro modo: si sus sillones no estuvieran en cierto modo en el aire, mañana los señores y señoras del G-20 de un plumazo podían desmantelar todos los manzanos del mal de tantos lugares de ocultación y privilegio. ¿Por qué no lo hacen? Sus razones tienen, de eso podemos estar seguros. Como también tengo la seguridad de que todos los mandatarios internacionales, supuestamente solidarios con los pobres desprotegidos, tienen depositados sus colchones llenos de billetes debajo de esos mismos árboles en unos paraísos bien protegidos con altos muros, densas enredaderas legales y tecnológicas que impiden fisgar y fiscalizar. Vamos, que el que esté libre de pecado (si tenía con qué pecar) que tire la primera manzana. Si nada tienes, la honradez no es ningún mérito, como el que no fuma porque nunca fumó. Ya lo dice el refrán: el que parte y bien reparte…

lamadriddiario@gmail.com

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