Nada es lo que parece

Me parece un análisis muy interesante el de las declaraciones de los políticos más mediáticos cuando amenazan a otros países, cuando arengan a su pueblo, cuando desvían la atención de lo crítico a lo circunstancial o cuando lanzan sus globos sonda para detectar la posible repercusión de sus próximos pasos. Salvo los dictadores que se saben inmunes a la opinión de sus lacayos ciudadanos, el resto de los poderosos tienen que hacer un juego inteligente entre lo que pretenden conseguir y el juicio de sus votantes. Los más hábiles consiguen sus objetivos de tapadera y además logran que sus votantes y potenciales votantes aplaudan sus acciones.

Hay mucha casuística que analizar en todo ello. El efecto más potente que existe, como bien sabemos todos, es la generación de miedo que desencadena movimientos bursátiles, capitales que se mueven hacia las empresas armamentísticas, hacia el petróleo, la banca, la minería o cualquier industria susceptible de potenciarse cuando tenemos que defendernos de los posibles atacantes a nuestra cómoda calidad de vida. No hay nada que enriquezca más a las empresas basadas en la seguridad (defensa y salud prioritariamente) que el miedo. Y por ende empobrece al resto de empresas o negocios que, en esos tiempos, no nos garantizan nuestra seguridad. Sabemos cuáles son los países con más repercusión en el mayor negocio del mundo (las armas) y lo bien que saben gestionar nuestro miedo, lo cual enriquece siempre las arcas de los que gobiernan el mundo.

Si no hubiera enfermedad en el mundo, no serían necesarios los fármacos; si no hubiera desempleo y abuso laboral, no serían necesarios los sindicatos; si tuviéramos paz siempre, no serían necesarias las armas. Todo lo que es tóxico en nuestra sociedad favorece a los que fabrican los antídotos para esos males; es un negocio estupendo. Pero claro, si no hay males, tendremos que inventárnoslos, provocarlos y así justificar nuestra defensa. Los grandes del mundo lo saben y lo ejecutan siempre que la industria lo necesita o conviene, y ahí es donde deben aparecer los falsos enemigos, las provocaciones, los altercados, el terrorismo, el fanatismo, las pandemias, las siete plagas bíblicas que justifiquen setenta veces siete soluciones para salvar a “su pueblo”.

No pongo ningún ejemplo, porque serían necesarias miles de páginas entre los casos patentes y los miles de bien disimulados. Lo cierto es que esta sociedad hiperinformada en la que vivimos se hace eco de esas maniobras estratégicas con una velocidad inusitada. Insisto: el miedo es la mecha más rápida que existe para explotar acciones encadenadas para protegernos y los que lo provocan lo saben muy bien, pero hay que disfrazarlo. Si no hay enemigos nos los inventamos; si no, provocamos a los más exaltados e incluso les facilitamos los medios para su ensalzamiento y al final todos contentos. Los ciudadanos porque se ha evitado otro mal mayor que nos habría sacado de nuestra zona de confort y los “malos” han sido debidamente castigados. Los intereses creados porque han sido bien remunerados. Y los que han creado la cortina de humo porque están satisfechos y bien reídos de todos los que nos lo hemos creído.

 

lamadriddiario@gmail.com

 

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