Los miedos

¡Mamá, tengo miedo! – ¿Por qué tienes miedo? – No lo sé… -. Seguramente este sea un diálogo universal, en el nuestro y en otros idiomas. El miedo es un compañero muchas veces inseparable, que nace en el momento mismo en que somos personitas con vida propia. El miedo, antropológicamente, está instalado en nuestro programa genético como humanos. Muchos psicólogos y neurólogos argumentan que el miedo es una sensación inherente a nosotros mismos. Nos dicen que desde la amígdala –como cerebro emocional que es- el miedo nos ayuda en la labor de supervivencia, de protegernos de los peligros que nos acechan desde el momento que lanzamos nuestro primer llanto al aire. Pero otros muchos, cuyo punto de vista comparto, opinan que aunque nos venga “de serie”, debemos ser capaces de domesticarlo, de darle el punto en el que pase de miedo a precaución. Algo que es muy diferente e igualmente adaptativo al medio.

La palabra miedo está muy instalada en nuestro cerebro y la sacamos a relucir demasiadas veces en muchas circunstancias en las que no vendría al caso. Tiene tanta fuerza que imprime todo su carácter animal cuando la oímos. Pensemos que el cine, como alter ego de nuestra propia existencia, es una gran fuente de miedo, de todos los miedos que en el imaginario colectivo pueden llegar a aparecer o podemos llegar a sentir. El horror, el terror, la intriga acechante, el peligro que asoma, la duda del mal, lo inevitable a punto de pasar y un largo etcétera de situaciones que nos ponen en tensión. Y ahí está el quid de la cuestión: el miedo nos tensiona, nos desequilibra, nos mantiene en un vilo imprevisible con un potente desgaste energético pues nuestros resortes de protección o escape están al máximo de alerta ante lo que pudiera pasar. Y en ese conjunto de posibles acontecimientos que nos ocurran y que desconocemos es en donde radica la esencia del miedo. Sabemos que hay una liebre, pero no sabemos por dónde nos va a saltar, ni cómo es, ni cuáles pueden ser sus consecuencias, ni el grado de perjuicio que nos puede causar.

El miedo, en sí mismo, es la manifestación de la inseguridad que sentimos ante lo desconocido y que puede ser potencialmente peligroso para nosotros. Si estuviéramos seguros de nuestras capacidades, como deberíamos estar, no sentiríamos miedo. De hecho el estado contrario al miedo es el de la tranquilidad, la que nos aporta el sentirnos lo suficientemente preparados como para afrontar cualquier circunstancia que se nos presente, sea la que sea. Eso nos aporta seguridad. La seguridad, además, nos permite reaccionar con precisión ante lo que, sin tenerle miedo, pudiera surgir de improviso y nos impeliera a reaccionar en nuestra propia defensa o de los que queremos proteger. La neurología también nos dice algo importante: el miedo deja un trazo, una pregnancia en el cerebro con la misma intensidad con que si lo que tememos hubiera sucedido en realidad y nos hubiera afectado como hecho real. La gran diferencia está en que estos mismos neurólogos nos dicen que de cada diez miedos que sentimos sólo se cumple uno y los otros nueve los padecemos y nos intoxican como si realmente los hubiéramos padecido.

El miedo nos aleja de la felicidad, nos hace ser excesivamente precavidos con todo y con todos, nos impide una relación social plena y, lo peor de todo, cuantos más miedos tenemos más somos susceptibles a padecer otros miedos. Por haber, son infinitos los que pueden llegar a existir en nuestra imaginación. Dicen que el miedo es libre, pero lo que de verdad nos hace libres es no sentirlo. Si tenemos miedo estamos atenazados, limitados, constreñidos y predispuestos a cometer cualquier error cuando aparezca algo, aunque no tenga nada que ver con lo que tememos.

 

lamadriddiario@gmail.com

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