¿Qué hago con mi vida?

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Seguramente una pregunta como esta o similar te la has hecho en algún momento de tu vida. Por lo general, cuando acude a nuestra mente es porque o nos encontramos perdidos en alguna encrucijada, o no sabemos bien dónde estamos, o estamos superando un bache profundo o, sencillamente, no sabemos a dónde encaminar nuestros pasos, nuestro destino. Cuando esta pregunta nos asalta, carecemos de objetivos. No sabemos qué queremos conseguir. Yo lo visualizo como si alguien estuviera en medio de la hermosa bahía de Santander, en una barquita con un par de remos, remando y remando, dando vueltas sin timón, sin saber a dónde dirigir su energía y sintiéndose cada vez más cansado de remar sin dirección. A veces incluso algunos, algunas, dejan de remar y las inclemencias del clima de vivir les van minando poco a poco hasta que desaparecen los remos, las manos y la barca. Y, contra esto, se puede luchar.

Lo primero de todo que debemos hacer es saber responder a la pregunta inicial. Si no tenemos una respuesta, hay que pasar de inmediato a marcarnos unos objetivos de vida, aquellos que pretendamos conseguir desde su viabilidad: objetivos personales, sociales, económicos, emocionales, laborales, familiares. A cada uno nos mueven la barca unas aguas y unos vientos en particular.

Sólo un tres por ciento de las personas tienen sus objetivos escritos en un documento, como si de un testamento vital se tratara. Yo tengo tres objetivos, a cada cual más ambicioso. Se los cuento. El primero es vivir el mayor tiempo posible junto a la persona que amo (bien sencillo, ¿verdad?). El segundo es llegar a ser un abuelo feliz (más aún). Y el tercero, algo más instrumental, llegar a tener tiempo de ocio suficiente como para poder escribir todas las historias que tengo acumuladas en papeles y neuronas. Tres deseos, como tres reyes magos, que espero ver cumplidos y que trato cada día de construir, con algún que otro ladrillo, para que los tres lleguen a ser realidad. Son tres faros o tres zanahorias que estimulan mi motivación para seguir viviendo, mientras asumo las tres realidades importantes que afronto cada día con optimismo y vitalidad: el trabajo que me permite vivir con salud económica y emocional, el amor que siento por los que más quiero y cuido, y la ayuda que proporciono con mi trabajo a todas las personas y organizaciones con las que tengo el lujo de poder hacerlo. Estos son los remos con los que navego cada día, y mis objetivos los timones que me guían a donde quiero llegar.

Estos son los objetivos y afanes de una persona normal y corriente. Cada uno de nosotros tiene mucho por lo que luchar, querencias y deseos. Más aún en lo que se refiere a las personas que queremos y que nos quieren. Y, claro, la mar hay días en que está picada, y otros en que es una balsa y nos deslizamos con suavidad; hay rumbos que tenemos claros y otros en los que la brújula no deja de girar. Por eso le recomiendo que los escriba, que ordene sus ideas y sus deseos y se ponga manos en remo a trabajar. Y siempre con una idea clara: un objetivo no es la realidad. Es decir, tener objetivos no es garantía de su cumplimiento; tan sólo es saber que el timón está en el agua y que todo lo que seamos capaces de remar nos acercará a ellos. Mientras así naveguemos nunca nos abordará una pregunta como la que titula este artículo que sólo pretende ayudarte a ti y a mí mismo. Muchas gracias.

 

lamadriddiario@gmail.com

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