¡¡CIELOS!! – Capítulo uno –

UNO

En la agencia, como todos los lunes, la mañana se presentaba ajetreada y más con el último cliente conseguido. Se nos estaba haciendo muy cuesta arriba acostumbrarnos a todas sus exigencias.

A eso de las diez de la mañana me pusieron un fax encima de la mesa. El logotipo que aparecía en el fax era el de una de las principales cadenas de televisión nacional y daba por supuesto que se trataba de un tema estrictamente laboral. Estaba revisando unos documentos y, sin mirar, lo aparté a una zona de la mesa y continué con mi tarea. Más tarde, en una de las ocasiones en las que me levanté de la mesa en dirección hacia algún otro despacho, volví a mirar el fax, lo tomé en la mano y pensé: “A ver qué es lo que quieren”. No salía de mi asombro, estaban invitándonos a mi mujer y mí a hacer un viaje a Cartagena de Indias.

Es fácil imaginar que dos eternos viajeros, como nosotros, una propuesta de aquel estilo no podíamos rechazarla.

El día veintitrés de ese mismo mes de junio a las ocho y media de la mañana estábamos, debidamente equipados, en “Salidas Internacionales” del aeropuerto de Madrid.

Nos presentaron a la que iba a ser nuestra guía durante el viaje. Su nombre era Laura. Después de un retraso en la salida de nuestro vuelo, bastante considerable, llegó el momento tan deseado por todo viajero: ponerse en marcha.

Tras diez horas de vuelo, las ruedas calientes, ruidosas y humeantes del avión dieron con el suelo de Cartagena de Indias.

Es increíble la fuerza del calor y de la humedad de esa tierra pues nada más detenerse el avión y abrirse las puertas pudimos sentir su peso en toda la extensión de nuestros cuerpos; de hecho se pudo notar cómo los vaqueros se iban humedeciendo progresivamente y así lo estuvieron durante toda nuestra estancia en Cartagena.

La noche ya era cerrada cuando comenzamos a desfilar por la pista del aeropuerto en dirección a la aduana que, más que civil, parecía militar. Todos teníamos ganas de sentirnos cartageneros, de conocer lo que estaba al otro lado de la aduana. Cuando pudimos rebasarla, ya en la calle, tres chivas estaban esperando nuestra llegada y varios muchachos iban cargando en ellas nuestros equipajes. Las chivas son microbuses bien equipados y en ellas fuimos entrando los recién llegados.

Desde que iniciamos el viaje, ya en la misma sala de espera del aeropuerto, coincidimos un pequeño grupo que, por afinidad o por simpatía, permanecimos juntos a lo largo de todo el viaje. Entre risas y comentarios, el buen humor nunca ha de faltar, nos fuimos hacia nuestra chiva como cabras locas, había que hacer honor al medio de transporte. Durante el corto trayecto hasta el hotel, Laura, que coincidió en nuestra chiva, nos iba relatando algunas de las maravillas de Cartagena y también alguna que otra advertencia:

-Tened cuidado con el sol. Esto no es Marbella y aquí pega de verdad. Guardaos también de no beber aguas que no estén envasadas y los hombres -entre risas- protegeos también de la dulzura y los encantos de las mujeres cartageneras. Son muy peligrosas.

Al fondo de la chiva se oían cosas como: “¡A mí el peligro!” , “Tengo más voltios que una nuclear” y cosas por el estilo. Con las explicaciones de Laura fuimos llegando al hotel. Bajamos de la chiva y de nuevo sentimos la bofetada de calor del ambiente. Yo pensaba que si todo el año hacía el mismo tiempo dejaban de tener sentido las casas y cualquier tipo de refugio, al menos hasta la época en la que inventaron el aparato de aire acondicionado. Este maravilloso invento nos recibió al entrar en el hotel y combinado con una limonada un poco cargadita nos ayudó a sobrellevar la espera de siempre hasta recibir las llaves de las habitaciones.

La hacendosa Laura se estaba encargando de llevar a cabo esa tarea lo mejor que podía.

Por fin nos congregaron en la recepción del hotel y Laura iba citándonos a todos, primero nuestros nombres, y después el número de la habitación. Nosotros, Esther y yo, que creo que aún no nos habíamos presentado, estábamos en compañía de los miembros del pequeño grupo que habíamos formado. Mi nombre es Pablo, Pablo Altuna, y mi mujer se llama Esther; bueno, ya puestos, Esther Ramos. Somos pareja atada y bien casada y con plena satisfacción mutua en el atamiento. Somos publicitarios de profesión; Esther es directora de cuentas y yo soy el director creativo de la misma agencia, multinacional para más señas, de publicidad. Pertenecemos a una de las agencias más importantes del país y en ello nos va nuestra vida en Madrid y también por esa misma casualidad de doble pertenencia éramos las dos únicas personas emparejadas de todo el viaje.

Laura hablaba en aquel momento:

-Vamos a ver, ahora viene… Ricardo San Juan, en la cuatrocientos doce. ¿Ricardo?

-Sí, sí, por aquí me ando. Bueno, chicos. Hasta luego. Nos vemos en la cena en la terraza del hotel. Es a las ocho y media ¿verdad?

-Sí, Ricardo, a las ocho y media. ¿Me oís todos? A las ocho y media nos vemos aquí de nuevo para ir a cenar al restaurante “Bahía”. No se os olvide.

Ricardo es creativo, como yo, en una agencia de diseño gráfico en Avila y ya desde el principio me di cuenta de que era un tío legal y muy ingenioso. Laura prosiguió para dar con el siguiente de nosotros.

