Comprimidos de bondad

Soy de los que piensa que la bondad o la maldad no existen como tales. Son como la felicidad, el amor o el altruismo: no existen en estado puro. No disponemos de una dosis pura de cualquiera de estos sentimientos, ni existen personas absolutamente felices, altruistas o bondadosas. Más bien creo que el bien o el mal acuden a las personas en función de cada circunstancia, del momento, de la situación en la que se encuentre, de todos sus condicionamientos. Esos determinantes son los que nos hacen pensar, frente a un hecho determinado: “no sé cómo habría actuado yo, en su lugar”. Cuando una persona actúa bajo la influencia del momento, de un trastorno provocado por toda la miríada de compuestos químicos que fluyen por nuestras venas, es difícil entender cuál habría sido nuestra actuación en similares circunstancias. Todo ello sin dejar de tener en cuenta que, se calcula, hay un 1% de la población con trastornos de psicopatía y otro tanto con alteraciones mentales de muy diversa índole.

Lo que no podemos negar es que somos cócteles químicos con piernas; es decir, que la química de nuestro cerebro incide y mucho en nuestro comportamiento. El ser humano es un conjunto de sustancias químicas (hormonas, neurotransmisores, adrenalina, genética molecular…). En muchos casos, sus excesos o carencias nos pueden llevar por caminos que en un sano equilibrio nunca habríamos recorrido. Quizá por ello nuestra capacidad de crear compuestos químicos que traten de modificar o variar nuestra conducta sea uno de los puntales de la farmacología del futuro. De hecho así lo cree un grupo creciente de científicos y filósofos, que plantea una tesis revolucionaria: el futuro de la humanidad pasa por sintetizar drogas que nos ayuden a ser mejores personas. “No es ciencia-ficción, sino una realidad tangible”, manifiesta James Hugues, experto en bioética del Trinity College de Hartford (Connecticut). “Ya hay muchos compuestos que afectan a nuestra toma de decisiones morales: antidepresivos, anfetaminas, hormonas… Y, en el futuro, seremos capaces de utilizar estas drogas con una precisión cada vez mayor”.

Brian Earp, investigador del Centro de Neuroética de la Universidad de Oxford, habla de las técnicas de estimulación cerebral que se están utilizando en personas con psicopatías. El objetivo es que lleguen a empatizar y a sentir lo que otro puede sentir cuando se le hace daño y entender que, efectivamente, se está haciendo daño, perjudicando al otro. Hay sustancias como el propanolol, un betabloqueante con el que parece que podemos llegar a sentir menos prejuicios racistas, o la oxitocina, la llamada hormona del amor, que aumenta la cooperación y la confianza entre personas de un mismo grupo social. Este investigador, Brian Earp, manifiesta que podremos llegar a tomar algún tipo de droga que nos ayude a ser mejores personas, bajo la decisión moral de cada cual. Sin duda es un camino que llegaremos a recorrer y no pasarán muchos años. Cuando tengamos un mayor conocimiento de nuestro ADN, de la química personal que afecta a nuestro cerebro, llegaremos a “doparnos” con aquello que nos falta para ser seres más sociables, mejor aceptados y valiosos para los demás. Siguiendo a Maslow, en su pirámide sobre las necesidades y deseos del ser humano, en la cúspide está la aceptación social, el reconocimiento de los demás. Ese siempre será el objetivo que querremos conquistar.

Sabiendo como hoy sabemos que la química domina buena parte de nuestro “libre albedrío”, cuando tengamos un mayor conocimiento de lo que carecemos o de lo que nos puede perjudicar socialmente, seremos libres de dosificar nuestra mente con lo que nos haga más felices, sin perder nuestra propia identidad. Ya lo hace hoy la cirugía estética con el hardware de nuestra personalidad modelando y moldeando nuestro cuerpo. Mañana lo hará la farmacología modelando nuestro ser social más reconocible y no nos importará cuánta química tengamos sino cuán sociables seamos.

 

lamadriddiario@gmail.com

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