¿Elecciones o eliminaciones?

Elecciones 1

Según las encuestas, más de un 30% de la población española con derecho a voto esa pregunta no se la está haciendo estos días. Porque sencillamente son ciudadanos que no van a votar: bien porque no lo han hecho nunca o bien porque han decidido que están hasta los escaños de que les tomen el peluquín. Y lo entiendo. Si después de estas elecciones sus señorías siguen mirándose el ombligo y continuamos sin gobierno, no sería nada de extrañar que acabáramos en un desgobierno o en una revolución de los que queremos ser gobernados. No por el placer de que nos gobiernen, no es eso; simplemente para que dejen en paz a nuestras tristes expectativas y estas se conviertan en la cruda realidad de todos los tiempos postelectorales.

Y ahora pensando en el resto, en los que sí que vamos a votar, estoy seguro que habrá muchos que tengan claro el mantenimiento firme e inalterable de su voto para que su opción política salga de una puñetera vez ganadora y nos dejemos de zarandajas. Me parece muy propio y loable. Quien así actúa, con puro convencimiento, otorgando su confianza siempre a unas mismas siglas o inclinado hacia el mismo tipo de ideología, no hace sino manifestar que esa opción es la deseada o la menos mala de las que puede elegir. Parafraseando a Donald Trump, muchos políticos se pueden permitir cometer las mayores tropelías, desatinos o corrupciones: sus fieles seguirán otorgando su voto a esa lista. Aquí lo prioritario no es la ideología del partido a votar, sino la de quien vota.

También habrá un nutrido grupo, los llamados indecisos, que en estos días se están planteando: ¿a quién doy mi voto? ¿Ha cambiado o han cambiado mi criterio en estos últimos seis meses? ¿Merece mi confianza el mismo partido que en las anteriores elecciones o se la doy a otro? Siempre he pensado que la peor situación de elección se da cuando uno se encuentra indeciso entre varias alternativas. Al final, acaba eligiendo por eliminación más que por la propia elección o preferencia. Quizá estas elecciones debieran llamarse “eliminaciones”. En este grupo están o estamos los no adscritos a derechas, a izquierdas, a independencias o al “antisistemismo”.

Ante esta disyuntiva múltiple imagino los pensamientos de muchos “eliminadores” que no se han sentido identificados con el voto anterior o que buscan ese voto útil (que nunca entenderé en qué se diferencia del inútil). Si voté al PP y quiero cambiar, el paso natural es a Ciudadanos o al PSOE o al independentismo de derechas. (Aunque yo no lo sea, pero si creo que va a defender mejor lo mío… –¡Viva la solidaridad!-). Si voté al PSOE tengo más opciones de cambio: si estoy más cercano a la derecha me iré al PP, si no es para tanto me iré a Ciudadanos y si me inclino a las izquierdas votaré a Unidos Podemos. Si mi voto fue para Podemos o IU puedo cambiar al PSOE dentro de las izquierdas o incluso moderarme con un voto a Ciudadanos y también puedo acabar en un partido independentista de izquierdas o en uno antisistema. Si mi voto fue para Ciudadanos y me pesa más la derecha votaré al PP y si me pesa más la izquierda votaré al PSOE. Finalmente, si mi voto fue independentista puedo rolar a izquierda o derecha en esa misma tesitura o dar el salto a algún partido nacional, por qué no, al entender que no me van a sacar las castañas del fuego. ¡Qué mosaico de opciones!

Como nos obliguen a unas terceras elecciones, yo propondría que en lugar de votar a quién elegimos pudiéramos votar a quién queremos eliminar. Igual acabábamos antes. Democracia seguiría siendo, ¿no?

lamadriddiario@gmail.com

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