Cuento de Navidad

“Érase una vez una ciudad grande, muy grande. En un barrio de esta ciudad vivía Pedro. Pedro trabajaba de administrativo mileurista en las oficinas de una empresa ubicada en el centro. Pedro tenía una vida gris, sobre todo desde que fallecieron sus padres en un accidente de tráfico. Su vida consistía, de lunes a viernes, en ir de casa al trabajo y del trabajo a casa. Era un hombre sensible, con una dulzura amargada por un amor imposible de juventud. Sus treinta y ocho años mostraban unas entradas prominentes, en la misma cabeza que, con otras entradas, trataba de pasar el tiempo los sábados por la tarde en una de las salas de cine del centro comercial de su barrio. Pedro, a veces, recordaba con añoranza su infancia en el pueblo de su madre, cuando jugaba con otros chicos y chicas y la vida aún no le había torcido la sonrisa; aquellos fueron tan buenos tiempos que eran los únicos que se permitía recordar, como el rumiante que vuelve a comer lo ya comido sin el esfuerzo de tener que volver a pacer.

Lucía era una persona de edad joven y experiencia de mujer mayor. Su bonita melena tenía veintinueve años pero la cuchillada en el lateral derecho de su vientre sólo tenía 35 meses y 12 días. Un bestia le arrancó el alma, el corazón deshecho de ilusiones y un pobre hijo de cuatro años que también pasó a peor vida, como la suya. Lucía trabajaba de secretaria para un alto directivo en el mismo edificio en el que trabajaba Pedro. Veía pasar a decenas de personas por delante de su mesa cada día; tan sólo eran trajes o vestidos de marca que llenaban unos cuerpos sin rostro. No veía vida en las personas, ella tan sólo miraba intenciones y ninguna era suficientemente buena como para ser tenida en cuenta. El exmarido de Lucía tenía para un par de décadas en la cárcel y ella se sentía libre pero dentro de los barrotes de su desconfianza.

La mañana de un día de Nochebuena de hace tres años, Lucía, como cada día, entraba desde la calle al portal del edificio de oficinas. Un coche tocó el claxon y Lucía se giró lo suficiente como para verter tres cafés con leche –bien calentitos y con poco azúcar- encima del traje de Pedro, que salía a comprarse algo especial para cenar esa noche. El calor y la humedad se impregnaron por igual en el cuerpo de Pedro. Lucía no sabía qué hacer. Pedro vio un destello de humanidad, una sonrisa sincera, palabras amables. Lucía sintió que ahí había un alma hermosa, escondida tras la ropa. Entre disculpas supo de la intención de Pedro; en los baños de las oficinas le ayudó a asearse y se ofreció a acompañarlo –ella también iba a comprar algo de comida especial-. Aquella noche fue la más hermosa de sus vidas; cenaron juntos en casa de ella, brindaron por un futuro que ni imaginaban iba a ser, por fin, el merecido. La noche de Reyes se regalaron un amor blanco y puro como el hijo que al año siguiente les ofreció la vida. Lucía y Pedro van a celebrar esta noche su noche, en la que renacerá el amor, ese que cuando lo comparas con la vida que no fue tal, es tan inmenso como el mar.”

 

Para ellos, para ti, para mí, deseo que esta noche sea buena, buena de verdad.

Sí, esta es la Noche más Buena del año.

lamadriddiario@gmail.com

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