La tierra me engulle

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Son las ocho de la mañana, salgo de casa. Voy a ver a un cliente y nada más poner los pies en la acera noto que me hundo, que mis piernas atraviesan la tierra. Me sumerjo en una nueva dimensión que no controlo. Mis ojos no ven. Todo está oscuro, no siento nada. Al poco una luz cegadora, blanca, rosada, tenue, me va abriendo los ojos. Estoy en una calle de Alepo, en Siria –sé que estoy ahí-. Todo está destruido; hay llamas, gente corriendo, niños con la mirada perdida y el cuerpo en hambre y frío. Oigo disparos, empiezo a correr, no sé hacia dónde me dirijo. Todo es horror a mi alrededor. Mi ropa está hecha jirones; estoy sucio, harapiento, tengo hambre y una visión desastrosa de todo mi ser. Camino sin rumbo. Me encuentro con gentes que me ignoran; son como yo: sus caras podrían ser de llanto o de lamento, pero siento que no tienen ni lágrimas que echarse a la cara, la sequedad de su alma es tal. Veo una mujer arrodillada en el suelo, con los ojos cerrados y un niño en brazos. Un hombre con una metralleta en la mano y un cigarro en la boca la mira como quien ve llover; no ve nada más que su supervivencia. Se escucha un silbido, es rápido e intenso y unos cientos de metros a mis espaldas estalla un misil. Ruido, fuego, calor, frío, desolación. Me echo al suelo instintivamente; el barro seco, las esquirlas, las piedras, todo roza mi cuerpo. Sólo siento ausencia de existencia; el drama es tan intenso que todo, hasta yo mismo, es secundario. Me levanto, camino unos pocos metros en dirección a la deflagración; todos miran hacia un tejado y se apartan con rapidez. ¿Qué pasa? Entiendo: es un francotirador, dispara a todo el que se acerca al edificio. Varias balas silban su canción de muerte muy cerca de mí. Tropiezo, caigo, me levanto, corro a refugiarme. ¿Refugiarme de qué? ¿De la vida? ¿Qué vale mi vida? Es sólo vida, ¡qué más da! Un niño adolescente me da la mano, me regala una mirada de amor que hacía tiempo que no sentía. Me dejo llevar; nos dirigimos a una casa en ruinas. Hay un grupo de personas entre tanta piedra: están comiendo un pan ácimo con un poco de vino. Me ofrecen, lo tomo con avidez, tenía hambre. El chico comparte conmigo su pan, me sonríe con los dientes más sucios y más hermosos del mundo. Escucho risas, son como el colchón en el que descansa la muerte antes de empezar a trabajar de nuevo. Salgo de nuevo a la “calle”. Un camión desvencijado con un soldado ametrallado en lo alto casi me atropella. Tres mujeres cubiertas de luto y de religión caminan juntas, todo lo deprisa que el ahorro de energía les permite. Una de ellas me mira y veo el horror, la miseria, veo lo más inhumano de lo que somos: desprecio, desamor, muerte, vacío, horror, miedo, miedo visceral. Ni siquiera su rostro almendrado inspira ternura. Se ha acabado, ya no existe, vive por no morir. Cambia su mirada. Con mi alma rota, desgarrada, hambrienta de amor, insensible a la vida, me voy hundiendo poco a poco en la tierra desgastada. Está fría y quema, me engulle con avidez, de nuevo la oscuridad -aunque este agujero negro es desolador, es más que negro – y llega la nada, nada veo, nada siento, nada soy. Y de nuevo la luz, triste luz que amanece a mis ojos que vuelven a abrirse. Estoy de nuevo en la acera enfrente de mi casa. Todo vuelve a la normalidad, a la puñetera normalidad. Miro alrededor y veo lo de siempre, que ahora es maravilloso. Y siento el dolor de lo que acabo de vivir. Ahora sé; ahora duelo y me lamento de la humanidad, mejor dicho, de la inhumanidad.

Este es un pequeño y triste homenaje a un pueblo desolado por los “buenos” y por los “malos”.

lamadriddiario@gmail.com

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7 Respuestas a “La tierra me engulle

  1. Eso sólo parará cuando todos los ciudadanos de los países salgamos juntos a la vez a la calle y no volvamos a casa hasta que trabajen por la paz y detengan la guerra. Estas guerras están creadas para favorecer un nuevo estado social donde las fronteras serán altas y supermilitarizadas. Por eso no lo paran. Solo nosotros, todos juntos podemos pararlo. Desde el movimiento civil.

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  2. Si nos pusiéramos en la piel de los que sufren una guerra, tal como haces, seríamos capaces de alzar nuestra voz, alto y claro, de no mirar para otro lado, de sufrir con ellos. Y no mirarlos como si no fuera con nosotros, como si fueran nuestros enemigos..
    ¿Quién es nuestro enemigo?
    Aquellos que se benefician de las guerras, que nos manipulan…¡¡¡y si fueran sus hijos!!! Realmente les da igual…¿¿¿???
    Gracias Antonio

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