-Juan Luis Peralta. ¿Juan Luis?

-¡Voy!

-Tienes la quinientos siete.

-Pues nada. Lo dicho, nos vemos luego.

Juan Luis trabaja en una sucursal de una agencia, como casi todas, de capital foráneo, pero él tiene la suerte de residir en Santander. Su trabajo consiste en dar cobertura a la provincia cantábrica en todos aquellos clientes locales de relativa importancia. Era y, sigue siendo, un tío simpático, amigo de sus amigos. Alguien que vive la vida en la meseta de la seguridad pero con el interés y la inquietud de asomarse al borde de la vida, de vez en cuando. Juan Luis dispone de un sentido del humor al estilo inglés, original y que chisporrotea en los momentos más tensos de una situación. Otro buen fichaje para nuestro grupo. Laura prosiguió hasta…

-Ana, Ana Puero y Paloma Henares. Venís juntas ¿verdad?

-Sí, sí. ¿Qué habitación tenemos?

-La seiscientos diez. Aquí tenéis la llave de vuestra felicidad en Cartagena.

Aquella frase tan bonita fue muy aplaudida por los que quedábamos. Ana y Paloma eran dos amigas y en ellas también estaba otra de las excepciones del grupo, pues Paloma no era del gremio. Paloma era una enfermera, íntima amiga de Ana, y como ésta era la directora general de la agencia número uno en España, tuvo la prerrogativa de poder elegir una compañía para su viaje. Por lo poquito que pudimos ver al principio, Ana era una experta mujer de negocios muy competente en su trabajo y Paloma, también siendo también una excelente profesional, era deliciosamente competente en el trato dulce y amable con las personas; era encantadora.

Después de ellas vinimos nosotros. La planta seis debió de ser la de las parejas, de todo tipo. A nosotros nos correspondió la seiscientos doce, justo al lado de ellas. Tomamos nuestras maletas y con la sed de agua sobre nuestra piel salimos escopetados hacia el ascensor. Después de nosotros aún quedaban otras dos personas de nuestro grupo, de quienes luego supimos su número de habitación.

Eran Julia Rodriguez y Juan Angel Amigo, con su setecientos catorce y ochocientos quince, respectivamente. Los dos trabajaban en la misma agencia de publicidad pero en lugares diferentes. Julia trabajaba en Valladolid y Juan Angel en Burgos y en ambos habían delegado para llevar idénticos cometidos en las dos ciudades, tan castellanas.

Al llegar a nuestra habitación, y después de conectar el aire acondicionado, me acerqué a probar el agua de la ducha y para mi desilusión comprobé que la temperatura desde lo más azul hasta lo más rojo, en verdad, respondía sólo al rojo: no había agua fresquita como nosotros en España la conocemos, y las múltiples duchas de los días que nos quedaban por disfrutar de Cartagena fueron higiénicas, pura y simplemente higiénicas. El frescor salvaje del Caribe estaba reservado para el aparato del aire acondicionado.

Al reencontrarnos en la recepción nos acompañaron hasta el restaurante de la terraza del hotel. Al calor se acostumbra uno con relativa facilidad y más cuando está regado por unas heladas cervecitas que no dejaban de ir y venir. Rodeados de palmas y exuberantes plantas nos sentamos en una mesa, muy cerca de una pequeña orquesta que amenizaba con su salsa. Como fue nuestra primera celebración gastronómica en el tiempo que llevábamos en Cartagena pudimos disfrutar del conocimiento de nuestra compañía. Esther, bondad, ingenio y curiosidad, inició la conversación, después de las clásicas expresiones alusivas al calor, a la humedad o al mágico ambiente de Cartagena:

-Paloma, debe de ser precioso lo de ser enfermera, ¿no? A mí me habría encantado haber ejercido esa profesión…

-Sí que es bonita. Si estás mentalizada como para servir al sufrimiento y a las limitaciones de los demás es un trabajo satisfactorio y muy dignificante.

Ricardo, como siempre, metió su puntillita.

-Claro, eso es lo mismo que cuidar a un marido. ¡Que hay tantos necesitados! ¿Verdad, Esther?

-No me tires de la lengua, no me tires de la lengua. Lo mal acostumbrados que estáis los hombres, hoy en día. Encima, como no queréis perder vuestras prerrogativas de guerreros, pues ni os casáis. ¿Para qué, verdad?

-Habiendo enfermeras tan entregadas, ¿para qué necesitamos casarnos? Además, ¿Eva no nació de la costilla de Adán? Sí, ¿verdad? Y ¿qué es lo que duele cuando se trabaja? Las costillas, ¿no? Pues las mujeres, como tenéis el doble, tenéis que trabajar más que los hombres.

Ricardo nos miró a todos los chicos, como buscando quorum para su broma; no hubo lugar pues Paloma puntualizó con calidad:

-Claro, Ricardo. Y ¿sabes por qué Dios os quitó la costilla? ¿No lo sabes? Hay alusiones a ello en todos los textos. Dios tomó la costilla al pensar que era la parte más inteligente de Adán, del hombre. Y no se equivocó, Dios nunca se equivoca.

Todos nos reímos, incluso Ricardo que no supo ingeniárselas para tener en sus labios mejor ocurrencia que la de Paloma. Al terminar Juan Luis dijo:

-Bueno, ya que el tema hombre-mujer parece que lo tenemos agotado, ¿qué otro tipo de comentarios se os ocurren…?

Paloma dijo:

-Ah, podemos hablar de publicidad. A mí eso me gusta mucho.

