Tolerancia a la frustración

Cuando la educación que en nuestra infancia recibimos no potenció los aspectos de esfuerzo, trabajo y dedicación, y nos dieron todo lo que nuestra boca sabía pedir, se crearon las bases de lo que en muchos adultos luego se convertiría en una clara intolerancia a la frustración, a no conseguir todo lo que nuestro capricho nos demanda.

Desde bien pequeños necesitamos disponer de límites, de grados de libertad y de tolerancia hacia lo que es y lo que no es permisible. El mundo, la vida real es el mejor ejemplo de recursos escasos, de limitaciones, de barreras que no se deben traspasar. Bien conocía esto quien desarrolló, en la antigüedad, el concepto del árbol del paraíso, el del bien y el mal, sobre los límites que no se podían traspasar. En los primeros pasos de nuestra vida tiene que haber alguien (se supone que los progenitores o tutores) que sepa poner esos límites como base para nuestra educación. De otro modo siempre querremos ser transgresores y llegaremos con facilidad a romper los derechos y libertades de los demás para conseguir nuestros propios caprichos.

La vida, tal y como está confeccionada, es una suma de aciertos y de desaciertos pero siempre en base a un mundo limitado en lo físico y en lo emocional. Desde la más tierna infancia debemos acostumbrarnos a que no todo está a nuestro alcance. La intolerancia a la frustración está en la base de todo tipo de delito, cuando está desprovisto de sicopatías; es decir, si siempre me permitieron pasar por encima de los que más autoridad tenían, que eran los padres, me permitiré pasar por encima de la ley y las normas de convivencia para conseguir lo que mi capricho me exige que lleve a término y ahí caben todo tipo de delitos: corrupción, engaño, violaciones, abusos de poder, violencia machista, asesinatos, maltratos, abusos físicos, desfalcos, robos, timos, manipulaciones y guerras físicas o de poder.

Toda gran bola de nieve nace de un puñadito que, en algún momento, alguien permitió que echara a rodar y con cada nueva vuelta conseguida más engrosaba su tamaño hasta sumar toneladas de nieve que eran capaces de arrasar con todo lo que se le ponía por delante. Ese y no otro es el fundamento de las personas caprichosas que consiguen bajo el principio de que el fin justifica los medios, cualquier cosa que se proponen. Y si no lo consiguen por las buenas lo harán por las malas y caiga quien caiga hasta que al final. Lo que tiene que llegar a caer es el peso de la ley sobre ellos y sobre sus actos.

Si tiene un hijo todavía pequeño piense que todos los límites que usted le ponga serán menos dañinos, más afectivos y convenientes que los que le tenga que llegar a poner la sociedad, en su conjunto, algún día. Si su hijo adquiere la tolerancia a la frustración de que no se puede tener ni conseguir todo, aprenderá que sólo con esfuerzo, conquista y capacidades será capaz de lograr lo que pretenda. Y ello sabiendo que si no lo llega a conseguir tendrá que volver a intentarlo con mejores recursos o capacidades, o bien desistir porque lo que se pretende es demasiado para él o en ese momento. Y hemos de ser conscientes de que cuando ponemos límites, quien los padece no los entiende. Sólo le queda el recurso de aceptar que hay algo superior que le impide conseguirlo, sin entender que o no le corresponde o que el llegar a tenerlo va a suponer un perjuicio para otros. Como siempre la libertad de uno comienza donde termina la de los demás.

lamadriddiario@gmail.com

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