La paz

Hay pocos sentimientos tan grandes como estar en paz con uno mismo. La paz siento que es el estado más armónico que podemos experimentar como personas. La paz es ausencia de controversia con uno mismo y con los demás; es un equilibrio que puede durar un instante o toda una vida y que nos cuesta experimentar. Mejor dicho: aunque la sintamos, nos es difícil reconocerla.

Nuestro estilo de vida actual es ruidoso, distorsionante, inarmónico; está infestado de aparatos, de objetos que rompen el silencio, de pensamientos tóxicos, de basura mental que nos condiciona para no ser del todo libres. Por eso la paz nos puede llevar a una sensación de plenitud tan grande, a experimentar la indescriptible sensación de estar integrados con la vida misma. Es tan difícil de explicar… Quizá un buen modo de entenderlo es ser capaces de percibir lo que sentimos cuando en el rito religioso de una misa, el sacerdote nos pide que deseemos la paz del otro; entonces nos damos la mano, nos miramos a los ojos, sentimos paz con nosotros y con los que queremos, que están a nuestro lado y también con aquellos conocidos o desconocidos a los que hemos sonreído y les hemos ofrecido una paz que tenemos y que quizá no sabíamos que teníamos. Ahí, estamos en paz con nosotros mismos y con los demás.

Quienes hacen la guerra es por su propia insatisfacción o para solventar las miserias que sienten en sí mismos; sea una persona o una nación. Iniciar una guerra o intentar romper lo que está unido nace del desprecio por uno mismo y que acaba despreciando a los demás. La guerra es agresiva y abrasiva; quienes hacen la guerra desprecian tanto a los demás como se desprecian a sí mismos. Hay personas que están llenas de pinchos, de aristas, que muerden, que transportan el infierno mismo dentro de sus entrañas y abrasan con sus palabras, emociones y, lo que es peor, con sus actos. Se sienten plenos cuando destruyen a otros, son tóxicos para ellos mismos y para los demás. Son personas como bombas andantes y existen, de verdad que existen, aunque a muchos sea muy difícil detectarlos (tendríamos que ir con un detector de minas en la mano, pasándolo por delante de las personas que fueran “sospechosas”). Afortunadamente en mi optimismo compulsivo pienso siempre que somos más los de la paz en la mano que los de la guerra y el rechazo en el acto.

En el día a día, cuando nos relacionamos con otras personas, es bastante fácil saber quién está dominado por el Ying de la paz o por el Yang de la guerra. Las palabras, los gestos y la mirada son los mejores exponentes. La paz responde con tranquilidad, con la mirada limpia a los ojos, a veces con una sonrisa y siempre con palabras positivas, creadoras y de gratitud. La guerra, la agresividad, es incisiva, hiriente –muchas veces con sorna –, sibilina y con una inteligencia aparente que, a veces, nos hipnotiza. No mira a los ojos y si lo hace es con la profundidad del guerrero que detecta las defensas del contrario; constata que su dardo ha dado en la diana oportuna y de nuevo vuelve al interior a cargar más munición. La guerra no termina hasta que se ha eliminado completamente al “enemigo”. Y las palabras nacen afiladas, con punta y con mucha precisión, pues tienen que dar bien en el objetivo.

Picasso (como tantos) dibujó la paloma que simboliza la paz; un ser blanco, inmaculado, inocente y que nos transporta por el aire a donde él buenamente quiere. Sí, quizá sea el mejor exponente de la paz. El dicho dice “Haz el amor y no la guerra”. Yo diría: “Vive en paz, contigo mismo y con los demás”.

 

lamadriddiario@gmail.com

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