Esther, mi mujer, matizó su interés.

-¡Pero cómo vamos a hablar de publicidad si la campaña que se le acaba de ocurrir a un creativo la acaba de machacar una profesional de la enfermería! No ahondes en nuestras miserias, Paloma. Podemos hablar de…

Y claro que hablamos, toda la noche. Creo que no hubo mesa que más carcajadas derrochara aquella velada. Unas en la mesa y otras en la pista de baile que en los jardines de la terraza montaron un grupo de hombres y mujeres bailando al son de la música. Nos invitaron a bailar, de unas y otras mesas, y casi todos nos animamos y casi todos lo hicimos mal. Todos excepto Ana que se movía, cadera en ristre, como cualquiera de los danzantes cartageneros. De los demás no es necesario hacer ningún tipo de comentario.

Terminada la velada, cada cual nos encaminamos hacia nuestros aposentos. El día, junto con el anterior, había sido muy intenso y el cuerpo pedía paz y reposo.

Esther y yo se lo dimos durante diez largas horas. Con ese dormitar nos dio tiempo para estar aseados, vestidos y desayunados a tiempo de salir en nuestra primera excursión cartagenera. Por cierto, que cada vez que escribo la palabra “cartagenera” me ocurre lo mismo que allí. Era una especie de persecución mental la que me fajaba la cancioncita aquella que decía: “Cartagenera morena, como bailaba la cumbia” y otro tipo de letras, ciertas o inventadas, que seguían el mismo ritmo. Cada vez que alguien pronunciaba la palabra Cartagena, o algún derivado de ella, la cancioncita como un gnomo musical acudía a mis cuerdas vocales.

A las diez y dispuestos para la ocasión con ropas cómodas, crema untada en las blancas pieles, al menos las mías, y una buena gorra, nos adentramos en nuestra chiva. En ella nos estaba esperando nuestro guía especial para Cartagena. Nos habían explicado que cada vehículo tenía un guía y que en el primer momento podríamos elegir en cuál viajar y que a partir de ahí siempre iríamos los mismos. Nuestro grupo nos acomodamos en la misma de la noche anterior y cuando estuvo repleta de ocupantes, el guía comenzó a hablar:

-Buenos días, señores. ¿Han descansado bien? -Como niños de colegio bien educados todos contestamos: “¡Sí…!”- Muy bien, es evidente. Mi nombre es Agustín y desde ahora yo seré su guía durante todo el tiempo que dure su visita a Cartagena. Cualquier comentario que se les ocurra durante todas mis explicaciones no duden en hacerlo, e interrúmpanme si no han entendido algo o lo han entendido mal. ¿De acuerdo?

Un compañero, quizá el más gracioso, en el buen sentido, su nombre es Germán, dijo:

-Tú dales confianza y verás la que se puede armar aquí. Que aquí hay gente muy peligrosa, Agustín.

-No importa. Para eso estamos.

-No abuséis, ¿eh? -mirando hacia nosotros-.

-Tranquilo, Germán -le dijo Ricardo-. Explicando bien o mal, le aprobaremos de cualquier modo.

Agustín, viendo que sí que podíamos ser peligrosos, interrumpió el diálogo de besugos y prosiguió:

-Bueno. Como ven estamos ya en movimiento y nos dirigimos hacia el castillo de San Felipe de Barajas desde donde podremos ver las más importantes construcciones de la ciudad, como la iglesia de San Felipe. Antes de llegar quiero contarles algunas de las cosas más importantes de Cartagena de Indias. La ciudad fue fundada por el madrileño Pedro de Heredia, allá en el año 1.533, ciudad que entonces se llamaba Calamari, calamar, y en donde existía un poblado indígena que aquí habitaba a orillas del río Magdalena. Los indígenas vivían en bohíos, ésas eran sus casas. En 1.552 un incendio destruyó por completo la ciudad, pues las techumbres de las casas eran casi todas de palma. Cuando se reconstruyó de nuevo se hizo una muralla, que luego veremos, para proteger la ciudad de los incendios que venían de los bohíos y también para ampararla de los huracanes y vendavales. El contorno amurallado de la ciudad provocó que cuando, a finales del siglo pasado, se desbordó la población, se expandió la misma en los barrios de Extramuros y en el arrabal de Getsemaní. Creo que ya estamos llegando al castillo de San Felipe. Durante el recorrido no se separen de mí y así podrán oír todas mis explicaciones.

Estaba siendo todo muy interesante y así lo comentamos Esther y yo. El único problema fue el de siempre, la salida de la chiva a la calle. ¡Dios mío, cómo pegaba el sol en nuestros desacostumbrados cuerpos! El calor en aquella pequeña loma era asfixiante. Desde allí se divisaba toda la ciudad. Antes de que Agustín nos describiera lo que nuestros ojos veían, entramos en la iglesia y disfrutamos del relativo frescor que le proporcionaba la piedra. Vista la iglesia salimos al exterior y Agustín comenzó de nuevo a hablar:

