Concursos poco gratificantes

Un 885% se dispararon los concursos de acreedores en España desde el año 2007 (en el que hubo 1.033) hasta 2013 (en el que fueron 9.143 los sucedidos). Desde 2013 (el peor año de la serie y el peor de la crisis en lo que a datos estadísticos se refiere) a la actualidad la cifra se ha ido reduciendo hasta los poco más de cuatro mil del pasado año. Aún así, los concursos en 2016 han multiplicado casi por cuatro los del año 2007. La realidad es que desde que se inició la crisis hasta el cierre del pasado año, sumando las empresas de nueva creación y restando las que han ido cerrando, el saldo es claramente negativo. En España hoy hay 160.000 empresas menos que hace ocho años.

Del total de las empresas, aquellas con un activo superior a los 30 millones de euros son las que menos soportaron los concursos de acreedores; de hecho la mayor parte de las empresas que quiebran tienen menos de dos millones en activos. Por ejemplo, el 70% de las empresas que fueron a concurso en el primer trimestre de 2015 tenían un volumen de activos inferior a 2 millones; es decir, las empresas más endebles son las que menos pulmón financiero tienen para poder soportar las inclemencias de la economía, de los mercados, de la competencia en sus propias carnes. Además las entidades crediticias con sus departamentos de riesgos, que muchas veces habría que llamar “de certezas”, no lo ponen demasiado fácil, sobre todo desde que se abrió la caja de los truenos de la crisis.

Siempre me llamó la atención esa frase que dice que “dinero llama a dinero”. Es mucho más cierta de lo que pudiéramos pensar. Cuántos grandes proyectos empresariales, con cara y ojos, que habrían podido tener el éxito merecido, se han ido al garete por no tener suficientes recursos financieros o por tener sus créditos muy concentrados en el corto plazo. Sabiendo que de cada diez iniciativas empresariales la mitad se van a ir al traste, no hay otro modo para poder progresar que el de seguir invirtiendo y apostando por futuro. Cuando una empresa cuenta con recursos “sobrados” los malos resultados se pueden amortiguar hasta el siguiente período en que los aciertos sumen más que los desaciertos.

Hay diferentes fuentes que afirman que aproximadamente sólo el 10% de las empresas que entran en concurso acaban saliendo; el resto pasan a liquidación. Esta estadística cruda y dura también debemos descremarla, en cierta medida, por las muchas maniobras financieras que a veces convienen para dejar limpio el terreno para otras iniciativas, sin el lastre de tiempos pasados. Por tanto donde hay vida hay esperanza; creo que estamos abriendo nuevos tiempos post crisis que van a poder facilitar no sólo un menor número de concursos, sino que los que así se declaren tengan más posibilidades de salir adelante. Desde que Darwin nos alumbró la idea de la selección natural, ésta se aplica a todos los ámbitos y el empresarial no lo es menos: los fuertes siempre podrán comerse a los débiles. Los más capacitados, los más resistentes, son los que al final son capaces de transmitir a su descendencia una herencia segura. Y no digamos en el terreno de la empresa familiar, que es la columna vertebral de nuestra propia economía; mejor ejemplo de supervivencia no puede haber. Insisto: donde hay vida hay esperanza y si la gestión empresarial es la adecuada a los nuevos tiempos que le tocan vivir a una empresa que entra en concurso, más aún.

 

lamadriddiario@gmail.com

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