La economía del conocimiento

Hace años, cuando empecé mi actividad profesional, conocí una sencilla historia que está en la base de lo que ahora quiero contar: “Una sofisticada máquina de alto valor en una gran industria se estropea, y los técnicos de la empresa no son capaces de volverla a poner en funcionamiento. Entonces se llama a un técnico externo que con un simple golpecito en una parte de la máquina la pone de nuevo en funcionamiento. Cuando llega la factura por los servicios prestados el importe a pagar es de 10.001 €. Se pide al técnico que desglose los costes de sus honorarios y este remite una nueva factura que dice así: por dar un golpecito en la máquina, 1€; por saber dónde hay que darlo, 10.000€”

Seguramente muchos de los que ahora leen esto sean profesionales con una larga trayectoria profesional. Habrán dedicado muchos cientos y miles de horas a formarse, aprender, poner en práctica lo aprendido y a ser capaces de resolver toda la complejidad de problemas que se producen en su ámbito de trabajo. Eso es el conocimiento, ese es el valor que los profesionales ponemos a disposición de las empresas o de otros profesionales. El conocimiento es experiencia; es haber conseguido capacidades mediante la ciencia (que es el ejercicio de la prueba, el error y el acierto final). Y el conocimiento, como no puede ser de otro modo, tiene un valor, un gran valor, que se aplica en la economía del conocimiento, la economía de quien tiene experiencia y la pone al servicio de los demás.

Una de las características más destacables del conocimiento es su escasez. Lo que es escaso y aporta una utilidad o un beneficio es valioso, tiene valor. La escasez quizá es la parte que mejor define lo que es economía, los recursos escasos y susceptibles de usos alternativos que unos disponen en beneficio de otros. Dice Robert Kiyosaki que “lo importante no es lo que uno sabe, sino qué tan rápido aprende”. De hecho la sabiduría, en cualquier campo, es el grado más alto del conocimiento. El conocimiento con valor tiene un precio y hay que pagarlo, pues beneficia a quien lo recibe, como a la industria de la máquina sofisticada.

En el otro lado, en el lado oscuro, está el desconocimiento que lleva a la imprudencia. La imprudencia engrandece el riesgo. El riesgo excesivo encamina a un intento fallido, y éste a la pérdida económica. En algunas circunstancias y cuando el aprendizaje por el error es oportuno, permite no repetir los mismos errores y gracias a la experiencia se asienta un nuevo conocimiento que sella la ignorancia de la que partíamos. Para tener buenas experiencias hay que experimentar aprendiendo para que otros se beneficien de lo aprendido.

Los consultores, dicho sea de paso, no tenemos una bola de cristal y no vendemos certezas, pero somos personas que ofrecemos nuestros servicios en base al conocimiento que tenemos de lo que sabemos hacer. Por lo general, lo hemos experimentado en decenas de situaciones similares a las que una empresa se enfrenta en un momento determinado. El conocimiento tan sólo avala que sabemos lo que hacemos y que todas nuestras sugerencias, estudios o recomendaciones se basan en la objetividad. Como el buen médico, en haber visto muchos “pacientes” con las mismas circunstancias. También igual que éste prescribimos determinadas actuaciones, que de seguirse, suelen llevar a buen puerto. Y como casi siempre, dependiendo del grado de enfermedad del “paciente”.

Creo oportuno destacar que el conocimiento no es información. La información la podemos encontrar en los libros o en internet. Además de eso hace falta experiencia, y es ésta la que genera economías de escala (beneficios) en quienes la reciben.

lamadriddiario@gmail.com

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