-Todo lo que yo ahora voy a explicarles, y llevo haciéndolo así durante más de diez años, es un fiel reflejo de lo que viene escrito en el libro “Cartagena de Indias” de don Enrique Marco Dorta, que era un catedrático español que pasó buena parte de su vida estudiando los orígenes y el desarrollo de nuestra ciudad. ¡Miren, fíjense! Los canales que están viendo ahí son los canales de entrada a la bahía de Cartagena, el de Bocachica y el de Bocagrande. Y allá verán los fuertes de la Caleta y el del Boquerón que se construyeron en la época en que nos visitó, y no precisamente para hacer turismo, el pirata Hawkins. En el año 1.657 don Pedro Zapata, gobernador de la plaza, construyó este emplazamiento. La ciudad debía de protegerse de todos los ataques que la empezaban a jalear. De hecho, en la época, pocos lugares sufrieron tantos ataques como los que infringieron a Cartagena. El primer ataque de piratas fue el 24 de julio de 1.543 a cargo del pirata francés Roberto Baal. El once de abril de 1.559 cinco barcos franceses comandados por los piratas Martí Cote y Juan de Beautemps también atacaron la ciudad y en julio de 1.568 John Hawkins también intentó lo mismo. Casi veinte años después, el que sí lo consiguió fue Drake, en 1.586, que con veintitrés navíos conquistó Cartagena, dejó asolada toda la ciudad, sus habitantes tuvieron que refugiarse en las tribus vecinas y por fin, después de arduas y duras negociaciones, pudieron recuperar la ciudad por el           “módico” precio de ciento siete mil ducados. En aquella época se pregonaba la prohibición de construir chozas, bohíos y casas de palma y paja por el peligro de los incendios pero hasta finales del siglo no se generalizó la construcción de casas de piedra.

Desde aquellas alturas, Agustín comenzó a poner nombre a las edificaciones que veían nuestros ojos: la iglesia de Santo Domingo, el portal de los Dulces en la plaza de los Coches, la iglesia de San Francisco, el callejón de los Estribos. Y la plaza de la Aduana, con la antigua Casa Real o de la Contaduría.

También veíamos la iglesia de la Compañía, la Catedral, el convento de la Popa, el fuerte de San Fernando y el convento de San Diego.

Agustín nos avisó de que nos poníamos en marcha para llegar a comer al restaurante “Casa Paco”, uno de los más afamados en la ciudad y no es de extrañar pues la decoración y el mantenimiento de todos los elementos coloniales estaban muy conseguidos. Después de comer y de acuerdo con el programa previsto fuimos a ver el convento de Santo Domingo que tal y como nos relató Agustín dio comienzo su construcción en el año 1.579 y finalizó, según escritos de la época, en el año 1.725.

Pero lo más divertido de aquella tarde fue cuando, como un auténtico libro abierto, delante de la fachada nos dijo:

-Lo más importante es la portada principal, de dos cuerpos, con columnas toscanas sobre pedestales y hornacinas en las entrecalles del bajo, y fachada con un remate semicircular coronado por un pináculo de loza vidriada momposina. -Ricardo se acercó a mi lado y me dijo: “Si me mandan recitar la retahíla de palabras que he oído, me tenéis que dejar en Cartagena un par de meses para poder aprenderlo, por lo menos”. Así y todo, Agustín prosiguió con sus descriptivas explicaciones-: Si nos vamos un poco hacia detrás podremos contemplar el cuerpo de campanas de la torre, en ladrillo con cuatro huecos con arcos de medio punto, encuadrados entre pilastras; unas molduras señalan la línea del trasdós, y tanto las claves como las enjutas están resaltadas. Rematan los ángulos unos pináculos piramidales y la cubre una bóveda semiesférica algo rebajada.

-Oye, Agustín, ¿qué es un trasdós? -preguntó Ana-. Nunca había oído esa palabra.

-¿Te das cuenta, Agustín, qué gente tan inculta tenemos en nuestro grupo? Si es que esto no puede ser -éste era Germán-. No se puede venir a un país tan rebosante de cultura con tanta ignorancia. No puede ser.

Al hablar, Germán se dirigía a todo el resto del grupo como buscando la respuesta a la pregunta de Ana. Lo más increíble fue que Juan Angel, y no sé cómo lo consiguió, pudo en esos segundos decirle a Agustín, sin que nadie se enterara, unas cuantas palabras. A continuación, Germán le dijo a Agustín:

-Bueno, Agustín, diles a esta pandilla de ignorantes. -Todo esto dicho siempre en la clave de humor de Germán que todos ya teníamos perfectamente entendida, respetada y admirada-.

-No, Germán, no quiero pisarte una respuesta tan evidente. Diles a tus compañeros qué es un trasdós. No te cortes…

-Pues… Está claro lo que es un trasdós… Tú sabrás explicarlo mejor que yo ¿no? ¡Para eso eres el guía!

-Claro que lo sé, Germán. Al menos danos una pista… o ¿es que no lo sabes? -El silencio fue respuesta afirmativa y con poderío, Agustín prosiguió-: Un trasdós es una pilastra que se encuentra inmediatamente después de una columna, tal y como ocurre con aquélla a la que antes nos referíamos.

Todos nos apresuramos a dar un fuerte aplauso a Agustín.

Más tarde nos fuimos a ver el convento de San Francisco, construido entre 1.572 y 1.628 y, dentro de él, una iglesia de tres naves de planta rectangular. Antes de entrar al convento, Agustín nos contó una historia bastante curiosa y que nació cuando una chica del grupo preguntó:

-Agustín, ¿cómo has llamado a la mujer que hemos visto antes?

-No sé qué mujer me dice.

-Sí, hombre, una que estaba vendiendo frutas en la calle.

-¡Ah! ¡La palanquera!

-Eso, una palanquera. ¿Qué significa ese nombre?

-Verán, es una historia curiosa. Hay un pueblo indígena, muy cerca de Cartagena, que son los palenques y se caracterizan, especialmente, por la distribución de tareas entre hombres y mujeres. El caso es que un hombre palenque no trabaja en la calle, ni en ningún lugar, y se dedica a estar en la casa pasando el tiempo con los hijos y a estar con otras mujeres, si puede.

