Consucracia

Me Acabo de inventar una palabra: consucracia. Pero no he inventado la realidad que la justifica. Se podría definir la consucracia como el poder de cada uno de nosotros como consumidores que con nuestras decisiones votamos cada día a cientos de miles de marcas de productos de consumo, servicios o medios de distribución, comunicación u ocio. Cuando realizamos un acto de compra en el mundo omnicanal (comercio tradicional, e-commerce, trueque, etc.) en el que hoy adquirimos todo es como si, en el momento de la compra, estuviéramos introduciendo nuestro voto hacia la marca, la enseña que respalda lo que estamos comprando. Cada uno de nosotros, como hormiguitas, vamos votando con nuestras compras. No nos parece que nuestro acto tenga la relevancia que al final, con la suma de millones de actos como el nuestro, va construyendo – o destruyendo con nuestro “no voto”- la marca en cuestión.

La esencia de lo que trato de decir es que somos mucho más poderosos de lo que pensamos cuando compramos un producto o un servicio, incluso las denominadas “marcas blancas” de la gran distribución, que no son tales, pues tienen todo el color del logo, de la marca del establecimiento en el que las estamos comprando.

Cuando determinados movimientos políticos o asociaciones se rebelan contra las multinacionales, la banca o las empresas tecnológicas, pienso que no quieren ser conscientes de que la cuota de mercado de esas marcas está construida desde los millones de actos de compra que las justifican. La consucracia es una democracia al más puro estilo pues no sólo es nuestra opinión o nuestros prejuicios o ideas lo que “votamos” en cada momento, sino que lo hacemos con lo más escaso que creemos tener, que es el dinero. (Siempre he pensado que lo más escaso que tenemos los seres humanos es sentido común y además no somos conscientes de ello). Por eso cuando esas voces discordantes, que pretenden ser concordantes sólo con los de su cuerda sociopolítica, se manifiestan, lo están haciendo frente a la mayoría de las personas que, en el fondo, al comprar, votan por esa marca que ellos rechazan. Suelen pensar que sólo quien critica a esas marcas tiene la formación y los conocimientos para ser juicioso; los demás, somos tontos.

Cuando compramos y votamos en esa consucracia lo hacemos porque hemos evaluado todas las alternativas y la que adquirimos es la que consideramos mejor para nuestros intereses o la que, simplemente, está a nuestro alcance entre las posibles. Y el día en que los muchos pocos, los individuos, decidimos que esa marca ya no nos ofrece la confianza debida le retiramos nuestro apoyo dejando de comprarla. Así de sencillo y con esa simpleza, esa suma de acciones en el mercado representa el hundimiento o la desaparición de tal o cual marca, porque todos, en conjunto, así lo hemos decidido. La diferencia fundamental entre la consucracia y la democracia es que en la primera nuestro voto, activo o pasivo, tiene repercusión a medio o largo plazo (aunque a veces es inmediato; véanse Panam, Perrier o Spainair), mientras que el voto en democracia surte efecto de inmediato y una vez hecho ya no podemos parar su efecto hasta cuatro años después.

Los que ahora me leen tienen la suficiente inteligencia para hacer efectivo su voto. Les felicito por esa consucracia que cada día vivimos y votamos, ejerciendo nuestro derecho a premiar en cada momento a quien mejor lo está haciendo.

 

lamadriddiario@gmail.com

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