Comunicación no verbal

Lo que más nos diferencia a los seres humanos del resto de seres vivos que pueblan el planeta es nuestra capacidad de comunicarnos con nuestros semejantes. Nuestros ancestros animales experimentaban sensaciones, desarrollaron el instinto y, gracias a la evolución fueron potenciando nuestra capacidad de pensamiento. De ahí hasta hace unos pocos miles de años comenzamos a emplear sonidos más evolucionados con unos códigos de comunicación que nos permitían transmitir esos pensamientos a otros. De modo peligrosamente sintético, pero esa ha sido nuestra evolución hasta nuestro tiempo actual.

Siendo lo anterior, en esencia, lo que nos ha sucedido, no podemos pasar por alto un hecho circunstancialmente relevante: desde que Lucy se puso en pie hace tres millones de años, el 98% del tiempo evolutivo que está presente en nuestro ADN, en nuestros genes, nos hemos comunicado con gestos y sonidos, antes que con palabras. Ya lo decía Darwin, que el ser humano posee más de un millón de indicios y señales no verbales con los que se comunica y se entiende. De hecho nuestro rostro con tan sólo 43 músculos es capaz de reproducir más de 250.000 micro expresiones, cada una de ellas con un significado diferente. Si lo unimos a nuestras manos, a la mirada o a las posturas corporales, las combinaciones son, efectivamente, millonarias.

Albert Mehrabian (Universidad de California, 1967) fue el precursor de esta disciplina del conocimiento humano. Él destacó que del 100% del impacto de una comunicación entre personas, el 93% era debido a la comunicación gestual y sólo el 7% a las palabras. (Comprendo lo difícil que es para los que tenemos el afán de escribir el ser capaces de hacernos entender).

Lo bueno de todo ello es que entendemos el significado global de muchos de los comportamientos no verbales. Pero lo reducimos básicamente a una inferencia de lo que, globalmente, le pasa o sucede al otro por su pensamiento. De un modo reduccionista es como si viendo una sonrisa o una expresión de enfado ya supiéramos el sentir de la otra persona. Esto me permite incidir en algo que considero esencial y es reforzar la idea de lo importante que son nuestros gestos cuando prestamos un servicio a otros (en el comercio, en la empresa, en la atención al público en instancias oficiales o en las expresiones de cariño y de amor hacia nuestros seres queridos). No sólo las palabras deben ser amables y agradables; también lo deben ser nuestros gestos, nuestro tono de voz, la mirada, la apostura de nuestro cuerpo. Todo permite o imposibilita la relación personal a plena satisfacción.

Sólo quiero añadir una idea sobre la mirada. No los ojos, sino lo que transmite nuestro cerebro cuando piensa. Las palabras las hemos amasado con los pensamientos, pero la mirada es reflejo exacto de lo que esos pensamientos han construido de emociones y sentimientos. La mirada es la que es y salvo que la oculten unas gafas oscuras o la imposibilidad de verla, siempre que se sepa interpretar habla más que calla. Curiosamente los ojos no se arrugan con el paso del tiempo. La mirada limpia, alegre, confiada y positiva habla de lo que somos. También la que es sucia, triste, desconfiada y negativa. A cada cual la suya.

Una última reflexión: cuando hablamos lo más importante no es lo que decimos, sino cómo lo decimos. Todos nos entienden y saben de nuestro ánimo antes de que las palabras salgan de nuestra boca. Quizá debiéramos cambiar la expresión “a pedir de boca” por la de “ a pedir del cuerpo”.

 

lamadriddiario@gmail.com

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