-¿Cómo es eso?

-No se extrañe, pues en Colombia es muy normal que un hombre tenga tres mujeres. Sí, uno tiene a su mujer, a la madre de sus hijos y otra más por si la primera sufriera algún tipo de percance y luego una tercera que es la querida y con la que el hombre realmente se divierte y que suele ser, generalmente, la más joven. Bueno, como les decía, la mujer palenque tiene a su marido en la casa y ella es la que tiene que salir a la calle a ganarse el pan que sustente a su marido y a sus hijos. Por eso casi todas las mujeres que vean en la calle vendiendo frutas, hortalizas o carnes, son palenqueras y sus maridos están tranquilamente en la casa, descansando.

-¡Tócate los…!

-Ya me voy dando cuenta -dijo Esther- que aparte de las palabras que aquí dejaron los conquistadores y que hoy en día aún se mantienen, también perviven determinados comportamientos troglodíticos de nuestros antepasados. Está claro a qué venían a las Indias, no a por especias, sino a por una especie de mujeres que en sus tierras estaba empezando a desaparecer y a las pobres no las quedó más remedio que “hacer el indio”, para que no las mataran y no las violaran.

Las tres mujeres del grupo aplaudieron el medio mitin, por otra parte muy justificado, de Esther. El resto del grupo nos dedicamos a vacilar con lo de los palenques. Con que esos sí que eran hombres de verdad, y cosas así. Fue divertido el pararse a pensar en unas formas culturales que en nada se parecen a la nuestra. Agustín nos comentaba que cuando alguna vez surgía el tema, las mujeres siempre se enfadaban y los hombres se reían del tema.

-Y la verdad es que no entiendo cómo se pueden enfadar ustedes -se dirigía a las mujeres- si son iguales que los hombres y tanto unos como otros viven en un mundo de comodidades y…

Enseguida Ana salió al paso y le dijo al bueno de Agustín:

-¿Sabes por qué? Porque aún existen terrenos, como el profesional, en el que las mujeres seguimos siendo discriminadas en asuntos como los puestos de responsabilidad o los sueldos que recibimos y yo no soy, precisamente, un ejemplo de lo que digo, pero me solidarizo con el resto de mujeres.

-Entiendo, entiendo lo que me dice y estoy de acuerdo con usted. Lo que siempre me sorprende es que los hombres españoles, en este tipo de situaciones nunca protesten de sus reclamaciones o que manifiesten su desacuerdo…

Entonces entré yo a dar mi opinión. Estábamos esperando a un par de compañeros del grupo que se habían retrasado en unas compras y la espera nos permitía la charla:

-Yo creo que el tema es bien sencillo. Estamos en una situación de cambio o de crisis, que literalmente significa lo mismo, y antes había una situación injusta de predominancia del hombre sobre la mujer. Desde ese punto de partida, como una especie de mantenimiento del equilibrio, las mujeres tenían otro tipo de prerrogativas. Se inició el cambio lógico y justo hacia una posición más coherente, pero en el movimiento el hombre perdió su dominio por la fuerza como macho; se pasó a valorar a las personas por otro tipo de atributos, por los de los valores personales. En ese cambio la mujer ganó en igualdad de derechos y obligaciones, sin que aún se haya llegado a su justo equilibrio. Pero el hombre, y es algo que no está asumido, ganó en independencia y en sensibilidad, era más completo, y esto, en cierta forma, perjudica a aquellas otras prerrogativas de la mujer a las que antes me refería. Mi teoría, que no tiene ninguna base sociológica o científica, es que siempre existe un equilibrio en la relación entre los sexos. Antes los hombres pavoneaban sus derechos por encima de la mesa (el poder, el dinero, las distinciones) y las mujeres componían sus recursos en la retaguardia, por debajo de la mesa (los hijos, los sentimientos, el gobierno de la casa). Hoy la mujer ha empezado a hacer suyos algunos papeles de los que había por encima de la mesa y el hombre está disponiendo de otros que antes eran íntegramente atribuibles a las mujeres. En esta situación el desconcierto puede ser generalizado y por eso los hombres frente a las demandas de las mujeres, por regla general, callan y prefieren no ser tachados de machistas, aunque no lo sean.

-Mira que te has enrollado, ¿eh? -me dijo Esther-. Tú y tus teorías.

-Pues no parece tan descabellada, señora -dijo Agustín-. No me lo parece. -Para distender la seriedad que se había creado en el ambiente dijo-: ¿Saben? A todos los grupos les pongo un nombre. Como habrán podido comprobar, a veces se produce lio con otros grupos. Entonces se me está ocurriendo que ustedes podrían ser los palenques. ¿Qué les parece?

Todos los hombres, divirtiéndose con el vacile de lo que significaba ser palenque y como eran mayoría, decidieron, decidimos, ser los palenques y con ese nombre nos llamaba Agustín cada vez que teníamos que movernos en alguna dirección.

Una vez visitada la iglesia del convento, al salir me fijé en una de las frases de San Francisco de Asís, frase en la que reparé por su sencillez y por la fuerza de su contenido; le dije a Esther:

-Espera, mira qué frase: “No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”.

-Sí, es muy buena, muy buena. La felicidad está en sentirse feliz, no en tener que buscarla y, por regla general, las cosas no son tesoros de felicidad.

De allí nos fuimos a la Aduana cuyos portales ya figuraban en los planos de los Archivos de Indias en el año 1.580.

