El valor del tiempo

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No deja de ser curioso que en los tiempos en que vivimos (cargados de individualismo, materialismo, egoísmo y todos los ismos posibles) sea precisamente el tiempo lo más valioso en nuestras vidas.

Hace unos años, en esta misma columna, escribía sobre el concepto económico del coste de oportunidad, contemplado como la utilización de unos recursos limitados y que son susceptibles de usos alternativos; es decir, que ante las diferentes opciones que tenemos para poder emplear nuestros dineros, debemos elegir una, rechazando a la vez todas las demás alternativas posibles. El coste de oportunidad realmente debiera llamarse coste de oportunidades, pues son muchas más las opciones que tenemos que rechazar y sólo una, tan sólo una, por la que podemos optar. Pensando en esta idea, con el tiempo, como recurso que es, nos sucede lo mismo. Pero con la diferencia de que las opciones que tenemos que rechazar cuando optamos por una en concreto son infinitamente mayores que todas las que se remiten a un hecho económico concreto al que vamos a dedicar unos dineros.

No hace ni cien años nuestros padres y abuelos vivían un tiempo en el que las alternativas sobre las que poder decidir qué hacer con el tiempo disponible eran muy pocas y muy limitadas. Un mundo esencialmente agrícola, rural, muy poco flexible en el tiempo de ocio (los animales no entienden de fiestas o descanso) y en donde las opciones económicas, laborales, de familia, de amistad, de ocio o de transporte eran absolutamente limitadas o inexistentes. Hoy vivimos con una miscelánea de alternativas tan grande, tan extensa, que nos vemos obligados a elegir muy bien a qué dedicar nuestro tiempo (aunque el de vida sea el doble que el de nuestros antepasados) pues las opciones se han multiplicado por cientos o por miles.

Siguiendo con esa comparativa temporal de hace cien años, hoy dormimos menos, tenemos menos necesidades materiales (aunque muchas más emocionales), disponemos de más ocio y las máquinas hacen en gran medida el trabajo físico que antes consumía buena parte del tiempo disponible. Pero hoy, a cada momento, nos vemos obligados a decidir qué hacer, siendo conscientes de que quizá nuestra economía nos permitiría hacer cuatro o cinco actividades a la vez, pero sólo podemos hacer una (el don de la ubicuidad aún no lo hemos conseguido). Dispongo de todo un fin de semana, por ejemplo: ¿a qué o a quién se lo dedico? Si esquío, no puedo ir a comer con amigos; si decido leer no puedo ir a ver una exposición; si dedico el tiempo a mi familia no puedo sentarme a escuchar música. Y así con cualquier actividad por la que tenemos que optar. Supuestamente, elegimos la alternativa más conveniente o satisfactoria en cada momento.

Existe otra segunda dimensión del tiempo: su rentabilidad o productividad en cualquiera de los órdenes. Es decir, no todas nuestras acciones tienen la misma repercusión en nuestros recuerdos, éxitos, logros o conquistas. Es más, en muchos casos un tiempo que tuvimos que dedicar a una actividad supuestamente intrascendente, con el tiempo se nos reveló como algo fundamental o determinante en nuestra existencia. Esta es la magia del tiempo. Los segundos son iguales pero hay algunos que son los primeros en nuestros destinos y no simplemente por haberlos sabido aprovechar, sino por el simple hecho de que los vivimos en el momento preciso y con las personas adecuadas.

El tiempo puede ser implacable, como rezaba la canción. Pero también puede ser mágico, puede ser eterno –ese instante que siempre se repite en nuestra mente-, intrascendente, asfixiante, relajante y cualquier calificativo que le queramos poner. Eso sí: siempre depende de nosotros y de las circunstancias el que finalmente le podamos poner.

 

lamadriddiario@gmail.com

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