El nudo gordiano

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Hoy escribo sobre algo muy serio: la esencia de lo que somos y cómo somos, de nuestra personalidad. Y sobre las frustraciones y las limitaciones y todo aquello que impide que seamos razonablemente felices.

Una parte cada vez más importante de mi desempeño profesional se encamina, dicho sea con toda humildad, a tratar de ayudar a excelentes profesionales. Profesionales que se ven condicionados por algún hecho excepcional en sus vidas. Situaciones personales que apoyadas por el tiempo han ido horadando y han forjado una parte de su personalidad que es dolorosa o insatisfactoria. Cada uno de nosotros somos producto de nuestra educación; de una infancia que incluyó situaciones que para algunos fueron realmente difíciles y claves y para otros, sin embargo, no tuvieron mayor importancia. Al final, en la madurez, todo lo que conforma el crisol de nuestra personalidad responde a una esencia que se ha ido conformando con el paso del tiempo. Esas situaciones, personas o circunstancias que nos han condicionado, en muchos casos no lo han conseguido de un día para otro. Igual que la ola en la roca, han ido erosionando día a día la fortaleza o la debilidad con la que nos enfrentábamos a ellas. En el fondo de nuestro ser, todo lo que nos impide ser mejores, la raíz de lo tóxico en nosotros mismos, suele acomodarse en un lugar recóndito de nuestra mente y nuestras emociones. Y además se metamorfosea para mostrarse al exterior bajo otro tipo de comportamientos que en muchos casos aparecen distorsionados para no mostrar lo que de verdad nos hiere y nos perjudica.

Podríamos pensar que esos condicionantes son muchos y diversos. Pero en la mayor parte de nosotros se suelen resumir en dos o tres. De todos ellos siempre hay una razón última, esa influencia, hecho o circunstancia que está en la base de gran parte de nuestro comportamiento. Esa razón, más bien sinrazón, de nuestra existencia es lo que yo llamo el nudo gordiano, el punto que debemos localizar y trabajar hasta dar con él. Es él el que, sin darnos cuenta, influye en nuestra vida diaria en lo personal, lo profesional, lo familiar… Es el enemigo a batir. El único modo de vencerlo es entendiéndolo y comprobando que sí, que efectivamente ahí estaba trabado, haciendo su trabajo. El reconocimiento es el principio de su fin.

Hace unos días un profesional me escribía: “Nosotros mismos somos nuestros mayores detractores; ¿qué hacer para revertirlo?” Mi respuesta es que para no seguir haciéndonos daño a nosotros mismos debemos descubrir ese nudo. Cuando lo desvelamos, lo ponemos en evidencia y lo situamos en frente de nosotros mismos y comprobamos la influencia que ha tenido en nuestra vida, es cuando podemos llegar a reconducir su relevancia. Necesitamos ponerlo en su verdadero sitio, en el que le corresponde, con la importancia debida, pero no más. Ahí su influencia negativa se ve detenida.

Hace un tiempo una persona me ilustraba sobre el origen de la expresión “nudo gordiano”. Cuenta la leyenda que Alejandro Magno al conquistar la ciudad de Frigia (Turquía) se encontró, en un templo dedicado a Zeus, un carro con un gran nudo y todos sus cabos escondidos. Se decía que quien lo consiguiera desatar conquistaría Asia. Alejandro sacó su espada y de un tajo lo cortó y dijo: ”tanto monta desatarlo como cortarlo”. En nosotros, esos nudos hay que desatarlos. Ni se pueden ni se deben romper. Los únicos que podemos deshacerlos somos nosotros mismos. A veces tenemos que ser ayudados por personas objetivas que sean capaces de reconocerlos y que nos guíen en el camino a su resolución. Pocas cosas producen más satisfacción personal que ayudar a desatar nudos; bien lo saben quienes me conocen.

 

lamadriddiario@gmail.com

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8 Respuestas a “El nudo gordiano

  1. Si Antonio, sí. Sabes que entiendo perfectamente lo que escribes.
    En ello estoy aun y me está resultando difícil soltar alguno de los nudos; estoy tentado a coger un cuchillo y cortar por lo sano. Pero como decía Ortega y Gasset, si no lo hago es por mis circunstancias. Por cierto el Netocrata en la foto, se parece mucho a uno que conocemos.

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