La última visita del día iba a ser a la Catedral y desde el patio de entrada a la misma pudimos contemplar la grandeza de la construcción. Agustín nos reunió a todos los palenques y nos contó que:

-La Catedral se empezó a construir bajo la Diócesis de Fray Dionisio de los Santos en el año 1.575. En el año 1.584 se concluía el buque de la iglesia. El pirata Drake ayudó a entorpecer la construcción de la Catedral pues cuando conquistó la plaza destruyó una de las naves laterales. De hecho, fijense cuál no sería la inversión que tuvo que gastar el rey Felipe II en las sucesivas construcciones y reconstrucciones, que en cierta ocasión, en España, al ser visitado por uno de los gobernadores de Cartagena le dijo: “Asomaos a la ventana y decidme cómo va la obra, pues con el dinero gastado en ella se tiene que poder ver desde aquí”. La última reedificación de la Catedral se llevó a cabo en el año 1.612 y a mediados de siglo se pudo dar por finalizada.

Desde la Catedral dimos por terminado el recorrido del primer día. Llegamos al hotel, nos aseamos y medio refrescamos y a las ocho y cuarto estábamos todos listos y relucientes en la recepción de el hotel. Nuestra sorpresa fue que a nuestro encuentro acudieron a buscarnos unos carruajes tirados por un caballo y Laura fue acoplándonos de cuatro en cuatro. A nuestro carruaje accedimos Esther, Ricardo, Paloma y yo. En cuanto comenzó a andar el caballo se pudo sentir un poco de frescor con el correr del aire. Esther se acurrucó en mi pecho, y yo con la mano acariciaba su pelo ondulante al viento. Me acordaba de la canción “A trotecito lento recorremos el paseo…” y se la iba canturreando a Esther. Paloma no dejaba de mirarnos con la imagen de quien se siente reconfortado al ver una escena romántica. Nos dijo:

-Qué tiernos parecéis. ¡Me gusta tanto veros así! Sois la viva representación del amor. Seguro que nunca se romperá vuestra magia. Sería como romper una estrella; los pedazos podrían hacer añicos a los demás.

-Gracias, Paloma. Ha sido muy bonito lo que has dicho.

La cena fue distendida, gozosa y divertida, como siempre en nuestro grupo desde que nos “nacionalizamos” cartageneros. El regreso lo hicimos un rato paseando y el otro en taxi. La llegada al hotel, como la meta de un deportista, era un objetivo de término del día y de descanso. Nos repartimos cada cual a nuestra habitación hasta la mañana del día siguiente en que debíamos encontrarnos de nuevo en la recepción a las nueve y media de la mañana.

 

A LAS NUEVE APARECIMOS ESTHER y yo. Habíamos estado hasta tarde hablando de la gente, del lugar y de nosotros mismos. Al llegar y ver la cara de picaruelo de Ricardo, me temí lo peor. Tardó poco en romper su silencio:

-Buenos días, ¿eh? ¿Qué, mucho sueño? Claro, los excesos siempre se pagan.

Entré de pleno en sus redes.

-¿De qué excesos me hablas?

-Ah, vosotros sabréis en qué os habéis excedido. ¡Ah! y por favor, nada de intimidades; aquí hay oídos que nunca han sido torturados con palabras de dudosa reputación.

Le contesté con rapidez:

-Anda, anda, no te enrolles, que si piensas cien, hay diez. ¿Vale?

El haber sido un poquito tajante alejó su intención de seguir horadando en el mismo tema. A las nueve y media, con puntualidad inglesa, hacíamos acto de presencia en el lugar acordado. A lo largo de la mañana daríamos por finalizado el recorrido cultural del pasado cartagenero.

De camino a nuestro primer lugar de visita Agustín contestó a algunas preguntas que le hicieron en el grupo y de sus respuestas sabemos que:

-Sí, fue Bautista Antonelli el que diseñó la fortificación de la ciudad, después del destrozo que dejó el “amigo” Drake…

-¡Hombre! Se apellidaba como tú, Juan Angel -le dijo el otro Juan, Juan Luis-.

Agustín respondió a otra pregunta.

-No, ése es el Baluarte de San Felipe que se terminó de construir en el año 1.616 y que contaba en sus inicios con ocho piezas de artillería. ¡Eh, mirad, mirad! Esa imagen es el símbolo de la ciudad; es una india. De todas formas son más guapas al natural…

Como se podrá imaginar, el revuelo que se montó con esa manifestación de Agustín dio cuerda suficiente hasta que llegamos al primer lugar a visitar, el cerro de la Popa de la Galera. Después fuimos a ver la iglesia de la Compañía de Jesús o de San Pedro Claver; a través de esta congregación se edificó el primer colegio de Cartagena en el año 1.603.

El último lugar de nuestra visita era la casa de la Inquisición en donde pudimos saber que el 25 de febrero de 1.610 fue la fecha de institución del tribunal del Santo Oficio. Si uno lo piensa bien el título del tribunal está mal expresado pues lo que aquella “maravillosa” institución consiguió era la labor de oficiar santos y mártires en todos los pobres hombres y mujeres que fueron sojuzgados, maltratados, torturados y asesinados en nombre de Dios. ¡Cuántas lágrimas habrá llorado Dios por poner su nombre por empuñadura de letales armas! Armas como las que había en el aposento de diligencias o sala de tormentos (que prefiero no describir). También pudimos ver la entrada secreta del tribunal y de las cárceles. El edificio que nosotros contemplamos no era el original, éste era del siglo XVIII.

Al salir al exterior del edificio, Agustín se detuvo en la fachada lateral del mismo y nos dijo:

-Esa pequeña ventana de arco, llamado trilobulado, está coronada por una cornisa que remata en una cruz. Este pequeño hueco, defendido por una fuerte reja -nos señalaba un pequeño resquicio de la ventana- era el buzón secreto en donde se depositaban todas las denuncias de la gente del pueblo. Esas denuncias daban lugar a largos y minuciosos procesos inquisitoriales. Por ejemplo un hombre enamorado de mujer casada, denunciaba al marido de ésta por haberse liado con otra. La Inquisición le empezaba a investigar y con lo difícil que es demostrar lo indemostrable el pobre hombre acababa en la cárcel o muerto, y el vivo al bollo, de su mujer. Afortunadamente ese tipo de atropellos no debían ser muy frecuentes pero con sólo poner en tela de juicio la honradez de una persona el daño ya estaba hecho.

Todos nos quedamos bastante fastidiados con el servicio de correos de aquella época. ¡Qué tremendo que tenía que ser!

Por la tarde, después de comer, tuvimos que quedarnos en los soportales de la Plaza de los Coches a donde habíamos acudido de compras. El impedimento no fue otro que una desatada tormenta tropical, que entre otras cosas nos pareció muy vistosa de contemplar en toda su intensidad. La tarde se nos echaba encima y cuando casi eran las cinco, aparecíamos por las puertas del hotel. Las chicas deseaban arreglarse y descansar y nosotros tuvimos la oportunidad de jugar un buen mus en la cafetería del hotel; la hora y el lugar no pedían otra cosa.

A las ocho y media teníamos nuestra cita en el hotel para ir a un nuevo restaurante. Con tanta comida y cena debimos de conocer todos los lugares de buena mesa de Cartagena de Indias. A nosotros, los museros, nos faltó poco para quedarnos en tierra. La partida se alargó un poquito pues las fuerzas estaban muy igualadas y el desempate fue duro y tanteado.

Cenamos en la Casa del Consulado, que más que Consulado tenía que haberse llamado “Consucalor” asfixiante. Con eso digo todo referente al calor del lugar, allí la ventilación habría sido un lujo asiático. Juan Angel nos consiguió billete a “Tahilandia” cuando nos avisó de un fabuloso descubrimiento en la Torre del Consulado. Recorrimos los entresijos de la Casa, dignos de visitar por su belleza y singularidad y pudimos acceder a una escalera, que tras otras dos nos llevó hasta la Torre. ¡Ah! Maravilla de las maravillas, al viento de Cartagena, a los cuatro aires que soplaban racheados y a las iluminadas construcciones que desde la Torre se podían admirar. En aquel lugar nos sirvieron una copa y un pianista amenizó con otros aires, con los musicales.

Al día siguiente, muy de mañana, salimos en dirección a las Islas del Rosario. El día fue completo entre las lanchas rápidas, la comida de langosta a pie de mar, una piscina con agua de mar y un pequeño bar dentro de ella. Las aguas azules de coral, verdes de mar y amarillas de arena. Aguas en las que remojamos nuestras ganas de Caribe, de playa tropical, de cocoteros y sus aguas. A Julia y a Ana les hicieron trenzamientos de cabellos al estilo puramente caribeño; entre eso y los untes de las pieles sonrojadas, el deseo de Caribe se reducía al de la luz en la piel, más bien a la ausencia de luz, a la más negra de las oscuridades. El contraste con los nativos era evidente y esa evidencia propiciaba que muchos desistiéramos del intento de mimetizarnos y resolviéramos la situación con unas frescas cervecitas al cobijo de las sombras pajeadas.

En el lugar de la comida, con nuestra piscina por entretenimiento fuimos dando cuartel al día y con las primeras horas de la tarde iniciamos el regreso. La brisa marina cortaba nuestros calores de digestión y la barca mecía en las olas nuestros mejores sueños.

Cansados y soleados dimos por terminado el día más al puro estilo caribeño.

 

LOS DIAS SE IBAN AGOTANDO. El siguiente al de las islas del Rosario lo dedicamos a las compras pues al siguiente íbamos a ver las playas de Arenas Blancas y a montar en las canoas de los indios.

No sé cómo llamar a aquello: canoas, chalupas, conchas o cascarones, pero nos garantizaron una gran emoción, la de ver si alguien se caía a las aguas cenagosas y oscuras que nos sustentaban. El recorrido era a través de terrenos selváticos y pantanosos para llegar de una playa, la de Arenas Blancas. En cada canoa montábamos cuatro personas. En la mía fuimos Esther, Julia, Juan Angel y yo. La verdad es que yo soy muy poco marinero y el agua me gusta verla cuando me ducho y beberla cuando tengo sed, otro tipo de circunstancias suelen ser incómodas. Bueno, pues las chalupas tenían menos estabilidad que una pluma de ganso en medio de una tormenta tropical y añadido a ello, para darle más emoción, Esther y Juan Angel no hacían más que moverse al decir:

-Mira, allí, fíjate qué bonito. -Esto lo decía Esther o Juan Angel, y el otro, que estaba mirando a otro lugar contestaba con el movimiento de sus labios y del cuerpo-:

-¿Dónde?

Al decir dónde, la barca parecía un barquito de papel en la bañera con el grifo a tope de agua. A mí, en particular, se me hizo eterno el viajecito. Pero mereció la pena.

Al llegar se nos iban pegando, literalmente, al lado de cada uno, un niño. Era como nuestro protegido en el día de playa. Paloma se encariñó con el suyo y juntos, parecían un café, largo de leche; la blancura de Paloma y la negra oscuridad del niño. Los niños, unos más mayores, más pequeños otros, no tendrían más de diez años. Fue una jornada digna de haberla vivido y en la que Paloma seguro que habría deseado llevarse consigo a todos los niños de la playa. Esther y yo lo comentamos al regresar y mi mujer decía:

-Pues sí, si a nosotros con una niña de diez meses nos faltan manos para atenderla, con un par de niños de éstos sería como para volverse locos.

-Mujer, lo que ocurre es que en esta tierra no hay peligros; los niños se crían en la calle al abrigo del cielo y de la tierra. Esa es su casa -le decía yo-.

-En esa casa no será muy caro el metro cuadrado, ¿no?

La broma nos sirvió para abrazarnos y en ese estado llegamos al hotel. Todos empezábamos a mascar el fin del viaje. Parecía que Cartagena nos estaba diciendo adiós y, como siempre, uno ha de dejar los lugares justo cuando se está empezando a acostumbrar a la existencia en ellos. Debe ser ley de vida.

Amanecimos al último día de nuestra estancia y en nuestra estancia, en la habitación, se desarrolló todo el maremagnum de idas y venidas, de: “¿Has recogido el cepillo y la pasta de dientes?”, “En la maleta pequeña cabe eso, mételo ahí” o “Parece mentira, todo lo tengo que hacer yo. Ordena esas revistas y tira las que no valgan”. Y yo, como en mi época de soltero estaba acostumbrado a hacer mi maleta, por grande que fuera, en no más de seis o siete minutos, todo lo que sobrepase esa duración se me hace eterno. ¡Qué le vamos a hacer! Poco a poco me voy acostumbrando.

Todos parecíamos tener las mismas prisas pero eso no impedía darnos un último baño en la piscina del hotel tomando un cocoloco dentro del agua. Eso sí que era un vicio de los que lo poco es virtud y lo mucho es pecado. Un par de cocolocos virtuosos y pelillos a la… piscina. Por cierto que una de las animadoras del hotel nos propuso a los allí presentes disputar un mini partido de waterpolo. Nos hizo gracia el tema y en pocos minutos disponíamos de porterías, balón y lo más divertido, unos gorritos de color verde un equipo y de color rojo el otro. Parecíamos gnomos de agua los unos, y pequeños diablillos los otros. Alguien debió de hacer fotos del partido y, espero que nadie saque lo mismo de su revelado pues el ridículo que nos gorreaba era fino.

Nos dimos un último chapuzón y nos preparamos para el adiós definitivo. La hora que Laura nos había marcado era la de la una de la tarde. Debíamos de tener todo el equipaje listo a la puerta de la habitación y a la una pasar revista en el lugar por todos                   conocido. Entre doce y media y una estábamos todos “comentarosos”; éste es un estado de reflexión, comentario triste en ocasiones y alegre en otras, en el que se sume todo turista cuando está a punto de dar por finalizado su período de vacaciones. Se comentan las anécdotas, se empieza a hablar de trabajo, de lo que queda pendiente, del viaje y todas las incomodidades que conlleva, del “cuándo llegaremos a casa” y cosas por el estilo. En este estado comentaroso nos encontrábamos cuando la una nos encontró compuestos y sin dos novios, es decir, que dos compañeros del grupo no estaban presentes. Nadie les había visto en las últimas horas; uno era de Soria y el otro de Palencia. Como la comida se celebraba en el hotel, Laura dio la orden de ponernos a degustar la manduca que teníamos preparada.

A pocos metros de donde nosotros nos encontrábamos, no más de mil, estaban los dos compañeros dados por desaparecidos. Habían salido del hotel en busca de una sucursal bancaria para poder disponer de dólares a través del cambio de sus cheques de viaje. Se acercaron a la primera que encontraron y estaban operando en caja. Todo era perfectamente normal, había siete u ocho clientes en el establecimiento y cuál fue su sorpresa que la mayor parte de los clientes, cinco, eran atracadores. Sin darse cuenta ni de sus caras, ni del aspecto que tenían, se vieron involucrados en el atraco. En cuestión de segundos, tal y como luego nos contaron, a los cuatro clientes que realmente operaban como tales, les obligaron a meterse en el área interior de la oficina bancaria. Con rapidez les hicieron desprenderse de todas sus pertenencias y, como uno de ellos nos relataba con el susto todavía en el cuerpo:

-Nos pusieron un pedazo de pistolón así -gesticulaba con las manos para que pudiéramos tener una idea clara de las dimensiones- en la frente y nos advirtieron que un movimiento en falso y apretaban el gatillo. Estábamos acojonados, además nos ataron las manos por detrás, nos tumbaron boca abajo en el suelo y cuando ya tuvieron desvalijada la caja y nuestras pertenencias, hasta me quitaron un teléfono móvil que tenía en la mariconera; pues eso, que nos dejaron allí tirados. Enseguida vino la policía y salieron tras ellos. Lo que sí os puedo decir es que no he pasado más miedo en la vida. Según nos ha dicho el comisario de policía, después de rescatarnos y de pedirnos todo tipo de disculpas, hemos tenido suerte de que ellos, la policía, no aparecieran en el lugar en el momento del atraco pues es impensable lo que hubieran podido hacer, o tomarnos como rehenes, o matar a alguno…

Cuando estos dos muchachos llegaron al hotel todos nos quedamos de piedra y pensando que lo mismo que les había pasado a ellos nos podía haber ocurrido a cualquiera de nosotros.

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